ESCENA: Se abre el telón y el escenario es una sala de juntas. Hay una mesa larga. En uno de los lados hay dos hombres y una mujer, pertenecientes a la Comisión de la Unión Europea: Hombre1 (en el centro), Hombre2 (a su izquierda) y Mujer1 (a su derecha). Ella viste traje chaqueta Christian Dior y ellos trajes a medida de tonos gris azulado, camisa blanca y corbata de seda italiana tono berenjena. Por el lado contrario aparece “Ella”, melena despeinada, pantalón de campana desproporcionada que tapa sus pies, chaqueta roja dos tallas más grandes de la que necesita con chorreras doradas tipo domador de leones del circo Ringling y un clavel reventón rojo en la boca. Al llegar frente a ellos, Hombre1, Hombre2 y Mujer1 se levantan. “Ella” se sienta de lado, deja caer el bolso, cruza las piernas con una pirueta y lanza a mitad de la mesa el clavel.

ELLA (Tiene acento andaluz, pero vulgar, no culto): ¿Cómo estáih uhtedeh vusotroh, chiquilloh?

HOMBRE1 (Con ironía mirando a su derecha e izquierda): Buenos días. Por favor, tome asiento. ¿Ha tenido buen viaje?

ELLA: ¡Qué lástima no viajar asín tohs loh díah, mi arma! ¡Que suerte! No había un alma en el aeropuerto.

HOMBRE1 (Con ironía mirando a su derecha e izquierda): No sé qué habrá podido ocurrir. Cuéntenos cuál es su petición.

ELLA (descruzando las piernas con otra pirueta y echando el cuerpo encima de la mesa): Verán, como allí tenemos er problema ese der bichito del COVID, necesitamos entre 100.000 y 200.000 millones pa pagal unah cositah. ¡Ná de importancia! Lo he traído por escrito (y saca una carpeta del bolso que pone en mitad de la mesa y la señala con su índice). ¿Lo ven? “Plan de es-ta-bi-li-dah”. Ahí lo pone bien clarito.

HOMBRE2 (levanta los ojos de los folios donde escribe y precisa): ¿Cien mil o doscientos mil?

ELLA: 200.000 millones. Ya que nos ponemos…

MUJER1: ¿Qué fórmula habían pensado para esta operación?

ELLA: Que fueran bonos. Y hasta le hemos puesto nombre: “Coronabonos”. Ya saben, por aquello der coronaviruh ése mardito.

HOMBRE1: ¡Qué nombre tan acertado!

ELLA (mirando a Hombre1 con ojos seductores): Er nombre refleja la esencia. Se ve que ereh una persona que sabe apreciah el’arte, Míster.

HOMBRE2 (levanta los ojos de los folios donde escribe y pregunta): ¿Y en qué plazo han pensado amortizarlo?

ELLA (mirándolo como si hubiera hablado en marciano): ¿”Amorti” qué?

MUJER1: Que en qué plazo han pensado pagarlo.

ELLA (Echándose para atrás en el sillón): ¡Si lo había entendío, esaboría! ¿Pagarlo? No lo habíamos pensao. Es más. Ni eso, ni los intereses. Eso sí, nosotros lo apuntaríamos como que lo debemos, que somos toos mu onraos. Pero pagar… ¡Qué cosas tenéis uhtedeh vusotroh loh de aquí de Bruselah éjte!

HOMBRE2 (levanta los ojos de los folios donde escribe y preguntando atónito sin creer que ha escuchado bien): ¿Ha dicho perpetuo y sin amortización ni pago de intereses?

ELLA: Esartamente, malajhe. ¡Qué cosa más siesa de tío! (exclama para sí).

Los tres se miran, asienten calladamente con la cabeza, y se vuelven de nuevo a ELLA.

HOMBRE1: No se preocupe. Hemos tomado nota de su petición. Que tenga buen vuelo de vuelta.

Cuando ELLA sale de escena, los tres se vuelven a mirar.

HOMBRE1: Yo para mí que esto ya lo hemos visto antes.

MUJER1: ¡Es verdad! A mí también me suena.

HOMBRE2: No recuerdo.

HOMBRE1: Sí, hombre. Cuando el griego aquél vino a pedir lo mismo. Me ha despistado el nombre de “coronabonos”. El otro decía otra cosa: “condonar la deuda”.

MUJER1: ¡Varufakis se llamaba!

HOMBRE2 (recordando): Buena memoria. Ya me acuerdo. El que vino en moto, sin corbata y con el casco bajo el brazo.

HOMBRE1: Pues yo creo que esto es lo mismo.

HOMBRE2: Entonces iré avisando a los hombres de negro.

MUJER1: Y yo preparando la intervención.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.