Como todo lo que procede de Cristo y tiene su origen en él, el perdón debe ser entendido e interpretado correctamente para que no devenga en una caricatura de lo que quiso Nuestro Redentor. Pasa lo mismo con la caridad, con la misericordia o con el amor, sin ir más lejos. Cualquier concepto cristiano, despojado de su contexto y sentido originales, puede llegar a ser un adefesio inaceptable.
 
Recientemente, el Papa Francisco ha estado de visita oficial en Canadá. Como se encargó de recordar machaconamente el canal deficitario de TVE, 24 Horas, Francisco acudió fundamentalmente a pedir perdón por los "abusos" cometidos contra los pueblos indígenas y contra niños internos en colegios católicos. Al pontífice, además, lo ataviaron con unas plumas en la cabeza, como si fuese un jefe de los Sioux, se supone que en señal de cercanía afectiva y confraternización. Todo vale.
 
Más allá de que el Papa haya recordado las figuras de San Francisco de Laval, primer obispo prelado de Quebec, y de Santa Ana (los canadienses celebran su fiesta nacional el 26 de julio, por la gran devoción que existe hacia la figura de la madre de la Virgen María), el simple hecho de que el objetivo del viaje haya sido "pedir perdón", y no "seguir evangelizando", nos da la medida de cómo este pontificado está mucho más preocupado por congraciarse con los enemigos de la Iglesia que por atender las necesidades del pueblo de Dios.
 
Si realmente es cierto que se cometieron los abusos que se denuncian, no estoy en contra de que la Iglesia pida perdón en nombre de los supuestos abusadores, ya que ellos no pueden hacerlo ya. Es verdad que el perdón es reparador, que rompe la espiral del odio y que ayuda a restablecer relaciones de amistad y fraternidad. Pero asumir que la Iglesia tiene que ir a los distintos países de América "para pedir perdón" es ocultar, minimizar y finalmente olvidar el enorme e impagable tesoro que España llevó a aquellas tierras en nombre de la Fe Verdadera. No solamente el Evangelio, la prueba de que Dios se hizo hombre para redimirnos a todos sin excepción, sino también la cultura, la universidad, el saber y la ciencia para poder desterrar las falsas creencias basadas en la superstición.
 
Si esto no se repite así de claramente, si no se subraya que lo que había en América antes de la llegada de los europeos era un gigantesco altar de sacrificios humanos donde se ofrecían vísceras de niños a dioses inexistentes, y que esa realidad sanguinaria y antihumana fue cambiada por la esperanza, el amor y la misericordia de Dios personificado en Jesús de Nazaret, entonces las "peticiones de perdón", por importantes que puedan ser sobre el papel, se convierten en una broma de mal gusto, en una opereta con final feliz para mayor gloria de los enemigos de la Iglesia Universal.
 
Y así pasó: el primer día de la visita oficial, el canal deficitario de TVE, 24 horas, se pasó casi 24 horas repitiendo que "Francisco va a Canadá a pedir perdón por los abusos de la Iglesia Católica", sin matices, sin contexto, sin historia, sin distinguir entre los rumores y las verdades, sin otro objetivo, en definitiva, que hacer daño a los cristianos. Y eso es culpa, por supuesto, de ese canal de TV, y de otros medios de comunicación igualmente manipuladores y mentirosos, pero también de quienes han organizado el viaje con ese prisma; con el objetivo de llevarse bien con sus enemigos.
 
El perdón, que es bueno y positivo, muta en conducta teatral y farisea cuando renuncia a su raíz, que es la verdad. Yo, de ese tipo de perdones, no quiero saber nada.