Existe la costumbre muy española de criticar a los vivos y ensalzar a los muertos, por muy malos que estos fueran en vida. Les aseguro que ese no es mi caso. Conocí al General Manuel Monzón hace ya muchos años, cuando las televisiones le habían dado la espalda y las radios ya no contaban con su presencia. Monzón les caía bien y le permitían hablar cuándo lo que decía se ajustaba a las líneas editoriales de los distintos medios. He de reconocer que en esa época no me gustaba. Sin conocernos de nada, un día me llamó. Quede con él en la puerta de Intereconomía, lo que hoy es el Toro Tv, y me entregó un curriculum de varias hojas escrito a máquina y una carta donde me explicaba toda su carrera periodística y militar.  Por aquella época yo presentaba y dirigía el programa Una Hora en Libertad. Hablamos largo y tendido y, mi opinión sobre su persona fue variando. Me comentó que me seguía desde hace tiempo y que había descubierto que solo yo le permitiría hablar en libertad, para lo bueno y para lo malo, y que sus opiniones libres, no tendrían por qué coincidir con las mías o con mi línea editorial. Ese mismo día participó en el programa, un idilio que ha durado hasta el domingo 28 de marzo a las 4 de la tarde cuando su voz se apagó definitivamente.

Nuestras discusiones fueron épicas, acaloradas, nuestras diferencias notables. Su visión de la transición y de algunos personajes históricos y políticos, distaba mucho de ser la mía, pero nuestra amistad y cariño estaba muy por encima de todo, de esas cuestiones terrenales que nos hace enemistarnos de por vida con la gente a la que queremos, con la que no coincidimos plenamente en lo ideológico o en lo personal. Más veces de las deseadas, juzgamos a nuestros semejantes de forma apresurada y nos hacemos juicios de valor porque no aceptamos que su punto de vista no sea coincidente con el nuestro. Tuve muy claro que al General Monzón había que quererle tal como era, con sus contradicciones, con su carácter, a veces huraño y malhumorado, a veces cariñoso tierno, simpático y afable.

Muchos años junto a su persona, hablábamos a diario, nos veíamos de forma continua, deseaba participar en todas las tertulias, en todos los programas. Se enfadaba y de qué manera, cuando en alguna ocasión le comentaba que no podía participar tal o cual día. Era un trabajador incansable, inagotable. Hemos vivido momentos inolvidables, personales y radiofónicos. Parece que estoy viéndole ahora retar a duelo a muerte al amago de actor Willy Toledo, después de que este dijera “que se cagaba en la Virgen del Pilar y en la Fiesta Nacional”. Duelo que debería celebrase en el Estadio Santiago Bernabéu o en el Nou Camp, con el arma que el actor eligiera y yo como padrino del General, o aquel inolvidable programa de 40 años en Radioya con el nombre de Memoria 21 en recuerdo de los 21 miembros de su familia asesinados por el terror rojo, como inolvidable fue cuando se presentó en la emisora con su uniforme de General el día que profanaron el cuerpo de Franco. Después de mi salida de Intereconomía, permaneció fiel a mi lado, allí donde alguien me dejara un micrófono, él estaba conmigo, venia en el paquete. En Radioya, además de participar en las tertulias de En la boca del Lobo, el tenia sus propios espacios, como El Rubicon que se trajo de Cadena Ibérica, o Españoles Olvidados. El General Monzón era reclamado por muchos de los directores de programas de la casa, se le veía junto al Coronel Diego Camacho en Análisis internacional y en Demos Caña con el equipo de Jesús Murciego e Isabel Valero.

Incomprendido por muchos, querido por todos. “Verdaderamente” fue un personaje controvertido y como he dicho, contradictorio. Admiraba a Franco y al Almirante Carrero Blanco y a renglón seguido también mostraba su admiración por Felipe González, cosa que he de reconocer me ponía enfermo. Hombre culto, sabio y de conversación fluida e interesante que te atrapaba de inmediato. Hablaras de lo que hablaras, el había estado o participado allí. En una ocasión, en tono jocoso, le comenté que si era cierto todo lo que me decía, le calculaba que tendría más de 250 años.

Recibo la noticia de su muerte con gran dolor. Pierdo algo más que un amigo, pierdo un hermano. Los que creemos en Dios, sabemos y tenemos el convencimiento que la muerte no es el final y nuestro pesar es más por propio egoísmo de no volver a disfrutar de su compañía terrenal y de sus charlas interminables. Hasta siempre mi General, hoy en mi corazón queda un hueco muy difícil de llenar, un hueco irremplazable. Solo los grandes hombres dejan tras de sí un legado y un recuerdo que perdura por encima de su propias vidas. Descanse En Paz mi General Monzón, nuestro General Monzón, “verdaderamente” un gran hombre.