Sólo el entontecimiento progresivo pero imparable de las últimas generaciones de humanos explica el auge y el dominio de lo políticamente correcto, que en España además está alcanzando cotas casi paranormales. 
La última ocurrencia del Gobierno masónico de Pedro Sánchez, para intentar acabar con sucesos como el de la célebre "manada", es que sea considero como delito toda relacion sexual en la que no haya un "sí expreso" por parte de la mujer. O sea, los hombres no es necesario que digan "sí quiero" (salvo en el altar), porque se da por hecho que quieren por el mero hecho de haber nacido varones.

Una de las características más visibles de lo políticamente correcto es que casi siempre se da de bruces con la realidad, se sitúa en un plano puramente ideológico pero no real. Desde los albores de la Humanidad, y desde luego en los últimos siglos, hombres y mujeres han perpetuado la especie, sin que en más de un 99% de las ocasiones haya habido ni consentimiento expreso, ni "sí expreso", ni pepinillos en vinagre. 

Quizá los miembros de este Gobierno, y de los anteriores, no lo sepan, pero hay algunas maniobras de seducción y entendimiento mutuo entre humanos de distinto sexo que garantizan casi un 100% de acierto antes de proceder a labores más íntimas, a poco que uno no sea tonto del haba. Por lo tanto, no solamente no es necesario un "sí expreso", o un consentimiento firmado ante notario, sino que el simple hecho de plantearlo puede mover al otro u otra a la risa, o incluso destrozar el proyecto amoroso.

Pasa con este tema como con tantos otros, que solamente puede uno leer los detalles de la noticia ubicándose en un terreno puramente ideológico, como parte de una estrategia que solamente puede conducir a conseguir el voto de unas cuantas decenas de personas sin cerebro, con el cerebelo en baja ocupación ó directamente enloquecidas por el virus de la corrección política y de las paranoias feminazis.

Una sociedad que es tan sumamente imbécil como para aceptar que es imprescindible dar un "sí expreso" para que un intento civilizado de magreo no sea considerado delito, terminará exigiendo que se dé un consentimiento expreso a un taxista para permitirle que te lleve a donde quieras ir, otro consentimiento expreso a la cajera del supermercado para que te ponga en una bolsa lo que quieres comprar, y otro consentimiento expreso para poder preguntarle a un vecino qué hora es y qué tal día hace cuando te lo encuentres por la mañana en el ascensor. Un sitio, por cierto, pecaminoso y lascivo el ascensor, que debe ser eliminado de inmediato de todas las comunidades de vecinos.

La imbecilidad es temible no cuando se da en la mayoría de los políticos (que eso lo llevamos viendo ya varias décadas), sino cuando se da en la mayoría de los ciudadanos, consentidores últimos de que todas las aberraciones, perversiones y melonadas que nos impone la casta dirigente en forma de leyes hagan de nuestras vidas un manicomio permanente. Si para que una democracia lo sea de verdad es necesario militar activamente en la imbecilidad profunda, a lo mejor resulta que no es la democracia el mejor de los sistemas existentes.