Al abandonar el hombre el trascendentalismo filosófico y religioso bajo la forma nihilista de un relato de progreso, la historia y hasta nuestra civilización acabará siendo juzgada, condenada y destruida. El signo más claro de la decadencia cultural y de que el hombre moderno está dilapidando su heredad, lo encontramos en el derribo de las estatuas que simbolizan a los prohombres que civilizaron América. Las ideas tienen sus consecuencias. Los hechos son reflejo de ellas. Eugenio d´Ors sostenía: “cuando en las aldeas, a lo largo de los días, no se oye el tañir de una campana, florecen a lo largo de la noche las flores malditas del incesto”

Por ser españoles, adelantados del humanismo cristiano que igualó en derechos y fue magnánimo en obligaciones, y ver en qué nos hemos convertido, la indignación se multiplica. Debemos combatir y no rendirnos al histérico vandalismo que destruye, pinta y derriba la historia, como las estatuas, de quienes ofrendaron cultura y civilización donde solo había barbarie e indigenismo antropofágico. Colon, Fray Junípero Serra, Ponce de León, Cervantes, simbolizan, hoy, la lucha de nuestra civilización, contra la falsificación histórica que desde España y desde la izquierda globalista, violenta, sectaria, ignorante, hispanófoba y cristianofoba quieren imponer.

Nuestra sociedad se acerca a la condición de general amoralidad sin la capacidad para advertirlo; y degradarse, sin posibilidad de disponer de recursos para evitarlo. La utilización e identificación de las más respetables instituciones con las siglas y consignas lgtbi, ejemplifican el dislate. Nuestro mundo se niega a aceptar la existencia de la verdad revelada y de la empírica, porque se niega a distinguir entre el bien y el mal, lo justo e injusto, lo moral e inmoral, lo conveniente o lo pernicioso. De ahí la dificultad de salir fortalecidos. Sin responsabilidad no hay excelencia, y sin esfuerzo no puede darse la recompensa.

Aristóteles, en su “política” no pudo prever la aparición de las naciones estado; la llegada y luego pérdida de una religión unificadora de raíz humanista; tampoco el triunfo de la diosa razón y el engendro de sus dos hijos, dos monstruos totalitarios; y menos aún, la expansión del globalismo uniformador compuesto por millones de extraños a los que se pretende obligar a cooperar bajo un mismo imperio de ley antinatural. Él no conoció, ni pudo prever, sociedades donde la expresión es libre y cualquier popularidad recompensada, donde la razón de lo conveniente es impostada por gerifaltes de los medios de comunicación

Toda cultura se ejerce sobre tres niveles de reflexión: “las ideas que le inspiran las cosas concretas; las creencias o convicciones generales; y su ideal metafísico del mundo”. El primer nivel es el universo mundano, que genera permanentes desequilibrios y conflictos. El segundo nivel son las creencias o convicciones como reflejos heredados o fruto de la propia reflexión. El último nivel es la instancia sancionadora, donde han de comparecer, tanto las ideas como las creencias, para ser examinadas. El ideal debe ser evaluable y permitir anudar los vínculos de la comunidad espiritual que llamamos España.

Pero las ideas no surgen sin más de otras ideas. Con frecuencia hunden sus raíces en la antropología, las condiciones biológicas, sociales y políticas que se encuentran en otro sustrato y mayor profundidad que los meros argumentos racionales. Las señas distintivas de las utopías modernas consisten en ignorar la realidad para adentrarse en el mundo imaginario de una sociedad sin ley (Marx y Engels), sin familia (Laing) y sin fronteras y defensas (Sartre). Ideas que sólo pueden mantener y defender aquellos que son incapaces de percibir realidades y que, por tanto, al vivir en el mundo infantilizado de las emociones, jamás persuadirá un razonamiento.

La obviedad de que el mundo se ha extraviado encuentra su plasmación en el despropósito de nuestro desgobierno que amenaza a la sociedad, nuestra economía y hasta nuestra vida. Pero si afirmas la necesidad de volver a creer y anteponer las obligaciones a los derechos, verás que nuestra sociedad no parece dispuesta a admitir que ha perdido su capacidad de creer y menos aún a enfrentarse al desordenado y asfixiante voluntarismo, impuesto a quien no se rebeló a tiempo.

Los dioses de la masa y la velocidad; de los cambios circulares y diversos; del culto de lo inmediato y etéreo; solo puede conducir a la uniformidad de la manada, a la adulteración de la calidad, al abandono de las cuestiones fundamentales para una vida civilizada y cultivada. Crece sin parar la tendencia a recelar de la excelencia, tanto intelectual como moral, por innecesaria para triunfar, para obtener riqueza o fama.

Sólo cabe imaginar que las consecuencias de varios siglos erráticos y con permanencia de graves herejías puede cambiar si comenzamos de forma individual el camino señalado por R.W. Emerson: “no viváis para seguir satisfaciendo lo que esperan de vosotros esas gentes engañadas y engañosas con que nos relacionamos. Decidles: Oh padre, oh madre, oh esposa, oh hermano, oh amigo!, hasta aquí he vivido con vosotros, conforme a la apariencia. De aquí en adelante pertenezco a la verdad. Que se sepa que de ahora en adelante no obedeceré más ley que la eterna…Me aparto de vuestros usos. Tengo que ser yo mismo. No puedo quebrantarme más de tí. Si podéis amarme por lo que soy, por lo que somos, seremos más felices”.