Decía Mirabeau que Luis XVI, el tonto de los relojes, desde la convocatoria de los Estados Generales hasta que acabó escupiendo la cabeza en la guillotina sólo tuvo un hombre a su lado: María Antonieta. Pablo Casado, el tonto de la moderación, el bobo que busca el centro como la Chelito se buscaba la pulga, acaba de decapitar al único hombre que tenía a su lado: Cayetana Álvarez de Toledo, entregándole su cabeza a los enemigos de España con el encendido aplauso y el gozoso cloqueo de las gallinas del PP, que lo único que buscan afanosamente es el alpiste moral de la izquierda para sentirse águilas de la democracia.

Pablo Casado es el cobarde que se cree prudente, es el impotente que se proclama casto. Pablo Casado es un saco de complejos, un barril de miedos, la encarnación de la gris incompetencia del mediocre y el botijo que pone a la fresca la ambrosía de todas las traiciones. Pablo Casado es el abrazo que esconde la puñalada en la espalda que palmea y acaricia, que es lo que acaba de hacer con Cayetana Álvarez de Toledo, clavarle una daga florentina en la espalda mientras de frente le regalaba una sonrisa sin mascarilla, sin luz y sin talento. La sonrisa del tonto con galones y entorchados.

Pablo Casado no es un accidente genético del PP, es el ADN del PP, es un hijo putativo de Rajoy pasado por el pupitre de Judas y la cartilla preescolar de Abundio. Por eso ha decapitado a Cayetana, el único hombre del PP capaz de llevar con sus palabras a la izquierda española al salón de los espejos de su historia real, donde solo hay espanto, terror y miseria. Envueltas, eso sí, en grandilocuentes invocaciones a la democracia.

No hay futuro para los cobardes. Pablo Casado quiere gobernar con el permiso de sus enemigos, que no le quieren muerto, sino bailando con el ridículo en el largo bostezo de una oposición sin fecha de caducidad. A quien querían muerta era a Cayetana, y Casado les ha entregado su cabeza y su epitafio escrito con las tibias babas de Feijóo. Mirabeau, Iglesias y Sánchez saben que ya no quedan hombres en el PP, ese rebaño de gallinas de corral que se creen águilas imperiales tal y como el gatito de Borges se soñaba tigre de Bengala.