La calificación de niñatos -que no es mía, aunque la suscribo- para los energúmenos que llevan varios días asolando ciudades españolas pidiendo la libertad de un criminal y chillando por lo que entienden como libertad de expresión, viene, al parecer, de fuente más o menos oficiales de la Policía.

Otra cosa les llamaría yo -y se lo llamaré, ya lo verán si tienen la paciencia de leer- a estos salvajes que -también según la Policía- practican tácticas de guerrilla urbana y asolan cuanto pillan a su paso, aprovechando para saquear comercios y robar lo que pueden. La libertad de expresión que piden consiste, al parecer, en quemarle las motos a los demás, incendiarnos el mobiliario urbano a todos -puesto que con los impuestos de todos se paga-, destrozarles los comercios a los tiranos que se atreven a ganarse la vida honradamente, apalear policías y asustar viandantes.

La guerrilla urbana no es cosa nueva en España, aunque los necios de memoria de pez se asombren cada vez que rebrota bajo el mandato de sus patrocinadores, que todos sabemos quienes son. Todos, menos los portavoces oficiales de la Policía y los sesudos analistas, a quienes he oído en radio calificar a la piara como "radicales, pero no ultraizquierda."

Todos sabemos que la guerrilla urbana la practica la ultraizquierda, a mandato de sus amos políticos; los mismos que ahora están en el Gobierno. Y no me refiero sólo a Podemos. La guerrilla urbana nació entre los cachorros de etarra -larvas de extorsionador y aprendices de asesino-, bien instruida -lo mismo que sus mayores- en campamentos de países lejanos y conocidos. En Vascongadas eran -queda dicho- la cantera de ETA, y pronto enseñaron -literalmente- a los energúmenos de la Cataluña que auspiciaba a todo tipo de antisistema, pseudoanarquistas, okupas y toda la morralla de una sociedad enferma de envidia y resentimiento.

El caso de la Catalunya separatista es curioso, y quizá algún día se estudiará como patología mental. En ella, los antisistema, okupas, semianarquistas, verdes como las sandías -esto es, en definición de Jean Marie Le Pen, que acertó un pleno: "verdes por fuera y rojos por dentro"-, eran los hijos de los padres que en su día iban a las manifestaciones en el coche de papá, conducido por el chofer de papá, y con la merienda preparada por la chacha de los papás. Aquellos padres eran la burguesía paleta y obtusa que dio lugar a estos sinvergüenzas que han ido tomando relevancia cada vez mayor agarrados al separatismo cutre y aldeano. A aquellos burguesitos se les unieron pronto los descendientes de la inmigración, y los charnegos se sentían importantes porque los señoritos permitieran que un Rufián -entre tantos otros rufianes- se les acercara. Probablemente sin saberlo -el separatismo burgués catalán es profundamente ignorante de lo que no sean sus tópicos-, ponían en práctica las recomendaciones del sablista Marx a su amigo y patrocinador Engels: "son una canalla útil para la comprobación de nuestras doctrinas".

 

Y a todas estas canallas (la baska -no confundir con vasca-, la de la Catalunlla paleta –no confundir con Cataluña-) se unió pronto la tropa formada por todos los delincuentes de poca monta, sinvergüenzas y vividores a costa de lo ajena -bien fuera okupando viviendas o mendigando subsidios- gracias a la influencia de la ultraizquierda. Una ultraizquierda que, desde aquél famoso 15-M que al inútil de Rodríguez Zapatero, en su inepto intento de capitalizarlo, le estalló bajo la nariz, está dirigida, manipulada, instrumentalizada -recuérdese: "una canalla buena..."- por los podemitas. Los mismos que -desde el Gobierno-, alientan la guerrilla urbana, difaman a la Policía, abandonan a sus propios Delegados del Gobierno -que a fin de cuentas son los que mandan en los despliegues y actuaciones de la Policía-, y se ponen de parte de los que arrasan las calles que pagamos todos, los comercios que les pagan los impuestos...

 

Para estos empresarios de la guerrilla urbana, la Justicia es palabra de Dios -perdón, de Marx- desde que empieza a investigar -y antes de llegar a condenar- a un político de otro partido, a un pobre desgraciado al que su mujer ha denunciado sin fundamento; pero cuando condena en firme a un fulano por varios delitos probados, pero que es de su misma tendencia ultraizquierdista y filoterrorista, esa Justicia conculca la libertad de expresión. Y lanza a sus energúmenos, a sus antisistema, a sus hordas subvencionadas, a reventar tiendas y bancos, a robar comercios, a quemar mobiliario urbano y, en general, a aterrorizar al personal.

 

Pero, como casi todo en la vida, también esto tiene -al menos en mi modesta opinión- su lado bueno. Es bueno que los podemitas -a través de sus fuerzas filoterroristas- defiendan con tanto ahínco su libertad de expresión.

 

Porque eso nos permite a los demás -amparados en el mismo derecho, señor fiscal- decir que ellos son unos verdaderos hijos de tiorra y corniveleto.