La Semana Santa de este año la recordarás toda la vida. Será una semana Santa que dejará una profunda huella en tu corazón (Toni Vadell, obispo auxiliar de Barcelona).

Es hora de ir haciendo balance de la pandemia del coronavirus. Y en ese balance resulta que el fuego amigo tiene un papel preponderante. Son tres las imágenes (sí, sí, más que mil palabras), imágenes causativas que más me han impactado: las tres, de fortísima motivación ideológica. Sus puntos geográficos, Vaticano, Perpiñán, Madrid. Y la línea que une esos tres puntos, el coronavirus. Y el denominador común, que las tres son una muestra inequívoca de que “pasan” de la gente, a la que ha herido gravemente el fuego amigo de sus líderes.

Empiezo por la primera imagen, estremecedora, la que más me afecta como sacerdote: un papa solitario, dramáticamente solitario en una plaza de San Pedro totalmente vacía, la imagen más dramática de la Iglesia vaciada. Sí, una Iglesia vaciada con enorme tesón. Y en contraste, las otras dos imágenes multitudinarias, que los organizadores cifran en sendas multitudes de 200.000 personas: la primera en Perpiñán y la segunda en Madrid (sumando los 8-M de toda España, un millón de personas, dicen los convocantes llenos de orgullo). Estas dos grandes aglomeraciones, causa necesaria para explicar los dos máximos focos de virulencia de la pandemia: las dos son de motivación política. La primera, la payasada del indepe Puigdemont y la segunda, el empoderamiento de una mujer que, sola y borracha, quiere llegar a casa.

Los intereses políticos respectivos pudieron más que el interés de los ciudadanos de esas dos comunidades. Y en la imagen vaticana, el virus no es el causante de nada, en absoluto, sino el escenario en el que la Iglesia ha encontrado la gran oportunidad de mostrar urbi et orbi no cómo es, sino cómo está: vaciada. Primero de doctrina, y luego de fieles. Me temo que esa estremecedora imagen de vacío y soledad será tan letal para la Iglesia como lo serán para las respectivas causas, la de Perpiñán y las del 8-M.

Y todos al grito nada disimulado de “podemos”, “sí que se puede”. Y la prueba es que efectivamente han podido: las imágenes nos lo muestran. El papa ante un Vaticano vacío, imagen del dramático vaciado de las iglesias, y Dios quiera que no de la Iglesia. Han podido, ¡claro que sí! Y eso ha ocurrido en el epicentro litúrgico de la Iglesia, justo en la Semana Santa. ¡Iglesias vacías y hospitales llenos! Calles vacías y lugares de trabajo vacíos con el mantra de que sin salud no hay economía; echando en olvido que la salud es ya tan inmensamente cara, que sin economía tampoco hay salud: una salud que se lleva un tremendo pellizco de nuestra economía.

Y creo humildemente que los tres eventos, al disponer tan singularmente de los respectivos seguidores manejándolos a su antojo, con evidente y grave daño para éstos, creo que sí, que se han pegado un tiro en el pie.

La Iglesia, pensando en la salud, ¡vaya por Dios!, optando por el riesgo cero, parece que no ha tenido el mejor acierto. ¿Caigo en herejía por decirlo? Es el único “servicio público” que se ha podido permitir tal nivel de seguridad para sus “servidores públicos”, servidores del Pueblo de Dios. Otros servicios no tan esenciales como el culto divino y la asistencia espiritual, habían asumido ciertos niveles de riesgo, haciendo lo posible por minimizarlos. Los servicios sanitarios, los de seguridad, los de abastecimiento y los indispensables para que esos servicios funcionen, han seguido en activo. Muy caro ha salido el de sanidad en lo que afecta al riesgo de sus servidores en condiciones tan precarias; pero como no podían eludirlo por ningún concepto, no les ha quedado otra opción que pagar ese altísimo tributo. Y naturalmente, el pueblo los aclama como héroes.

Cerrar las iglesias dando cerrojazo al culto, justo en Semana Santa, es muy duro. Tiene muy mal aspecto. Igual que el Estado ha mantenido en activo servicios esenciales adoptando máximas medidas de seguridad, la Iglesia podía haber mantenido el culto de Semana Santa con parecidas disposiciones. Si ha sido posible mantener los supermercados abiertos limitando el aforo circulante, ¿no se podía haber hecho algo parecido en las iglesias en plena Semana Santa? Es muy evidente la falta de empeño, la falta de convicción de que la Iglesia esté atendiendo también a servicios esenciales. A muchos fieles les parece que ha importado bien poco darle el cerrojazo a este servicio; y ven que hemos pensado mucho más en nosotros mismos que en nuestros deberes para con Dios y para con ellos. El papa solo, totalmente solo… ¿Qué pinta el papa solo en un espacio tan inmenso? Inquietante y sobrecogedora imagen. ¡Menudo escalofrío!, ¡tremenda desolación!

Y eso ocurre mientras el Gobierno, al que con tanto entusiasmo hemos secundado (más bien precedido), declaraba a los infames abortorios servicios esenciales, servicios por los que vale la pena que se arriesgue y se sacrifique el personal que está a su servicio. ¡Deprimente! Los mataderos abortistas a pleno rendimiento, y la Iglesia sin culto público (ni medidas de seguridad ni nada), simplemente cerrada a los fieles. Después de todo, casi deberíamos sentirnos agradecidos de que el Gobierno que declaró a los abortorios "servicios esenciales", no cerrase por propia iniciativa las iglesias al culto. Pero de poco nos ha servido esta consideración del Gobierno, porque al final, en plena Semana Santa, nosotros mismos hemos cerrado los templos a cal y canto. ¡Qué solo se ha quedado el papa en esa foto histórica! 

Y en sentido contrario, vemos lo mismo en las fotos de Perpiñán y de Madrid: en un momento fatídico, enormes aglomeraciones de gente contagiándose. Los convocantes sabían con toda certeza (aunque prefirieron ignorarlo) que de ese modo mandaban cantidad de gente al vírico paredón. Tanto los expertos como los ejemplos de China e Italia, se lo pusieron bien claro. Los documentos son irrefutables. Y la subsiguiente debacle, también.

La gente” que dicen ellos, les tuvo sin cuidado a unos y a otros. Sabían perfectamente unos y otros que era muy alto el riesgo de infección. Ellos sí que lo sabían, porque ellos sí, tenían información privilegiada que se guardaron para sí mismos, para utilizarla a su conveniencia, en su propio provecho. Y llevaron engañada a la gente que no lo sabía: les ocultaron la información que ellos sí que tenían (igual que siguen retorciendo ahora las noticias). Pero lo importante para ellos no era “la gente” con la que se llenan la boca, sino su producto. Es decir, los réditos políticos que podían obtener en aquel momento.

Pero, ¿y nosotros, los curas? Nos hemos pegado un tiro en el pie o, por decirlo de otra manera, nos ha alcanzado el fuego amigo, es decir, los disparos provenientes de nuestro propio bando. Hemos acabado de asustar y dispersar a un rebaño que ahora permanece escondido y temeroso viendo el canguelo de sus pastores. De poco vale ya el streaming y los autoyoutubes y las misas en el tejado de la iglesia retransmitidas en directo. La realidad virtual -por friki que sea- nunca compensará la ausencia de aquellos que no estamos con quienes deberíamos de estar.

En resumidas cuentas, vivimos tan ricamente en un mundo apartado de la única Verdad que salva, un mundo pervertido por sus iniquidades y con unos gobernantes pérfidos que han estimulado el desenfreno moral de una población que se pasa “felizmente” el confinamiento viendo pornografía premium -gratis total- en internet y bebiendo la cerveza que rapiñan de los supermercados… ¿Son ellos los que marcan el paso a la comunidad eclesial? ¿Qué digo marcando el paso? ¡Nosotros vamos un paso por delante del Estado en la autoprotección y el riesgo cero!

Siempre un paso por delante en la sumisión a un poder político que, tras la pestífera epidemia, nos devolverá al mismo estercolero que dejamos a la puerta de casa. El reseteo será económico seguramente. Nunca moral. Resetearán sí, las empresas que queden y los sueldos de los que puedan trabajar…Volverán como sea los baretos de playa, los cachondeos estivales, las juergas hasta el amanecer, los abortos pagados, los botellones interminables… y los chiringuitos políticos promotores de la parranda. Y nosotros seguiremos con la flor en la mano -cada vez más marchita-, con la tramposa estupidez de querer pensar que la vida es una risueña yincana y que tras la muerte no está ya el juicio divino, porque la responsabilidad personal hace tiempo que dejó de existir. Nos autoconvenceremos de que la felicidad eterna será absolutamente para todos en una especie de paraíso islámico. Sin lujuria, eso sí, pero con el mismo profano bienestar que aquí pudimos a duras penas disfrutar. Y para ello, podaremos prudentemente la doctrina católica de sus molestas aristas.

Y nosotros permanentemente… a rebufo no del público, ni siquiera de un Estado corrompido y corruptor, sino dos pasos por delante de él en prudencia e higiene, tratando -con nuestra carnal ausencia- de salvar una vida que deberíamos haber entregado ya a Cristo el día de nuestra ordenación sacerdotal, olvidando así que el que desea conservarla, la acaba perdiendo para siempre (cf. Mateo 16,25).

Custodio Ballester Bielsa, Pbro.

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