Creo que soy de los pocos periodistas en España que ha dicho públicamente una obviedad que, sin embargo, casi nadie se atreve a reconocer: la simpatía de la izquierda hacia los delincuentes. A poco que ustedes se fijen comprobarán que cada día son más los "demócratas" y "progresistas" que, por serlo, disculpan, justifican o simplemente quitan importancia a los delitos que cometen ciertos grupos radicales (siempre, claro, de extrema izquierda). No les pasa lo mismo con la violencia que, al parecer, ejercen (ya me dirán cuándo y dónde) radicales de la ideología contraria, que siempre les parecen actos terribles que se deben castigar con las peores penas. 
 
Es necesario volver a recordar que el marxismo hunde sus raíces en el materialismo hegeliano que, a su vez, bebe de las putrefactas fuentes de la revolución francesa. De las decapitaciones en el cadalso parisino, de los Robespierre y Marat, de aquella sangre que corrió en las plazas públicas para deleite de los sans culottes ha heredado la izquierda europea (y con especial empeño, la española) su gusto por la violencia. Sólo hay que ver con qué odio asesinaban los milicianos del Frente Popular, en el Madrid republicano, a curas, monjas, padres de familia y mujeres bien vestidas. En resumen, a todo aquel que les pareciese "fascista".
 
Con razón decía Chesterton que "cuando desaparece la religión desaparece también la razón". El marxismo es una ideología sin posible enmienda porque nace de un error: el de dar la espalda a la verdad. Todo lo que engendra la ideología izquierdista es una carrera imparable hacia la auto-extinción de la humanidad. Por eso, porque carece de razón y de verdad, lo único que propone para conseguir sus objetivos es el uso de la violencia contra sus "enemigos".
 
Me extraña que haya tertulianos de radio y TV que se sorprendan de que gente como Pablo Iglesias, Pablo Echenique y otros vagos podemitas no condenen la violencia de la ralea que está quemando las calles en apoyo al presunto cantante Pablo Hasel (¡vaya rachita de pablos!). Me pregunto si su extrañeza es producto de la ignorancia, de la ingenuidad o del chalaneo. Porque a nadie bien informado le puede extrañar que espíritus decididamente totalitarios, en el fondo y en la forma, condenen lo que hace posible el totalitarismo, que es el uso sistemático y generalizado de la violencia contra el "adversario".
 
Aunque Iglesias Turrión, ese preboste de la KGB de Galapagar, dijese que condena la violencia (con esa carita de niño aplicado que suele poner cuando quiere parecer un moderado), todos sabemos que tanto él como su partido, como la mayoría de sus votantes, como toda la secta separatista que puebla, por desgracia, el Congreso de los Diputados, desean la muerte de todo aquel que no piensa como ellos. Porque es eso lo que siempre les ha caracterizado (haciendo excepción, claro, de esas adorables excepciones que confirman las reglas).
 
Hasel es un niñato, chequista, amargado y mediocre, carne de presidio; quienes salen a la calle para apoyarle son exactamente iguales que él. Y los políticos que los jalean y animan (sin que la Fiscalía se dé por enterada, como no podía ser de otra forma en la nueva España frente- populista) sólo se diferencian de los anteriores en que ahora pisan moqueta y coche oficial, y han cambiado su picadero de Vallecas por una mansión en la sierra, como buenos jerifaltes comunistas que son. En el fondo, estamos hablando del mismo tipo de persona; gente que sólo sabe vivir para odiar y para hacer daño a los demás.
 
Conviene recordar que este tipo de individuos están hoy en el Gobierno de España gracias al voto de una buena parte de los españoles. Muchos de esos votantes no se diferencian demasiado de Pablo Hasel ni de Pablo Iglesias.