Claro que el título puede llevar a equívocos, pues mucha gente identifica la indigencia como sinónimo de pobreza material, y a la derecha como adalid de la opulencia y bienestar. No hay tal contrasentido, por mucho que se empeñe Casado en culpabilizar al edificio de los pecados de corrupción institucional practicada “en consenso” con el socialismo español. El edificio nunca absorberá sus pecados y la ciénaga en la que han convertido esta democracia los partidos que han usurpado la soberanía nacional. De ahí la ineludible regeneración y la necesidad de Vox, pues Podemos es una marca caducada hace más de ochenta años, que aprovecha la conjunción pobreza/ignorancia para prometer el cielo en la tierra. Paraíso proletario aún subsistente en Cuba y Venezuela.

 

La peor de las carencias, la más difícil de sobrellevar y de la que resulta imposible salir, es de la penuria intelectual, agravada con la moral. Desde el inicio de la transición y asentado “el sistema” sobre las tres mentiras que aún le sostienen: a) la soberanía reside en el pueblo; b) los partidos políticos, como cauce de representación política, encarnan su voluntad; c) la indisoluble unidad de España radica en la Constitución, no obstante se crean autonomías y nacionalidades que la desarrollan; la derecha es un mero accidente geográfico, ubicado sobre un paisaje sin referencia y exégeta de un baile popular “La Yenka”, en cuya búsqueda sigue desorientado; pues el centro, no existe más que en la equidistancia entre dos puntos, pero nunca será una posición política.

 

La derecha, desde 1978, es apenas un holograma, en una, dos o tres dimensiones, de los principios que han representado en España y Europa ese concepto genérico de derecha política. La única aportación novedosa al pensamiento de esta derecha lo hizo Aznar al considerarse “admirador de Manuel Azaña” y “creador de la derecha moderna”, sin mayor concreción sobre lo que entendía por modernidad. La derecha histórica de los Jovellanos, Balmes y Donoso Cortes; o de los liberales doceañistas, Cánovas del Castillo y Antonio Maura; o de los temporalmente más próximos: Santiago Alba o José María Gil Robles, nada se sabe, ni forman parte de las fuentes del pensamiento de la derecha moderna. Ni siquiera algún liberal afrancesado, mantenedor de la leyenda negra, ha buscado el referente unitario de Charles Maurras, Isaiah Berlin, Raymond Aron o Hannah Arent por si los tildan de retrógrados.

 

El error siempre antecede a la torpeza como acreditó Casado suficientemente en la moción de censura y en la evaluación de su derrota en las elecciones catalanas. La genialidad del estadista casi siempre se condensa en una frase, en este caso para la historia del pensamiento moderno “No caben tres marcas de centroderecha en España”. Que la fragmentación del voto no garantiza la permanencia de Sánchez, lo acreditan los gobiernos autonómicos de Madrid, Andalucía y Murcia. Lo que avala su permanencia en Moncloa es el disponer de todos los medios audiovisuales, el tener de oposición a unas muletillas sin principios que dicen lo contrario de lo que hacen. Lo que dificulta el desalojo del “sátrapa de la Moncloa” es repartirse el poder corruptor en dadivas y nombramientos. Es llevar negociando décadas para que los jueces se conviertan en una terminal más de las apetencias políticas.

 

Los años que no dedicó Casado a formarse, culpa del proceso de selección de los mandos jóvenes, le llevan a la perogrullada del martes ante la ejecutiva del partido: “para que el PP vuelva un día a la Moncloa, Vox tiene que volver a ser un partido residual”. Si el “Patrón de Perbes” levantara la cabeza, le mandaba a esparragar con Verstrynge; después preguntaría como había llegado a la cúpula de su partido y, a gritos, propugnaría una nueva refundación bajo el acrónimo Partido Prófugo. Pues lleva desertando de su responsabilidad en combatir las leyes de ingeniería social, las ideológicas, las históricas y todas aquellas que afectan a la libertad individual o son discriminatorias, cuarenta años.

 

Como será el liderazgo de Casado que no solo le dan la espalda sus bases, sus votantes; sino que empiezan a hacerlo sus cargos orgánicos; aquellos que pueden dedicarse a otra cosa que no sea la política, que tienen una profesión u oficio conque ganarse honradamente la vida. Cayetana Álvarez de Toledo, reconoce públicamente que “no se siente representada por Pablo Casado”, habiendo sido portavoz en el Congreso y sigue siendo diputada del partido. Pero, ¿de donde viene la descomposición del Partido Popular? ¿Qué razones le han llevado a la actual atonía? ¿Puede y debe desaparecer semejante nomenclatura, vaciada de contenido? ¿que representa este elefante de papel llamado Partido Popular?

 

Vox no nace de un proceso revolucionario; no representa una ruptura con el sistema; no encuentra su asidero político en ninguna de las ideologías en boga y triunfantes en los inicios del siglo XX; tampoco pretende subvertir el orden constitucional, sino corregir sus fallos, siguiendo el procedimiento establecido para ello. Vox sale de una costilla del PP y del descontento. Del descontento forman parte la mayoría de sus dirigentes, de distinta procedencia y aptitud, pero el líder del mismo, se crio y creció en el seno del partido que tiene un sentido patrimonial de la política, como un “modus vivendi”, según confesión de Casado a Abascal en la moción de censura “…le hemos mantenido durante muchos años…y mira como lo agradece”.

 

El problema del PP, heredero de la derecha histórica española del siglo XIX y parte del XX (hasta 1936), es que carece del alma de la política que son las emociones; y sin ilusión no hay empresa colectiva que pueda triunfar y menos sobrevivir. Creen que, con reponer la despensa, con ser más eficaces, mejores gestores, se arregla todo. Condensan en la vida material todo el universo mundo del ser humano, individual y colectivo. Han interpretado el premonitorio libro “el crepúsculo de las ideologías” de Gonzalo Fernández de la Mora, como una prescripción de las ideologías; y no se han enterado o les da pereza advertir que la batalla cultural planteada por la izquierda desde hace cuarenta años, encierra una profunda batalla ideológica de transformación de comportamientos y conductas desde la infancia. Y de ese modo, disponer de un efímero poder durante una o dos legislaturas, no sirve absolutamente para nada. Apenas un eslabón en la cadena que nos oprime.

 

Tampoco han percibido que, en esta batalla ideológica, la ejemplaridad es un presupuesto básico. “Nada vale el fruto, cogido sin sazón, ni aunque te elogie un bruto, ha de tener razón”, decía Machado. La izquierda es tolerante con la corrupción, porque la ha practicado desde el origen, la suele repartir mejor y la disimula u oculta siempre. Se introducen en el estado liberal permisivo, como las termitas en la madera, hasta que lo destruyen por dentro. Se llevaron la cuarta reserva mundial de oro del Banco de España, en septiembre de 1936, y esquilmaron todo el patrimonio histórico que pudieron en ese período; pero resulta que el Pazo de Meirás que fue donado entre particulares a Franco, fue una apropiación del patrimonio nacional. Y el PP de Feijoo apoyando la iniciativa y el expolio. Por ello el votante de derechas no tolera la corrupción ideológica, servilismo; ni la económica, mediante la prevalencia de los cargos, en las distintas formas de apropiarse de lo publico; ni la moral, no defender los principios superiores del ser humano desde la concepción; ni la política, no buscar el bien común y los intereses generales.

 

Santiago Abascal se fue del adanismo político y, esa costilla que no hubiera pasado de ser una simple vertebra de haber seguido en la disciplina del cuerpo político por donde transitaron Gregorio Ordoñez, Miguel Ángel Blanco y Ortega Lara, se fue, sin dar un portazo, al desierto del sacrificio y el ayuno, a espiar sus pecados, en busca de la tierra prometida. Supo ver cual era el problema y como buscar las soluciones, aunque desconociera la dificultad de la empresa y la bisoñez de sus acompañantes. Hoy señala el rumbo, transmite valores, emociones, convicciones y soluciones. Coctel explosivo para un sistema terminal, cuyo apoyo decrecerá en cada elección de manera inversamente proporcional al progreso de Vox.

 

El PP no tiene posible regeneración, ni remedio, pues nació lastrado por “el servicio a lo conveniente” en lugar de “servir a lo permanente”. Ignoró, como un valor prescindible, principios esenciales como la unidad de la patria, el idioma común, la libertad, la justicia social, el derecho a la vida y a una muerte digna, la división de poderes, el respeto a la propiedad, la defensa de nuestras fronteras, el orden social y la dignidad del ser humano, como eje y fundamento del sistema. Tampoco lo tiene porque los innumerables cargos orgánicos ya solo representan camarillas de intrigantes repartiéndose cuotas de poder o sus migajas. La desconexión con sus bases es palmaría, produciendo más rechazo que afecto, no obstante disponer de honestos y valientes cuadros intermedios, sin otro protagonismo que el de esperar las directrices que emanan de la cúpula del poder del partido. Y esto asfixia cualquier anhelo, la más mínima ilusión.

 

La posibilidad de evitar “el sorpasso” en próximas citas electorales autonómicas o generales, se debería más a errores propios de Vox que a la coalición PP/Cs. Solo si Vox varía su rumbo, se equivoca en la estrategia, comienza a adaptarse a lo que le digan las encuestas, deja de ser un movimiento aglutinador de distintas corrientes bajo el denominador común del patriotismo y no se abre a la sociedad civil para impregnarse de los necesarios cuadros, rigurosamente meritocraticos, puede retrasar o imposibilitar su llegada al poder. El Sanchismo es la fuerza política más perturbadora que ha conocido España desde la II Republica. El derechismo popular resulta su mejor baluarte de permanencia. Vox es la esperanza fundada si no imita a los anteriores y se convierte en un partido endogámico, de disciplina sin honor y valor. ¡Creo y deseo fervientemente que eso no ocurra!