Es José Ortega y Gasset el que se hizo eco en “La rebelión de las masas” -en el epígrafe III del “prólogo para franceses”- del significado de la palabra “snob”. Ortega y Gasset establecía la etimología del término en la contracción de la expresión latina “sine nobilitate” o, literalmente, “sin nobleza”. Dice: “Como el esnob está vacío de destino propio, como no siente que existe sobre el planeta para hacer algo determinado e intransferible, es incapaz de entender que hay misiones particulares y especiales mensajes”. Por eso nuestro diccionario de la RAE define al esnob como “persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos”.

Esto es todo lo que se le ocurre al profesor de liturgia de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso Juan Manuel Sierra, al respecto de los que acuden a la “misa en latín” o por el “modo extraordinario”, todo ello a raíz de la polémica suscitada por el motu proprio “Traditionis custodes”: se trata de puro esnobismo y por eso el papa Francisco ha “salido al paso del esnobismo” (La Razón, 18.7.2021). Los que acuden a ese rito son esnobs y además “nostálgicos” pero, sigue diciendo Sierra “¿Quién puede tener nostalgia? … Alguien mayor que ha vivido y se ha educado en otro tiempo, sí. De lo contrario, no le veo mucho sentido”. Sierra no le encuentra mucho sentido y por eso lo explica, primero, por la nostalgia y, después, por el esnobismo.

Sin embargo, los datos dicen otra cosa y un profesor universitario como Juan Manuel Sierra, perteneciente a una institución que se supone que crea conocimiento o por lo menos está en la vanguardia del mismo, no debería soslayarlos. Así, un estudio realizado por el padre Donald Kloster, de la Iglesia de Santa María en Norwalk, Connecticut, EEUU, ha revelado interesantes cuestiones al reunir encuestas de prestigiosas instituciones estadísticas y medios digitales de los EEUU. El objetivo del estudio del padre Kloster consiste en estudiar por separado las valoraciones sobre asuntos centrales que preocupan a la Iglesia tanto entre los asistentes a la Misa Tradicional (MT) como entre los asistentes al Novus Ordo (NO). Por favor, que nadie diga la estupidez de que este tipo de estudios contribuyen a “dividir a la Iglesia” porque, como no estamos ya en la Unión Soviética, las estadísticas pueden hacerse libremente y no son delito. Pero vayamos al grano. Se trata de datos de los EEUU exclusivamente, pero tengamos en cuenta que cada domingo, en aquel país 100.000 católicos acuden a misa en 489 iglesias repartidas por toda la geografía. Este rápido crecimiento permite análisis estadísticos con un tamaño muestral nada desdeñable. Todos los datos aportados a continuación se obtuvieron a partir de muestras de entre 1085 y los 1773 individuos y son port atno similares a las que se hacen en España antes de cualquier elección.

De acuerdo con un estudio realizado por el Pew Research Center el 28.9.2016, el 2% de los asistentes a la MT aprueban la anticoncepción frente al 89% de los asistentes al NO. Según otro estudio del Pew Research Center del 15.10.2018, aprueban el aborto el 1% de los asistentes a la MT por el 51% al NO. El estudio del padre Kloster revela, de acuerdo con datos del Center for Applied Research in the Apostolate en la Georgetown University (CARA, 11.4.2018), que entre los feligreses de la MT asiste a la misa dominical el 99% mientras que solo lo hace el 22% de los del NO. Según la encuesta del diario conservador “The Daily Wire” (2.7.2017), aprueban el matrimonio homosexual el 2% de los feligreses de la MT frente al 67% del NO. Además, se confiesan al menos una vez al año, según CARA (16.2.2014), el 98% de la MT frente al 22% del NO.

Si entramos en lo que podríamos denominar en sentido amplio como “generosidad”, encontramos también notables diferencias: según el portal catholicphilly.com, los asistentes a la MT donan a su iglesia 5 veces más dinero que los asistentes al NO y el Pew Research Center (12.5.2015) revela además que la tasa de fertilidad de los asistentes a la MT es de 3.6 frente al 2,3 del NO.

Este panorama dibuja una percepción de lo que significa ser católico un tanto diversa: lo primero a destacar es que los asistentes del NO se parecen más a las tendencias que impone el mundo moderno que los asistentes a la MT. Y esto no es una cuestión de “nostalgia” sino de datos.  Además, la tasa de fertilidad está relacionada con otro asunto: la MT tiene un enorme tirón entre la juventud. Ya hace casi diez años que The Economist (15.12.2012) publicó un extenso artículo titulado “A traditionalist avant-garde. It’s trendy to be a traditionalist in the Catholic church” (Una vanguardia tradicionalista. Está de moda ser un tradicionalista en la iglesia católica) en el que se hacía eco de este fenómeno. Curiosamente, las tendencias y opiniones que defienden los de la MT no tienen nada que ver que el pre-Concilio Vaticano II sino también con posiciones que la Iglesia católica ha defendido después del citado concilio. Esto lleva a preguntarse a cualquier observador no superficial: ¿Es entonces Traditionis custodes un motu propio para la ruptura? El tono agresivo e inmisericorde del mismo condena una lex orandi imponiéndo severas restricciones que, sin embargo, no se aplican a los “abusos” que el mismo motu proprio acepta. Al posicionarse contra la lex orandi, ¿se posiciona también contra la lex credendi? ¿Por qué los que viven su vida espiritual en la MT sin meterse con nadie no han gozado de la tan cacareada misericordia papal, del derecho al “diálogo” del que gozan los inmigrantes, los musulmanes, los que están en la cárcel, etc? Estas preguntas son bien legítimas y no se pueden capear -por lo menos no es esperable que se haga entre gente de cierto nivel- con la primera ocurrencia como la “nostalgia” y el “esnobismo”.

Puede que la razón última esté en el problema central de nuestro tiempo: la desvinculación con lo sagrado, especialmente del hombre occidental, que remite siempre a lo sobrenatural, hoy relegado a la adivinación, parapsicología y mil chaladuras que llenan las arcas de los que viven de la vaciedad burguesa actual. Una buena muestra de esa desvinculación con lo sagrado la ha proporcionado el Papa Francisco con su comentario bien reciente al milagro de la multiplicación de los peces: “el verdadero milagro, no es la multiplicación que produce orgullo y poder, sino la división, el compartir, que aumenta el amor y permite que Dios haga prodigios”, afirmó el Papa Francisco a la hora del Ángelus del domingo 25 de julio. Esta falsa dialéctica que contrapone la actitud moral con la acción sobrenatural bien puede entenderse como crítica al milagro, consustancial a la misión de Cristo en la Tierra, pero enteramente coherente con una Iglesia que se ha empeñado en arreglar el mundo desde lo político -con frecuencia haciendo suyos los análisis más ramplones de la izquierda- y desde el sentimentalismo. Quizás por eso, la “misa en latín”, con su afán de excelencia (ex coeli), donde Cristo es radicalmente central, donde lo sobrenatural se asoma al mundo y habla a través de lo permanente y lo simbólico, donde el ego se recoge hasta desaparecer y donde la lex credendi se hace presente y meridianamente clara en un depósito de siglos, quizás por eso, digo, la “misa tradicional” se haya constituido en el enemigo de una Iglesia que parece como si quisiera convertirse en otra cosa. Esto justificaría la acusación orteguiana de esnobismo que “es incapaz de entender que hay misiones particulares y especiales mensajes”.  De ahí, además, debe concluirse que la unidad, en sí, no es ningún valor porque puede estarse unido en torno a un error bien grande.

Por todo esto, no dudamos que, como dice Sierra, “cuando un Papa acomete una reforma, no lo hace porque haya dormido mal una noche, es porque verdaderamente tiene argumentos”. Lo que sí dudamos es que Sierra no haya dormido mal antes de sus declaraciones.