La ética es una parte de la filosofía práctica, que estudia y concreta las leyes naturales detectables de la conducta humana, por vía de la razón y lógica humana, como toda ciencia especulativa (filosofía y teología).

Sin plegarnos, pues, a la verdad revelada (bíblica y tradicional), podemos así definir unas normas de conducta cívica y personal acordes con las exigencias de nuestra conducta racional, en orden a nuestra conducta realizadora de nuestros fines inteligentes, de que nos dota nuestra creación divina consiguiendo los medios de justicia, paz, libertad verdadera y por ende, la felicidad.

Cuando saltamos esas lógicas naturales, ordenadas al fin último, caemos en los absurdos y contradicciones, desencajándonos de ese rail obligado, fuera del cual demostramos más irracionalidad y ceguera, atentatoria contra nuestra marcha ajustada a la realidad.

En cuanto intentamos justificar el dislate con nuestras ocurrencias, utopías fantásticas inadecuadas a la conducta de la racionalidad.

Sería interminable la lista de tales absurdos que salpican los noticieros de nuestros últimos días, exponentes del vacío espiritual e intelectual.

¿Qué sentido tiene promocionar o publicitar el turismo astronáutico, poniendo en peligro la existencia vital, cuándo desconocemos las maravillas que encierra nuestro planeta y que nunca llegaremos ni a conocer en su plenitud, ni a visitar en vida?

¿Qué sentido tiene hacer carreras de rallys o de motos por arenas movedizas en las crestas  de las desérticas dunas?

¿Qué sentido tiene tomar las doce uvas en el fondo del mar Rojo, cuyo entorno submarino no es el más indicado para saborear unos frutos en la placidez de una mesa-camilla invernal con buen brasero calentándonos los pies y en tertulia familiar?

¿Qué sentido tiene que invasores ilegales arribados a nuestras costas, sean alojados en hoteles, mientras nuestros compatriotas damnificados tengan que refugiarse en albergues, auto caravanas y casas de vecinos caritativos o de parientes ocasionales?

¿Qué sentido tiene que un Papa (pastor universal de almas), diga que vendrá a Santiago y no a España?

¿Qué sentido tiene que un grupo, llamado “compañía nacional de danza” gesticule desnudo, sin ritmo, ni cadencia corporal de ballet y se acompañe cantando en gregoriano?

¿Qué sentido tiene que haya padres y madres que para torturar psicológicamente a sus parejas, asesinen a sus propios hijos?

La lista de disparates de todo orden sería interminable si analizásemos la realidad total. Sirvan estos ejemplos como brevísima antología de la irracionalidad de nuestros fatídicos tiempos, liberales, democráticos, modernistas y borreguiles, desorientados y abocados a la inseguridad de lo inmediato que ocupa, preocupa y angustia a tantos padres e hijos sin brújula y en dirección a ninguna parte.

Arte sin originalidad y originalidad sin arte, es lo que manifiesta la hoquedad del vacío mental sin Dios ni trascendencia de eternidad, sin formación e información en las verdades fundamentales a las que nuestra naturaleza humana ha de ceñirse si quiere lograr esa felicidad para la que hemos sido amorosísimamente creados.

La originalidad es un recurso obligado del arte, pero no un fin en sí mismo. Por eso el mal llamado “arte abstracto” se queda a medio camino.

Cuando Paul Claudel viajó por nuestros pueblos de Castilla, pronunció aquella sentencia célebre: “¡Qué sabios son estos analfabetos!”.

Actualmente aburrimiento, vulgaridad, relativismo cobarde, indiferentismo religioso, nihilismo existencialista… y al fin, suicidios como evasión de la cárcel de la soledad más fría.

Comentando esta serie de vergonzosos absurdos, pregunté a mi vecina la “tía Chucha”: ¿Qué cree usted que pasa actualmente?  Con su gesto despectivo y airado respondió: “Esto es la…descojonación”.