Como de muchas aflicciones más, de que pasara esto alguna vez tiene la culpa la impropiedad del lenguaje habitual. Que la palabra, en vez de servir al hombre para entenderse con los demás sea en ocasiones instrumento eficaz de confusión, es una de las innumerables manifestaciones de la imperfección humana. Pero en tal caso, parejo de la torpeza y, aún de la rebeldía en el uso de la palabra, suele ser la misma palabra como una fuerza propia de tan sutil naturaleza que manda muchas veces sobre las acciones y sobre los pensamientos, llenándolos de su propio contenido, en lo que no se corre poco riesgo que te tachen de fascista, homófobo, xenófobo o cualquier otro epíteto propio de dirigentes intransigentes que piensan que están en posesión de la verdad sólo y solamente para adoctrinar a las masas de alfa betas.

Si para declarar que la vida está sujeta a normas de conducta estrictas, y la conducta a reglas que hagan de la vida milicia, como acertadamente afirmaban nuestros padres y abuelos, debo decir que hay que imprimir a la vida un estilo militar, que no es sólo de formas y modos.

No hay muchos espectáculos más penosos y bochornosos que el de los hábitos y modos de cortesía castrense, empleados sin responsabilidad y vacíos de contenido espiritual como el de los representantes de la extrema izquierda en países y aún en ideologías antimilitaristas que en cuanto llegan al poder hacen ostentación de paramilitarismo.

Quizá este riesgo se hubiera evitado sólo con hablar, más propiamente, de espíritu militar; y con tratar de que fuera este espíritu militar el que diera sentido a la vida. Porque mientras las formas, el estilo, parecen inconvenientes y fuera de lugar en más de un caso y dos, no hay ninguno en que el espíritu no sea deseable. El espíritu militar es amor a la profesión, sea cual fuere, entusiasmo, energía, amor a la gloria, valor en todos los aspectos de la vida, desprendimiento, abnegación que deben relucir en cualquier ejercicio de profesión donde la vocación es sinónimo de servicio a la sociedad; sin olvidar la diligencia que es remedio de la tibieza, del desánimo, la desgana y la inconstancia, flacos que acuitan a los "que valen poco para el servicio a la sociedad"; ni, menos, la paciencia, que triunfa siempre sobre el desaliento nacido de la fatiga moral: "Sed pacientes, dice San Lucas, y tendréis señorío de vuestras almas". Mas a lo profano, Calderón pintaba al soldado de su tiempo con exacto colorido:

"Estos son españoles. Ahora puedo

Hablar encareciendo estos soldados

Y sin temor, pues sufren a pie quedo

Con un semblante, bien o mal pagados:

Nunca la sombra vil vieron del miedo,

Y aunque soberbios son, son reportados;

Todo lo sufren en cualquier asalto,

 sólo no sufren que les hablen alto."

El entusiasmo es una disposición, hija, a veces, del propio genio, que es la aptitud innata que un hombre posee para ejecutar desembarazadamente faenas que a los demás parecerían difíciles; otras le llegan por distintos caminos de los que no es, ciertamente, el menos frecuentado el de la tradición familiar, hoy vilipendiada por los progresismos que, conocedores de la importancia de la familia, la intentan minar en sus bases más fundamentales.

Otro gallo nos cantaría si mantuviéramos encendida en nuestras familias la llama del amor al servicio a la sociedad en cualquier profesión en vez de dedicar ingentes partidas de dinero a organizaciones, que se dicen no gubernamentales pero que se nutren del dinero de nuestros gestores nacionales y, por tanto, de los gobiernos de turno, que se dedican a minar los valores morales de la familia, las profesiones vocacionales y la pertenencia a una Unidad llamada España, base para llegar a una verdadera conciencia de identidad nacional.

Habrá que volver algún día sobre esta sabiduría.