Supongo que para sus votantes es más consolador, balsámico incluso, pensar que simplemente es un gilipollas, pues se hace muy difícil añadirle a su conducta un punto de maquiavelismo, retorcido si se quiere pero brillante aunque no se quiera, como la daga que acaricia, la bala que besa y el halago que emponzoña. No, nada de eso cabe en su cociente intelectual. Lo digo porque le conozco, por eso no le he votado jamás. Lo conocí cuando sólo era un gilipollas doméstico, un tonto de felpudo y rellano con más ambición que talento, y esto no es un piropo funerario pues en su caso para tener más ambición que talento basta con tener un poquito, solo un poquito de ambición, la ambición de aprender a atarse los cordones de los zapatos, por ejemplo. Esa mínima ambición supera con largueza su talento.

Lo conocí antes de que empezara a hacer el gilipollas a banderas desplegadas y a balcones abiertos para que todo el mundo se enterase de lo que, hasta entonces, sólo sabíamos unos pocos. Antes, cuando yo era joven y España era una gran Nación, también había tontos como él, pero al hijo tonto del amigo, del familiar, del conocido o del compañero de trabajo se le buscaba acomodo de conserje para que pasara la mañana tranquilito, sentadito de ocho a tres en el chiribitil o en la garita leyendo el Marca y el As, se le ponía un uniforme con botones dorados y entorchados en las bocamangas y solo se le exigía que, de vez en cuando, preguntase “¿dónde va usted, caballero?”. El tonto volvía a comer a casa, y su mamá tan contenta porque el hijo tolili, tan guapo él con su chaqueta gris marengo cruzada, de botones metálicos y entorchados en las bocamangas, se iba a jubilar con pensión y todo.

Hoy, al tonto de la casa, al tolili de la familia, lo suelen colocar de machaca en un partido político para que trepe por la cucaña del poder. En mi mocedad había tontos que en el chiribitil del conserje se creían Bismarck, hoy hay tontos que en la garita del garito PP se creen Pericles y Maquiavelo y que cuando pasa Isabel Díaz Ayuso no le preguntan dónde va, sino quién se ha creído que es. Y lo preguntan ese par de gilipollas que no son nadie y sin ella no son nada.