He recibido la confidencia, sorteando todos los filtros de inteligencia al servicio del leviatán que usurpa el poder en España, incluidas las redes sociales e internet, de que “el Cuervo” que magistralmente narrara Allan Poe había vuelto siglo y medio después, turbando el sueño del inquilino de la Moncloa con unos fuertes golpes en la ventana, que no supo descifrar si procedían de su conciencia, hace tiempo atormentada; de los miles de fallecidos por su culposa negligencia; de alguna profanación reciente, pues con todo se había atrevido; o procedía del servicio de habitaciones, donde su mujer habita la cuarentena. En cualquier caso, sobresaltado abrió la puerta gritando: ¡Soy yo, Pedro Sánchez! ¿Quién osa perturbar mi sueño? ¡Nadie vio, ni le contestó!

 

El presidente por accidente, jefe de estado por ambición, intentó, en vano, dormir, escrutando en sus recuerdos los tiempos en que era feliz sin exigencias a su intelecto, ni necesidad de mentir: Eres mediocre, se reconocía, y todo el tiempo no puedes fingir; el cargo no lo disimula y la soberbia te perjudica, ¿quien puede dormir, así? Un nuevo golpe, como el tañir seco de una campana, esta vez en la ventana, impulsa a Pedro la apertura por si fuera el viento de la mañana. Al hacerlo, con un “tumultuoso batir de alas” entró “majestuoso” un cuervo. “El animal no efectuó la menor reverencia, no se paró, ni vaciló un minuto; con el aire de un Lord o una Lady se colocó por encima de la puerta de su habitación”, recién decorada, posándose sobre un busto de Pablo Iglesias, él Fundador, no confundir, y allí se instaló.

 

El morador del enclave de la Moncloa, que fue ribazo y confín en las trágicas noches de un lejano mes de mayo, petrificado y sin poder balbucear más que inconexas palabras de pánico y zozobra interior, miraba fijamente al “lúgubre y viejo cuervo, viajero salido de las riveras de la noche”. Pegado a la pared e inmóvil, P. S. sólo acertó a preguntarle con una apenas audible vocecita: Dime, ¿cual es tu nombre? pájaro de mal agüero, hijo de las tinieblas, portador de secretos del averno, escrutador de almas, picoteador de corazones, triturador de entrañas: “¡Nunca más!”.

 

Asombrado P.S. de “que un ave tan poco amable entendiera” con tanta facilidad su lenguaje, comenzó, tanteando todo a su alrededor, a sobreponerse al natural espanto, mientras el pulso y la serenidad se contagiaban, logró recordar los momentos de máxima dificultad cuando fue cuestionado para ser Secretario General de su partido y pillado cambiando papeletas detrás de una cortina, lo que supuso su primer y mas grave contratiempo político y la fama de trilero en los compromisos. Pero esto le parecía distinto, presagiaba la gravedad del mensaje y suponía fuera el inicial anuncio de su infortunio futuro y la caída del poder absoluto de manera irremediable.

 

En vano su naturaleza engreída, soberbia, fatua, le llevó a tranquilizarse, viendo la escena del cuervo, desde otra perspectiva: Tengo el privilegio y seguramente a ningún hombre en la tierra le fue dado “ver a un ave por encima en su habitación, sobre una estatua colocada a la puerta de la alcoba, y llamándose: ¡Nunca más! ¿Y si fuera un aliado, capaz de anunciarme la importancia de mi ser en la historia? ¿Y si el siniestro enviado viniera a reconocer mi poder perpetuo sobre vidas y haciendas? ¿y si transmitiera el momento oportuno de acceder a la jefatura del Estado, proclamando la republica? Podría acaso, este bicharraco siniestro, representar a los miles de victimas- ya no es un drama, sino fría estadística-, que la epidemia se ha cobrado en España provocado por mi torpeza en la prevención, gestión y sectarismo político. Ese pensamiento me golpeó la nuca como un tempano de hielo, desechado inmediatamente de la realidad, en mi conciencia. Pero la mirada del cuervo, su nombre, la indefectible majestuosidad de su ser inmóvil, posado sobre el cráneo del Fundador, con sus patas en gancho, sin mover una pluma, no hacían más que llenar de temor supra natural a P.S. Hasta tal punto que decidió establecer un dialogo con el intruso. Le preguntó: “¿acaso no volaras mañana de mi vida, como mis antiguas esperanzas y otros amigos?”. El pájaro le respondió: “¡Nunca más!”.

 

Aturdido por la contundente respuesta, el Presidente por accidente, comienza a preguntar al cuervo, como si fuera el oráculo de Delfos; aceptando que ese animal, ahora mitologizado, pudiera ser un enviado, del otro mundo, para ayudarle a sortear las dificultades de éste. Dime, pues es lo único que me importa, si voy a mantener el poder, después de esta epidemia tan devastadora. La respuesta no se hizo esperar: “¡Nunca más!

 

¡Pero, que me dices!, si lo único que me repite el Chaman que contraté, Iván Redondo, es que “la política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria”, máxima que quise aplicar al PP, pero me insinuó que no me atribuyera, pues era de un tal Voltaire. ¡Pero, que me dices!, si puedo hacer lo que me plazca y contradecirme constantemente, sin coste alguno; si tengo a Tezanos en el Cis fabricando encuestas para mí; si los sindicatos, ahora llamados eufemísticamente “agentes  sociales” comen en mi mano y tienen mi ideología; si dispongo de todas las televisiones y los mejores periódicos, que me entregó, en su día, Aznar y Rajoy y hasta consigo que el drama de la cuarentena y sus miles de muertos sean visualizados como una fiesta de vecindario.

 

Acaso ignoras, pájaro amargo, ventrílocuo inmundo, que las masas que yo adoctrino se conducen casi exclusivamente por el inconsciente y, por tanto, son esclavas de los impulsos que reciben. Claro, al ser ave de mal asiento entre cenagales y riachuelos, no has podido apreciar que los seres más impresionables son las mujeres y los jóvenes. ¡Me río de tu escaso juicio sobre los humanos! Hemos descubierto los dominadores de las masas y, por tanto, del mundo, que el matriarcado vindicativo y desnaturalizado es un filón de poder para mil años. El cuervo, inmóvil como una piedra, varió su respuesta: “¡Te irás!”.

 

La ira contenida de P.S. le anegaba el cerebro y hacía que contrajera su mandíbula dibujando un rictus de pavor. ¡Falaz picaflor!, vuelve al monte de las ánimas con tu gato negro, alondra colorada o cisne azul, no te necesito y menos como agorero de mis improbables desdichas. Te prevengo que “la perversidad es uno de los impulsos del ser humano”, y también en ello soy “doctor”. ¿Nadie te previno, allá donde habitas, de tú insolencia?: “¡Te irás!”, le replicó.

 

¡Ser de desdicha! ¡Pájaro o demonio, pero al fin profeta!, ¿pretendes que ignore mi inmortalidad histórica?. Conseguí arrodillar a la Iglesia; sacralizar una Basílica; doblegar a los jueces; profanar la tumba del que fuera Caudillo de España en la guerra y en la paz; humillar a cuantos deudos le debían gratitud: corona, ejército y pueblo español; y me dispongo a culminar la obra de una Republica Federal y vienes tú, ¡pájaro o demonio!, a contradecir mi voluntad: “¡Sí, te irás!”.

 

Irrumpe Begoña o Evita, Pedro Sánchez entra en confusión, y contempla la escena a la puerta de la habitación; los ojos del cuervo le parecen “los ojos de un demonio que sueña; y la luz de la lámpara, cayendo sobre él, proyecta su sombra en el suelo”, y admite el plumaje negro como la falsedad de su vida; y siente que sus almas flotantes sobre la alfombra, nunca volverán a elevarse. Begoña, ¿qué día es hoy?, 2 de mayo, Pedro. ¡Vámonos ya, Begoña! ¡Dame la mano! ¡Y no vuelvas la vista atrás! El cuervo, el triste, feo, siniestro, flaco y agorero pájaro de los antiguos tiempos, sin mover una pluma, ni perfilar el pico, repitió por última vez: “¡Te irás!”.