No tenemos más armas que las palabras, más munición que los verbos y los adjetivos, ni más regimientos que la sintaxis. Ese es todo nuestro arsenal. Estamos solos frente a la tiranía de la barbarie revestida de tolerancia y ante un pueblo lobotomizado por un carnaval democrático que no escucha la voz de nuestras palabras porque le han anestesiado los oídos y emponzoñado la conciencia. Estamos doblemente solos.

Las cadenas de la esclavitud se arrastran desde las alfombras del poder hasta los tobillos de la libertad. Forjadas en las moquetas del consenso y en la pomposa farsa parlamentaria, el pueblo abraza sus grilletes con un ridículo orgullo cívico y le devuelve la llave al carcelero con la obsequiosa sonrisa del esclavo que, en vez de un latigazo, recibe una palmada en el hombro y una propina subvencionada engolada de Salario de Supervivencia; siniestro eufemismo que le borda puntillitas de Justicia Social a la pobreza de solemnidad, que es la única y universal herencia socialcomunista.

Miseria y cadenas. Tiranía y enfermedad. Toque de queda socapa de receta médica y pandemia de silente mansedumbre, de democrática docilidad, mientras el Coronavirus gravita en la incuria gubernamental y en la codicia de los que amasan sus fortunas al amparo del utillaje sanitario en la salvaje libertad de mercado de la que es víctima la Seguridad Social, a la que tratan de reventarle las costuras, la vocación, el prestigio y el servicio agotando a sus profesionales como se lleva al colmo de la fatiga a las mulas de artillería, para entregarle su inmenso caudal de infraestructura a los amos de la lonja del libre mercado, como ya hicieron el PSOE y el PP con las grandes empresas nacionales inventándoles un falso historial de incompetencia antes de regalárselas al capital privado.

Contra ese colosal expolio no tenemos más armas que las palabras. Por eso nos quieren enmudecer con sus leyes y sus cadenas que mudarán las mascarillas en mordazas. Decía Freud que “la civilización comenzó cuando el hombre, en vez de arrojarle una pedrada a su enemigo le arrojó una palabra”. Seamos civilizados y apedreémosles, que allá dondequiera que vayan caigan sobre ellos, como una granizada de granito y pedernal, nuestras palabras.