A Ramón J. Sender, que con su vida y a través de su obra ha hecho Aragón. Con mi más entrañable afecto, en testimonio de amistad y admiración.

Si cualquier motivo es bueno para hablar en Aragón, su querida y añorada tierra natal, de Ramón J. Sender, mucho más lo es el saber que le ha sido concedido el premio “San Jorge 1977”, de la Institución “Fernando el Católico”. Galardón creado para recompensar, como dice la exposición pública de motivos de la concesión del premio, “su espíritu, capacidad y calidad literaria, que han hecho de él un aragonés universal”.

Es obvio que nos ha complacido sobradamente esta noticia. Y más ahora, en que no están los días precisamente como para excitarnos todos al optimismo. Los diversos problemas del país, tantas veces resueltos “de palabra”, en boca de nuestros más egregios políticos, siguen sin solucionarse… todavía. España es, desde cualquier crista que se mire, una gran incógnita, cuya solución tal vez esté en todos juntos, unidos, pero no está, desde luego, en nadie en particular.

En estas excepcionales circunstancias, no es de extrañar que la cultura se resienta, pues la cultura no es ni más ni menos que un reflejo (muchas veces no del todo fiel), de la realidad de nuestro pueblo.

Doy fe del enclaustramiento cultural por el que las pocas personas inquietas y preocupadas pasamos –lo que es, por otra parte, público y notorio-, paseando entre muros de incomprensión, que no dejan de señalarnos con el dedo, hablando de nuestra “locura”, así como abundantes marginaciones y aislamientos. El pensamiento español está abandonado, ha olvidado ya, a una cultura muy importante, insustituible, en el exilio: es la cultura ausente. Dentro hay listas, largamente insoportables, de pseudointelectuales, amparados y aguantados por oscuridades que sólo son fango y mentira.

España, la cultura española, debe superar estas tristes circunstancias. Abramos de par en par nuestras puertas y dejemos pasar a la cultura ausente, a la creación literaria en el exilio. Y así veremos como esta piel de toro resurgirá de las cenizas de la mísera hoja de parra en que se había convertido la Patria de Cervantes, de Goya, los Machado y Ramón J. Sender. Y, entre estos, otros muchos.

Sender, al igual que otros ilustres exiliados, ha escrito rodeado de lenguas diferentes a la española. Y, no obstante, ha afirmado la creatividad, el estilo, la riqueza de expresión de la lengua española. Contribuye así a la expansión de nuestro idioma, a lo largo y ancho del mundo. Sus novelas han sido traducidas a diferentes idiomas.

Si nos paramos seriamente a analizar detenidamente la obra de este creador, antes y después del exilio, mientras la vida sigue su curso de río fuera de nosotros, podremos observar una gran evolución. Evolución que es también el lógico cambio del pensamiento del autor, pero, y sobre todo, del país al cual ha ido a vivir.

Sender, como todos los narradores exiliados, ha trabajado aislado, creando su propio mudo novelístico; incluso su propia expresión, un lenguaje personal, su forma característica de enfocar las cosas. Por ejemplo, en “La novela del indio Tupinamba” (1953), cuyo autor es el escritor Eugenio F. Granell, y en “Réquiem por un campesino español” (1953), de Ramón J. Sender, se puede apreciar claramente una amplia coincidencia temática, aun cuando el tratamiento que ambos escritores dan al enfrentamiento civil, a la guerra nacional, es, desde luego, muy distinto.

Creo, sinceramente, que toda obra de creación literaria, cualquier novela pensada en el extranjero, pero por un autor español de origen, es la obra de un escritor exiliado. S obra fruto de la lectura, el pensamiento y las vivencias de un creador español, circunstancialmente alejado de su Patria por cuestiones de diversa índole. Sender no es sino una respuesta clara a la estúpida persecución ideológica y cultural impuesta por unas circunstancias sociopolíticas, limitadas en el lugar y el tiempo.

La narrativa española tenía una postura marcada muy claramente al comienzo de la guerra civil: la de aquellos pensadores que, unidos al pueblo, escribían acerca de la vida y los sufrimientos de los españoles: por ejemplo, Sender, autor de “Míster Witt” e “Imán”…

El realismo, el crudo realismo de la brillante exposición de la problemática social hecha por Sender en sus escritos, es una visión clara del compromiso que don Ramón asume, consciente y libremente, con el pueblo español, sometido a una grave situación política, con ausencia de valores y situaciones morales, mundialmente considerados como exigencia y condición “sine qua non” de la dignidad y el respeto a los seres humanos.

Cada país, cada tierra por la que han pasado, ha impuesto a estos creadores, a esta cultura ausente, su ambiente, sus costumbres culturales, incluso su lengua en alguno de ellos. Por otra parte, cuando han escrito centrando sus personajes en la realidad, en la tierra española, su visión de España se ha detenido en el día en que marcharon; se ha quedado atrás, anticuada. Escriben (y esto le pasa mucho especialmente a Sender), narran la existencia de unos personajes que hablan un lenguaje que no es el actual, que no se corresponde con la realidad presente. Se han quedado desfasados, y posiblemente ellos lo saben, ya se han dado cuenta.

Seguramente dicha situación de exilio explica el cambio de argumentos y el propósito de seguir escribiendo sobre España que hace que vayan pasando –y Sender es un ejemplo en este sentido- de un realismo crudo y de unas densas situaciones sociopolíticas a unas alegorías, mitificaciones y abstracciones teorizantes. Y es que su aislamiento lingüístico es del todo evidente. Y ellos están encerrados en el caparazón de su soledad, que hace que rara vez les lleguen las tendencias de vanguardia. Su sentido estético, sus estructuras dialécticas y narrativas son diferentes. La pérdida del contexto vital, es decir, del idioma hablado, de la realidad cierta y, valga la expresión, de su país de origen, hace que ante la ausencia de un algo cierto sobre el que fundamentar la narrativa se lance el creador por los caminos del intelectualismo exagerado, vaciando sus textos del compromiso social que anteriormente los hiciera tan fecundos. Esto hace al mismo tiempo que, abandonando lo próximo, lo real, lo de cada día, sus escritos ganen en altura y en permanencia, puesto que no son ya el fruto coyuntural de un tiempo y de un lugar concretos y determinados, sino que se convierten en fiel reflejo de la problemática humana, de las hipotéticas razones existentes, de un desesperado intento de encontrar una justificación a la clave misma de la existencia humana.

Ramón J. Sender, nacido en 1903, narrador en el exilio, tenía en su haber una importante obra, ya de antes de la guerra. Es de destacar especialmente “Imán”, novela escrita en 1930, auténtico documento novelado sobre sus experiencias en la guerra de Marruecos. También “Míster Witt en el cantón”, obra que fue Premio Nacional de Literatura en 1936, y primera de sus novelas de orientación histórica, dentro de lo que yo llamo, en la totalidad de su creación literaria, como “el ciclo de lo pasado”. Jalones más significativos de su importante obra, tanto cuantitativa como cualitativamente, son “El lugar del hombre”, escrita en 1939, y “Epitalamio de Prieto Trinidad”, de 1942, novela que marca ya el comienzo de una nueva fase de su producción: precisamente aquel mismo en el que se deja atrapar por el lenguaje, el carácter y la manera de ser de la sociedad mejicana. Ese mismo año de 1942 Sender publicó la primera novela de lo que será la serie titulada “Crónica del alba”. Posteriormente, “Mosén Millán”, novela titulada más en adelante “Réquiem por un campesino español”, obra pulcramente elegante, tensamente dramática, sobriamente ajustada en el lenguaje y el argumento, totalmente resuelta. Es, posiblemente, la obra cumbre de su creación literaria; auténtica justificación de la gran fama, totalmente merecida, que como creador tiene.

Este es, en síntesis, un breve esbozo de la biografía creadora de Sender, un intento de aproximación a su obra, así como al pensamiento cultural de este narrador en el exilio, representante de la cultura aragonesa ausente, por tantos y tantos motivos que no viene ahora al caso relatar.

Y, con Sender, Aragón ha dado a España otros muchos buenos creadores y narradores, contribuyendo así, y en forma muy destacada, a fijar las coordenadas transcendentes de lo español en lo universal.