Occidente no sólo ha renegado de la Cruz, también de la sabia Madre Roma: “La espada no es la solución para todos los conflictos, pero hay conflictos que sólo se solucionan con la espada. Si vis pacem, para bellum”. Y Putin lo sabe. Perfectamente. Sabe que en el 10 de Downing Street no está Churchill, ni siquiera Neville Chamberlain, está Boris Johnson, y que en la Casa Blanca no está Roosevelt, está Joe Biden, y que el resto de los líderes (perdón por el desproporcionado eufemismo) europeos son basura reciclada del Pacifismo a toda costa y a cualquier precio, que creen que la inversión en Defensa es un gasto inútil y que los Ejércitos, en el mejor de los casos, están para desfilar en las fiestan patronales de cada uno de sus mercados (que no de sus Patrias) y, en la más heróica de las ocasiones, para apagar incendios, desaguar inundaciones, repartir mantas, tiritas y aspirinas, y llorar mucho en los telediarios cuando se retiran con el aplauso de los lugareños a los que les han quitado la lava del felpudo. La Milicia de Occidente ya no es una religión de combate, es un híbrido del Padre Ángel y de las Chicas de la Cruz Roja. Y Putin lo sabe. Perfectamente.

Sabe que Occidente no está en decadencia, es la consagración y la encarnación de la decadencia; con lujo y opulencia y bienestar... decadentes. Sabe que la OTAN iba de farol. Farol que sólo ha engañado al presidente de Ucrania, el pobre Volodimir Zelenski, al que sus aguerridos aliados han abandonado ante las orugas de los tanques rusos con muchos y conmovedores madrigales, eso sí, exaltando la democracia, la libertad, la soberanía, el respeto a las fronteras, al Derecho Internacional y demás hojarasca retórica que alfombra el camino de los tanques rusos con la estrella roja y el águila bicéfala de los zares almenando sus torretas, cargando de historia sus cañones y proclamando ante el mundo cual es la voluntad y el destino de Rusia, cuyo oráculo, intérprete y líder es Vladimir Putin, heredero de Iván el Terrible, de Pedro el Grande, de Lenin y de Stalin. De todos ellos, de la grandeza de Rusia y de la Unión Soviética, también.

Frente a los tanque rusos sólo hay amenazas de sanciones económicas pero ni una sola bayoneta occidental dispuesta a combatir por la libertad, la independencia y la democracia ucranianas. Y Putin lo sabe, tal y como sabe perfectamente que los aliados de los mercados occidentales empezarán a saltarse esas sanciones económicas al día siguiente de entrar en vigor. Lo han hecho siempre: al día siguiente de la Victoria de Lepanto, Venecia negociaba con los turcos, del mismo modo que los firmantes del Tratado de Versalles negociaban, al márgen de sus abusivas y feroces cláusulas, con la República de Weimar, y de la misma manera que la dulce Francia negociaba con Sadam Husein al día siguiente de haber firmado las sanciones contra Iraq. Lo han hecho siempre. Está en su naturaleza.

Putin lo sabe. Como sabe que la OTAN y Occidente saben que Rusia no es Serbia, que Rusia no es Bosnia, que Rusia no es Kosovo, que Rusia no es Iraq, ni Siria ni Afganistán. Saben que Rusia es un gigante colosal, inmenso, inabarcable, invencible y riquísimo en materias primas y en hombres. O sea, en soldados y en voluntades imperiales. Lo saben ellos y lo sabe Putin. Los ucranianos también lo saben, pero se creían que la  OTAN y Occidente iban a luchar por ellos aún sabiendo lo que es Rusia y lo que Putin quiere que vuelva a ser.