Escrotos encogidos, esfínteres zurciditos hasta el hermetismo por las costureras del miedo, han detenido al traidor, al bastardo de Maciá y de Companys, le han echado el guante a Puigdemont, el que proclamó aquella republica catalana de eyaculación precoz, ocho segunditos de orgasmo separatista duró el éxtasis republicano independentista. Al acabar la faena no le esperaban las bayonetas del General Batet, le aguardaban Soraya y Mariano con los zapadores de los puentes de plata que se le ofrecen al enemigo que conviene que huya para que no tengan que huir los que con él han refocilado en una indecente coyunda política llenándole los bolsillos de dinero y de promesas, y cubriéndose ellos de felonía y deshonor.

¡Han detenido a Puigdemont! Carcajada sardónica, no en vano le han echado el guante en Cerdeña donde, desde Homero hasta nuestros días, la risa, irónica o destemplada, se trenza en la soga del ahorcado y, cuando baja del patíbulo, en la mofa de sus deudos y en la broma, sutil o bárbara, según convenga, como el disparo de una lupara, también sobre los beneficiarios de los grilletes del reo, colgado o por colgar, convertidos como él en bufones de trapo de la mofa, de la befa y del escarnio de la risa, de la carcajada sardónica, tan genuína de Cerdeña desde que Ulises regresaba de Troya a Ítaca.

Los mismos que hace más de dos mil años ya se descojonaban de Ulises, se descojonan hogaño de España y de los españoles a cuenta de un bufón separatista al que se le dejó huir para regocijo de todos los jueces y leguleyos europeos a los que España suplica hoy que no nos lo devuelvan pero, eso sí, guardando las formas del paripé y de la farsa de las órdenes de búsqueda y captura con el célebre Wanted del Far West en las tapias de todos los juzgados de Europa.

¡Han detenido a Puigdemont! Carcajada sardónica. Ya está en libertad sin cargos y en la calle, con su melenita de adolescente gilipollas al viento de Cerdeña. Sólo le falta el patinete y la gorrita de béisbol con la visera ladeada. Ojalá algún sardo le gaste una broma patibularia, de ésas sin retorno, que nos provoque una carcajada hispánica llena de feroz pitorreo y de lágrimas de alegría. ¡Anda, Puigdemont, hazte un selfi al borde de los abruptos acantilados de Cerdeña! No, ahí no. Un poquito más atrás, si us plau.