Cuando acaban cediendo todas las normas de una conducta civilizada no hay más leyes que las del capricho devenido necesidad, ni más código que el deseo almenado de mandato imperativo. Se abren las puertas de la demencia colectiva que reglamenta el caos que ese patético Prometeo, que se sueña Dios, cree poder gobernar transformando sus deseos y sus caprichos en la voluntad de ser; de ser incluso lo que no es porque un delirio le hace reafirmarse en la negación y el rechazo de lo que esencialmente y biológicamente es: un hombre o una mujer.

Eso es la denominada Ley Trans, en virtud de la cual a partir de los catorce años cualquier chaval de plumier escolar podrá exigir el cambio de sexo y, si sus padres son lo bastante sensatos para negárselo, le bastará con esperar dos años más para poder mutilarse, hormonarse y transformarse en lo que no es, en lo que nunca será porque el sexo que Dios, la Madre Naturaleza y la Biología nos otorgan en la milagrosa combinación cromosomática que se produce en el seno materno no cambia nunca. Jamás. Puede cambiarse la apariencia sexual, pero no el sexo con el que nacemos. Las hábiles manos y la pericia de un cirujano pueden fabricar una vagina en el quirófano, pero no pueden crear a una mujer. Una catarata hormonal puede moldear unos pechos que jamás serán de mujer porque no están creados por imperativo biológico para alimentar al cachorro del hombre. Es tan evidente el delirio del disfraz carnal de lo que no somos que cualquier análisis de fluidos (sangre, saliva, orina) de un transexual desvela lo que realmente es, a pesar de su apariencia contraria a su esencia.

Gracias a la ingeniería y a la mecánica el hombre puede volar, pero eso no le convierte en un águila. Podemos navegar, en superficie y sumergidos, pero la ingeniería naval no nos transforma en delfines. La medicina, la cirugía y la ciencia pueden mudar nuestra fisonomía, no nuestra fisiología. El legislador puede fabricar leyes tal y como un cirujano fabrica vaginas o un ingeniero aviones y barcos, pero ninguno de ellos puede fabricar hombres, mujeres, águilas o delfines. Ninguno. Sólo Dios puede hacerlo. Pretender sustituirle es abrir las puertas de la demencia y el caos.