La dama es arrogante. Levita en una altivez sin más  blasones que el dinero y el legado matrimonial de una aristocracia caduca, cuyos méritos germinales desaparecieron en la comodidad del olvido y en siglos de privilegios que no engendran humildad, ni valor, ni talento, sólo arrogancia y soberbia. Nada más. Investida por las urnas de una representación absolutamente irrelevante en la Asamblea de Madrid, tan irrelevante que mendiga sin pudor la propina de un cargo para embellecer sus tarjetas y su currículum, Rocío Monasterio se adorna en la estupidez políticamente correcta homologando fascismo y falangismo para tratar de herir a Almudena Grandes y a su marido, Luis García Montero, con la militancia falangista de su hija, Elisa García Grandes, como si su ideología fuese algo oprobioso, una tara o una laceración que hay que sepultar en los desvanes de la memoria familiar. Como si ser falangista fuese una vergüenza política y social equivalente a la codicia, a la usura y a la avaricia liberales que propiciaron el advenimiento de esa gigantesca mentira cargada de cadenas que es el socialismo.

Rocío Monasterio no sabe nada de la Falange ni de los falangistas. Bueno, sí, sabe, como yo, lo que su marido escribió en un tuit imperdonable afirmando que “las camisas azules de hoy son como los batasunos de los años ochenta”. Yo no le voy a explicar a Rocío Monasterio qué es la Falange y lo que España y los españoles, incluida ella, le deben a la Falange y a los falangistas. No. Es inútil. Tan inútil como explicarle a un chimpancé el Teorema de Pitágoras. Rocío Monasterio es, no lo puede evitar porque está en su naturaleza como el escorpión de la fábula, la reencarnación posmoderna de aquella derecha cobarde que llamaba despectivamente a José Antonio Primo de Rivera “el señorito bolchevique” porque luchaba por la Patria, el Pan y la Justicia para todos los españoles pero, fundamentalmente, para aquellos que, por carecer de Justicia y de Pan, no podían reconciliarse con la Patria.

Como las lealtades se disuelven en el interés y en la nómina (ya la comprobarás, Rocío) la multitud de exfalangistas que rodean y acunan en VOX a la arrogante,  irrelevante y mendicante diputada de la Asamblea de Madrid tampoco le han explicado que, gracias al “señorito bolchevique”, al que las abuelitas de naftalina liberal y apresto conservador de Rocío Monasterio trataban con envidioso desdén porque él sí era un un auténtico aristócrata, en función del original significado del término griego, y gracias a la sangre y al trabajo de sus falangistas España vivió, por primera vez en su Historia, la epifanía de la Justicia Social que desterró el raquitismo y la ignorancia de los hogares de los humildes, hasta entonces explotados por liberales y socialistas.

Ese es el camino que ha elegido Elisa García Grandes, mi amiga, mi camarada, de la que Rocío Monasterio hace mangas y capirotes porque sus padres son de izquierdas. Chistecitos idiotas de dama boba que, curiosamente, no hace con el padre de Juan Carlos Monedero que es militante de VOX. Perdón, mi querida Elisa García Grandes, pues comparar la militancia en VOX con la militancia falangista es como comparar al Apóstol Santiago con el Padre Ángel, a las JONS de Ramiro Ledesma Ramos y de Onésimo Redondo con el chiringuito sindical de VOX, o a Mercedes Sanz Bachiller, Mercedes Formica y Pilar Primo de Rivera con Rocío Monasterio.