Como hay que llamar a las cosas por su nombre, es mejor hablar de ley de falsificación de la historia que es el verdadero nombre de este nuevo aborto legislativo llamado memoria democrática, parido por la horda de enanos políticos que se ha encontrado con el gobierno del país entre las manos.

No sé si algún estúpido mirará los telediarios de la televisión estatal pensando que dan información; supongo que sí por el cuidado que ponen en confeccionarlos. Sin embargo, aunque como fuente de información no valgan prácticamente nada, vale a veces la pena verlos como ejemplo de indecencia. En particular cuando han hablado estos días del proyecto siniestro de la mencionada ley de falsificación de la historia, tan descarada es la propaganda, tan penosos y ridículos los presentadores, tan intelectualmente babosos los “expertos” llamados a pontificar durante interminables minutos, que da grima verlo; casi inspiraría ternura, de no ser porque todo esto va en serio, si nada lo remedia la basura de convertirá en ley y los que defienden, realmente, la memoria y la verdad, serán perseguidos e ilegalizados. Primer objetivo de esta saña enfermiza la excelente Fundación Nacional Francisco Franco, a la que desde aquí apoyamos y apoyaremos de todas las maneras posibles.

Volviendo al telediario del régimen, para guardar las apariencias, después de largos minutos de propaganda se concede también la palabra a quienes critican la ley, durante más o menos diez segundos. Supongo para que el estúpido de más arriba (el que cree que informarse es ver el telediario) piense que se ha dado espacio a varios puntos de vista.

Ley orwelliana podríamos decir: como en la novela de George Orwell 1984 las palabras dicen lo contrario de lo que significan: en el “Ministerio de la Verdad” se falsifica la historia y en el “Ministerio del Amor” se tortura. De igual manera la “memoria democrática” de este gobierno basura que nos aflige significa cancelar la memoria de la historia verdadera, silenciar las voces disidentes e imponer como narración única la sectaria, falsa y deforme falsificación de la historia. Incluso incluyéndola en los programas escolásticos como han incluido la bazofia feminista, de género, etcétera.

El objetivo último es sustituir la historia con una historia oficial exactamente como, en Europa, la mal llamada historia de la Segunda Guerra Mundial es la propaganda de guerra de los vencedores impuesta por ley. De hecho, quizá dentro de no mucho de hablará de revisionistas del franquismo para criminalizar a quienes defiendan la historia real y se les perseguirá legalmente, algo que por lo demás ya está en la ley. Y se tratará también de la propaganda de guerra de los vencedores porque, si bien perdieron la Guerra Civil, por el momento han ganado la guerra cultural. Pero eso es otro asunto que nos llevaría lejos.

En el Parlamento efectivamente se ha hablado de ley orwelliana (Espinosa de los Monteros). Está muy bien decirlo, es una crítica pertinente y debería ser definitiva: ya sólo la evidencia de que esta ley basura es orwelliana sería suficiente para tumbarla, ante un Parlamento y un pueblo con un mínimo de nivel, ante políticos que realmente creyeran en lo que dicen cuando babosean de democracia y libertad. Pero…

¿Cuántos parlamentarios han leído 1984 de Orwell y lo han comprendido? Siendo muy generosos quizá el 50% y a lo mejor el 10% recuerdan lo que decía el libro. En cuanto a la población en general seguramente menos; pero no se trata de los libros que cada uno haya leído o no, sino de que a la mayor parte de la gente le importa un comino la verdad y la libertad.

Un amigo mío italiano proponía una personalísima y venenosa etimología de la palabra latina populus y por tanto de la correspondiente italiana popolo. Decía que venía de “popopopo …” es decir de intentar hablar con la boca llena, que es lo que realmente le preocupa a la gran masa del pueblo. No sé si es válido en general y siempre; probablemente sí a menos que ese pueblo esté vertebrado por unas ideas y unos valores que le puedan elevar y ennoblecer. Más o menos como a nivel individual la tendencia natural es decaer y hundirse, porque es lo más fácil, a menos que uno haga el esfuerzo para ir hacia arriba y no hacia abajo.

Seguramente la etimología es válida para el pueblo español, hoy, si vemos en lo que se ha convertido. Aborregado hasta lo inverosímil, ya ha dejado atrás lo de pan y toros. Al menos el pan era bueno y los toros una noble tradición que tenía ecos de la antigüedad mediterránea. Hoy se conforma con comida basura y entretenimiento de alcantarilla. Pero sobre todo deja que le pongan los pies encima de la cabeza, que le roben y que le quiten derechos sin pestañear.

¿Cómo le va a importar a la mayoría de la población la verdad histórica, la libertad de discusión, etcétera? No se puede contar, desde luego, con el pueblo del popopopopulus y no digamos con la “opinión pública” que es la opinión publicada por los periodistas conformistas, putas baratas del sistema; tampoco evidentemente con los intelectuales de moda que son sus putas de lujo, o si queremos escorts puesto que se dan aires.

Por supuesto en nada de lo anterior hay que leer menosprecio alguno por las prostitutas auténticas, que en su honesta y útil labor no engañan a nadie.

Concluyendo, en la lucha por la verdad y la libertad contamos con nosotros mismos y con la parte del pueblo español que no se ha dejado corromper y degenerar. Que no son muy pocos, pero sí son pocos.

En efecto, el cuadro intelectual, ético y (si nos gusta la palabra) existencial de la sociedad española hoy lo vemos pintado, como si fuera un gran fresco, en las clases dirigentes con su policromía exuberante de tipologías indecentes: los rencorosos sectarios y miserables; los ignorantes y mediocres cuya ambición y satisfacción cuasi sexual está en pisotear a quienes son mejores que ellos; los pusilánimes oportunistas y cobardicas; los arribistas indiferentes a cualquier cosa que no se refleje directamente en su cuenta bancaria; los parásitos cuya aspiración vital es vivir del cuento, las féminas inútiles que mientras berrean de emancipación femenina basan su carrera en méritos de almeja; las ratas que son la antítesis del verdadero guerrero, sin escrúpulos a la hora de despreciar la vida humana y matar sin dar la cara, pero que lloriquean como nenazas cuando se les toca un cabello.

Todos y cada uno de esta lista incompleta de personajes deleznables, muy presentes en la galería de horrores de la política española, no salen de la nada, sino que tienen su correspondiente base social que es igual que ellos y de la cual son imagen especular.

¿Visión negativa y pesimista? De nada sirve ocultarnos la realidad. Pero como he escrito muchas veces las cosas no se miden sólo con el número sino con el valor de las ideas, con la calidad humana y con la voluntad. Y pienso también que en el pueblo español hay reservas de dignidad y fondos de orgullo que están ahí y pueden ser reportados a la luz, aunque para arrancar la costra de gilipollez acumulada tras cuarenta años de democracia no sea necesario un raspador sino un martillo neumático.