En esta España en demolición, en esta España en guerra consigo misma y contra sí misma que ya no pone picas en Flandes, que pone el culo y el lamento limosnero donde el Duque de Alba ponía la espada y la Cruz de San Andrés, nada hay tan pomposamente ridículo como los mandarines autonómicos hostigándose unos a otros por los muertos, con y sin mascarilla, y por los rebrotes de la pandemia, y echándole la culpa a España, esa suerte de ectoplasma que en los pupitres de sus escuelas aldeanas no existe, pero que en el decálogo de sus quejas es la encarnación del mal, del robo a lomos del saqueo y de la tiranía jacobina a la grupa de la democracia.

Todos ellos son como la célebre Gata Flora, que si se la meten chilla y si se la sacan llora. Cuando el Gobierno decretó el Estado de Alarma y centralizó el poder, no para salvarnos de la pandemia sino para paladear, un poquito y un ratito, el Centralismo Democrático de Lenin, los mandarines aldeanos de las taifas chillaban como ratas de mazmorra porque les arrebataban el derecho constitulegal al aurresku y la sardana. Ahora que les han devuelto la alpargata y la barretina para que vuelvan a gobernar como los sátrapas persas en los territorios que señorean con su incompetencia, lloran como boabdiles sin Alhambra porque el Gobierno no les manda recursos y les colma de leprosos españoles con coronavirus, de españoles apestados que viajan a sus aldeas nacionalistas para contaminar las aguas de sus arroyos y los bosques de sus montañas con el aliento mesetario de sus pútridos pulmones.

Como dijo Estanislao Figueras, uno de los cuatro nefastos presidentes de la disolvente I República, “me voy porque estoy hasta los cojones de todos nosotros”. Sí, la tragedia irrevocable de España somos nosotros. Todos nosotros. Ellos, los que hubieran corregido nuestra incuria y castigado la traición de nuestros elegidos en las urnas, ya no están.