Asistimos a la barbarie impulsada por los rencorosos y ejecutada por los cobardes, cual es el acoso y derribo de estatuas que representan a personajes que destacaron del común y se erigieron líderes sociales bien por hechos de conquista militar, por logros en avances políticos, o por velar por los más desfavorecidos, en el desarrollo de la caridad y la atención humana y espiritual en pleno ejercicio e interpretación de la religión católica. La turba no discrimina los esfuerzos de los que alcanzaron gloria y reconocimiento, y los erige en diana de sus iras. Es evidente que el motivo de esta campaña no tiene justificación, porque lo que pretenden quienes han puesto en marcha la acción callejera carece de fundamentos rigurosos. El revisionismo no existe, es un invento de los que pretenden, al precio que sea necesario, revertir el orden lógico de las cosas.

Pero también en innegable que esta oleada, que se está registrando no sólo contra lo hispano y lo que representa el mundo hispano, responde a un propósito que desde hace un par de siglos viene atacando a la línea de flotación de nuestra identidad cultural, que se podría definir como el compromiso de los españoles por su independencia, por su sentimiento religioso y lo que Ezequiel Solana definía como el peso de acrecentar la viveza de su ingenio y la grandeza de su alma.

Quienes se esconden tras las turbas que ejecutan sus ordenes de destrucción tienen como fin herir nuestro orden espiritual, reducirlo, y saben de sobra seleccionar los objetivos de sus ataques. No hay lógica ni más razones que la destrucción y la anarquía, ridículamente ignorada desde algunos medios de comunicación y desde los estamentos culturales. Destruir es más fácil que construir. Quienes dirigen a las masas de delincuentes que, con nocturnidad y alevosía rompen los cierres de las grandes superficies, burlando los sistemas de seguridad, y penetran en el interior con el objetivo de arrasar las mercancías y llevarse los artículos de lujo, demuestran su experiencia en el manejo de las cuadrillas y las chusmas y, al tiempo, su incapacidad para ofrecer una alternativa al modelo de sociedad que pretenden derribar.

No existe el revisionismo histórico. Los hechos son los hechos; ocurren, en un orden cronológico, como consecuencia de otros hechos y transmiten consecuencias que dan origen a otros hechos nuevos. Así es la Historia, una sucesión de eslabones concatenados entre si, diseñados según el momento, troquelados por sus antecedentes y consecuentes con la herencia que transmiten, que influye en los hechos venideros. Nadie está en disposición de obligar a nadie a pedir perdón, ni legitima a nadie a imponer una solicitud del perdón por sucesos ocurridos en el pasado histórico; el espectáculo que nos brindan los medios, sobre lo que ocurre en varias ciudades y con varios monumentos, no es sino la trampa que encierra, en apariencia, una pretendida justicia ante un agravio, pero que propone un acto de humillación, de deshonra, de inclinación sumisa, que obliga a reconocer una culpabilidad que está fuera de lugar, si es que pudiera desprenderse alguna culpabilidad por hechos ocurridos en tiempos pasados, y por las personas sobre las que ahora se cuestionan sus virtudes. Para juzgar el comportamiento de un hombre, de un ejército, de un pueblo, están los tribunales y, transcurrido el tiempo en el que la fuerza de la ley afecta a esas responsabilidades, desaparece la actualidad y se ocupa la Historia.

No pretendo pasar página ante hechos o situaciones luctuosas o criminales ni estoy tratando de encubrir comportamientos que repugnarían a cualquier persona de instintos razonables, lo que estoy tratando es de decir que nadie, a estas alturas, por muy negro que sea, por muy indio que sea, por muy chino que sea, o por muy blanco que sea, tiene razones para cuestionar lo que ha ocurrido en el pasado, cuando la ley ya no puede exigir compromisos. Y, si de juicios se trata, ábranse las páginas de la Historia, y aclárense las acciones, las biografías, las hojas de servicio y los diarios de operaciones de todos aquellos a los que se les imputa un delito, y júzguense, con los parámetros legales y morales de su tiempo, y no con el propósito insidioso, cobarde y rencoroso que se pretende imponer actualmente por aquellos grupos que se arrogan el papel de jueces de la historia.

La ferocidad actual no tiene fundamento en el que asentarse. Es simplemente la secuela de un vaivén que ciertas ideologías, especialistas en hacer pendular al papanatismo, ponen en marcha periódicamente para conseguir desestabilizar emocionalmente a una sociedad insegura y desconocedora de su pasado, que se acompleja por ello, porque ese es el fin, para dejarse envolver en un clima de anarquía que no es otra cosa mas que un terreno abonado para imponer su adoctrinamiento y alcanzar sus oscuros propósitos.

Subvertir los hechos, renegar, convertir el hábito social en una acción patética, recelar de la convivencia social, influir sobre los más necesitados, manipular a los más débiles…No debería extrañar nada de una sociedad que, méritos aparte, que los tiene, se ha dejado llevar por las ambiciones de un profanador, que hace de la mentira su patrón, y de sus colegas de partida, que aprovechan las instituciones del Estado para animar el conflicto callejero ante la impunidad de una justicia (con minúscula), parece que entregada a sus intereses.