¿Somos los conservadores monárquicos?...Buena pregunta, que pienso contestar como si me hubieran pinchado pentotal sódico y, por lo tanto, bajo los efectos de un barbitúrico conocido como “suero de la verdad” porque tiene el efecto de ser incompatible con la corrección política y con las mentiras en general. Es usado por los servicios secretos de algunos países para descubrir espías dobles entre sus filas y también para cerciorarse de que los funcionarios comprometidos en los asuntos más trascendentes y secretos del Estado no se van de la lengua cuando se relajan en algún club de alterne. Bien: yo estoy ahora mismo relajado sin estar alternando con nadie y me dispongo a decir la verdad, aunque tengo que reconocer que me cuesta porque este es un asunto muy, muy delicado y no quisiera meter la pata. La izquierda está al acecho, deseando que la derecha se desmarque de la monarquía, a la vista de sus escándalos pasados, para extender por el aire el virus de la república (el “republicavirus”) y acabar contagiando a toda la sociedad española de ese agente patógeno con el objeto de que el socialcomunismo llegue a la más alta institución del país y, por lo tanto, que la facultad que el art. 56 de la Constitución otorga al rey según la cual “arbitra y modera el funcionamiento regular de la instituciones” recaiga, gracias a la voluntad del populacho expresada en las urnas, en un bolivariano que prometa a los inquilinos de viviendas que aunque dejen de pagar la renta a sus caseros no se les desahuciará, y lo mismo a los que las ocupen ilegalmente mientras no tengan otro sitio adonde irse. En tal caso la anarquía reinará en España y acabaremos todos a tortazos como en la pasada guerra civil, gracias al conocido poder arbitrador de aquel Frente Popular al que tanto honra nuestro Gobierno, que al tener que decidir entre proteger la vida de un revolucionario asesino o la integridad de un templo católico repleto de obras de arte de incalculable valor se inclinó por proteger al primero.

Y es que si el rey puede arbitrar y moderar las instituciones –expresión de lo más imprecisa y misteriosa- esto debe significar que tiene el poder, por ejemplo, de pegar un puñetazo en la mesa durante una discusión en una reunión del Consejo de Ministros e imponer -qué sé yo- a un determinado general como Ministro de Defensa. O quizás de llamar al presidente del Tribunal Constitucional y decirle: “Como dictéis una sentencia en tal o cual sentido que entiendo que perjudica a la unidad de España o a mi persona en concreto os voy a moderar y arbitrar con una estaca que tengo en mi despacho”. Pero el asunto se complica porque el art. 62, h) de la misma norma fundamental le otorga al rey “el mando supremo de la Fuerzas Armadas”, y por mucho que los arts. 56,3 y 64 le traten de quitar fuerza diciendo que sus actos estarán siempre refrendados por el Presidente del Gobierno, “careciendo de validez sin dicho refrendo”, lo cierto es que si se produce un conflicto entre dos instituciones como la Presidencia del Gobierno y la Corona, quien arbitra y modera es el propio rey. Por otra parte cualquier ley que someta el poder decisivo del rey en materia militar al Presidente del Gobierno o al Consejo de Ministros, será siempre una norma de rango inferior a la Constitución, por lo que ésta prevalecerá sobre aquélla, y consecuentemente, como en una baraja, el rey de bastos podrá darle un estacazo en la cabeza a cualquier sota que le quiera hacer frente. Formalidades aparte, el rey es el militar de más alto rango y de mayor prestigio, por lo que, llegado el caso, podría encabezar un autogolpe de estado si las cosas se pusieran muy feas.

Dicho todo esto, la izquierda sabe que el rey es un obstáculo para sus planes maléficos y revolucionarios y no sabe cómo quitárselo de encima. Y por ello la derecha debe apoyar incondicionalmente a la monarquía, ya que no tiene otra alternativa. ¿Quiere esto decir que la derecha es monárquica? No; al menos la derecha conservadora. Monárquicos en sentido estricto yo solo conozco a unas cuantas personas que emocionalmente, sin saber por qué, se emocionan al ver a la Familia Real asomada a un balcón y cuelgan en sus casas un retrato del Rey o de las infantas como si fueran de su propia familia. Pero -no nos engañemos- los conservadores somos gente de orden y de principios morales que soñamos con que España vuelva a ser lo que un día fue cuando la monarquía estaba en el exilio, aquella España feliz para casi todos menos para los socialistas y comunistas que ahora nos gobiernan; una España sin manadas de violadores, sin delincuentes reincidentes caminando libremente por las calles, sin algaradas o huelgas salvajes, sin feministas agresivas que imponen a la sociedad entera sus decisiones injustas y antinaturales, sin asociaciones corruptoras de las buenas costumbres y sin rebeliones de unos españoles contra otros alentadas desde las propias instituciones públicas. Y por ello, como es la propia monarquía la que ha permitido que España haya llegado a la situación en la que se encuentra, que parece irreversible y que nos aboca a un futuro de lo más desconsolador, tenemos que concluir que, en nuestro fuero interno, la monarquía no nos hace ninguna gracia.

Para colmo, ahora que se empiezan a conocer ciertas travesuras del rey emérito, defender moralmente a una institución que no puede ser juzgada porque según la Constitución el rey es inviolable aunque se asome a un balcón y se ponga a disparar con una ametralladora a todo el que pase por la calle se convierte en una labor cada vez más difícil. Si un Presidente del Gobierno comete un delito se le obliga a dimitir; otra persona le sustituye y, alegando no tener nada que ver con el anterior, el asunto queda zanjado hasta que, muchos años después, el presidente entrante es acusado de los mismo que el anterior y se convierte también en saliente sin más consecuencias, y así ad infinitum. Pero cuando salen a la luz trapos sucios de un rey –sobre todo si son muy sucios- no hay manera alguna de lavarlos ni esconderlos mientras su propia familia siga ostentando las atribuciones constitucionales que a él le permitieron enfangarse hasta las cejas. Solo queda mirar para otro lado alegando retorcidos planteamientos jurídicos o poniéndose una venda en los ojos y proclamando el conocido aforismo “todo rey es inocente aunque se demuestre lo contrario”. Ahora bien: si la solución a este problema pasa por ser representado al más alto nivel por un revolucionario bolivariano con coleta es mejor apoyar sin fisuras al rey y a la monarquía y decir, con los ojos vendados, como Paco Marhuenda, “pues yo no me creo nada de lo que se le acusa”. Pero hay un aforismo que dice: “El que no ve la evidencia de lo evidente se pone en evidencia”. Y, evidentemente, esto es lo que le pasa a este gran periodista.

Así que, con todas estas matizaciones, vaya mi apoyo personal a la monarquía. Si el rey me invitara a comer en su real mesa lo consideraría un honor y haría un esfuerzo por comer despacio; y si me regalara un billete de la Lotería Nacional lo aceptaría con gusto. Es más: es conocida la proverbial generosidad de los Borbones con aquellos por los que sienten afecto; y yo no descarto que si en esa hipotética cena de gala a la que fuera invitado les cayera muy bien, al final de la velada y tras haber brindado con unas copas de champán, tuvieran el detalle de regalarme cincuenta millones de euros. Por ahora, con los bolsillos vacíos, cuando en un mitin multitudinario del partido al que voto uno de sus líderes da un viva al rey, confieso que no grito con la misma fuerza que cuando da un viva a España, y que veo mi actitud reflejada en los demás asistentes. ¿Pero a qué partido voto yo?... Eso no lo voy a decir, y así evito que este partido se tenga que desmarcar de mi persona, ya que no tengo ninguna intención de perjudicarlo. Me limitaré a darles una pista:

En latín habla Yaveh

y en latín oigo su voz;

y si tu mente es veloz

ya sabes a quién voté.

Pero estos pobres versos no son suficientes para acabar este artículo. Mis lectores reclaman rima ondulante y eso exige un esfuerzo superior, que realizaré considerando que mi servicio a la patria merece cualquier sacrificio. Y es que, como dice el Ministerio de Defensa, “el espíritu de sacrificio antepone el cumplimiento del deber a las comodidades, los intereses y las aspiraciones personales”. Y yo bien que lo cumplo, porque no me pagan nada por los artículos que escribo.

La república y yo

Yo no soy republicano

pues no me parece bueno

que el rey cambie de destino

abandonando su trono

y lo suplante algún tuno,

porque yo conozco alguno

al que tengo un gran encono

por su furor jacobino

que es más malo que el veneno

y que siente un odio insano

hacia todo lo cristiano.

Y así rechazo y condeno

al insensato y mezquino

que con el porte y el tono

de un violento batasuno

-y de estos hay más de uno

cuyo nombre no menciono-

incurre en el desatino

de actuar con desenfreno

insultando al soberano.