Sin ánimo de ser antropólogo, sociólogo ni biólogo, desde que tengo uso de razón hay un asunto que me ha provocado curiosidad e hilaridad a partes iguales: el racismo y la pigmentación de la piel humana. La naturaleza es sabia y pone en el lugar terrestre adecuado a las especies animales, atendiendo a criterios tan sutiles como el clima y las necesidades físicas de cada animal, por mucho que no sepamos si fue antes el huevo o la gallina (esto significa que la relación causa-efecto no es exacta, pero sí certera).  

No hay que ser Darwin para fijarse en que las partes del planeta más expuestas al sol están habitadas por animales humanos de piel oscura, y que según nos alejamos de la influencia del sol la pigmentación se va aclarando, yendo del negro tizón al blanco pálido (un centroafricano y un finés, por ejemplo). Todos necesitamos el sol corporal para metabolizar vitaminas imprescindibles, como la D, de ahí que el finés tenga la tez blanca total para absorber al máximo los escasos rayos solares que recibe al año, y el africano lo mismo, pero al revés; es decir, ha de proteger su cuerpo con su epidermis negra para no darse un empacho de sol. 

Ya está, no hay más. De verdad que no somos tan complejos los humanos a este respecto del color de la piel. Pero saltarse este protocolo inexcusable trae funestas consecuencias para la salud, como son las quemaduras graves y el cáncer de piel para los blancos que van a zonas cálidas o tropicales, y las carencias para metabolizar de los de piel oscura que van a lugares fríos.  Ahora bien… la sociología está muy por encima de la antropología y la biología.

Por eso desde ella podemos explicar este fenómeno absurdo y tétrico que es cambiar nuestro hábitat climático por otros en los que sólo jodemos nuestra salud física, y por ende, mental. Pero como sarna con gusto no pica, pues nada, sigamos trayendo osos polares y pingüinos a los zoos de clima templado o tropical.  Y hagamos intercambios entre lapones y cameruneses, para que conozcan mundo… ese sinónimo de camposanto.  ¡Ay! bendita globalización y bendita televisión que ha unificado en estupidez a los animales humanos de la Tierra. Africanos hacinados en urbes occidentales y nórdicos tostados y asfixiados en climas tropicales. ¿De verdad hemos de hacer del mundo un lugar tan pequeño y ridículo como para que no podamos estar viviendo en la zona que mejor se adecua a nuestro físico?

Estuve en Senegal 15 días, no de turismo –atrocidad contemplativa, invasora y globalizadora cuando el viajero no quiere aprender ni ver otras culturas, sino vivir unos días echando cacahuetes a los habitantes de esas zonas donde no tienen ellos su casa – sino haciendo un documental precisamente sobre la inmigración ilegal de cayuco (“Barsakh” podéis ver extractos en mi blog y os enlazo el trailer). La recorrí de punta a punta , me detuvieron y todo (Senegal es el único país en el que estoy “fichado”) y casi me come una piara de cerdos salvajes… y, para lo que interesa a este artículo, puedo decir que los negros que habitaban allí estaban lozanos y sanos como el que más. Pero la socialización globalizadora… ¡ay! les hacía jugarse la vida para vivir como nosotros, esas ratas humanas que somos los urbanitas. Su anhelo era y es tétrico: ganar dinero rápido para volver a su país y vivir como potentados, o afincarse en Europa y vivir como nosotros.¿Cuándo y por qué hemos olvidado que somos animales humanos y no ciudadanos? 

Ya me enseñó Alex Haley, el negrata que escribió el imprescindible libro “Raíces”, que el calificativo “de color” lo inventaron los esclavos africanos negros como algo peyorativo hacia los mulatos, pues ellos seguían considerándose negros y odiaban a esa nueva raza surgida del apareamiento y el conchabe entre blancos y negros. “Persona de color” todavía sigue siendo usado, y eso que lleva siendo un insulto desde hace casi 3 siglos. Bueno, ahora se usa más el insulto “afroamericano y subsahariano”… pero a diferencia de lo que los negros esclavos en América del norte inventaron, este insulto lo han inventado los blancos y mulatos… ¡los blancos y mulatos que dicen ser antirracistas!.¡Ay!, soberana ignorancia, cuánto daño haces y todo el camino que te queda por recorrer todavía. ¡Cuánto asombro y diversión te queda por depararnos! Finalizo con un chiste que inventé a mis diecipocos años, y que me ha traído muchos enemigos al contarlo, gentuza sin sentido del humor (ni negro ni blanco) y llenas de odio hacia todo y hacia todos (es un chiste que necesita un interlocutor. Es decir, yo pregunto –sin que sepan que es un chiste – y él responde, pica en el anzuelo, y se crea el clímax. Lo transcribo haciendo yo de interlocutor, por lo que pierde la gracia. Pero podéis probar a contarlo como lo ideé, y veréis el efecto que causa… risas y/o lágrimas garantizadas):

YO: ¿Sabes cuál es el animal que más se parece al hombre? Él: ¿El perro? YO: No. Él: ¿el mono? YO: No. (así hasta que se canse de decir animales, o te canses tú de oírlos) Él: ¿Cuál es, entonces? YO: ¡El negro! ÉL: ¡joder, qué bestia eres! ¡Qué racista! YO(condescendiente y “arrepentido”): Perdona, es broma, sólo es una broma. ÉL (todavía circunspecto): Pues vaya bromas que haces.YO: ¡Es broma porque casi no se parece al hombre!