En toda la historia de Nuestra Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, nunca ha estado en peor situación doctrinal, moral y por lógica efectiva pastoral, como en los últimos tiempos, desde los años 65-70, frutos del malhadado Vaticano II, como tal Concilio “pastoral”, que no dogmático y por tanto, como dijo quién lo convocó (Juan XXIII) “no iba a obligar en conciencia, ya que no iba a declarar nada nuevo, ni iba a condenar nada”. Así fue.

Consiguientemente, se le puede definir como una reunión de Obispos en la que lo que dijo de bueno, no es nuevo y lo que dijo de nuevo, no es bueno. (En un artículo como éste, no me toca explicar los errores, tema que llenaría demasiadas páginas, como es de suponer).

Para los que ya sabemos, objeto de fe dogmática, no fue necesario y para lo que contradijo verdades de la Santa Tradicción, sirvió para caer en la vieja herejía modernista (no confundir con modernidad), ya condenada en el siglo XIX por León XIII y por San Pío X en su encíclica “Pascendi”.

Hacia 94 años que la masonería esperaba este Concilio, porque lo que planeaban, no pudieron llevarlo a cabo en el Vaticano I (1870), ya que el Papa San Pío IX, les dio con la sartén en las narices.

Necesitaban estos “hijos del diablo” (Jn. 8) un Papa a su medida, respirando aires de mundanidad, confabulado con lo que él llamó “aggiornamento” o “abrir puertas y ventanas para que en la Iglesia entrase el aire del mundo” y así se infectó el espíritu evangélico con el espíritu del mundo, con el inmediato resultado que su sucesor, Pablo VI, calificó con “esperábamos una primavera de la Iglesia, pero por las rendijas de la Iglesia ha entrado el humo de Satanás”.

No, Santo Padre:¡por las puertas y ventanas que abrió Juan XXIII!.

Pero siguiendo la misma atmósfera vaticanista-masónica, ni tapó las rendijas corrigiendo desmanes filo-protestantes y filo-modernistas a las órdenes ocultas masónicas.

La cascada de desajustes doctrinales, litúrgicos y morales, se han sucedido desde entonces, trayendo la decadencia en la vivencia de la fe católica, como la Virgen en Fátima anunció en su 3ª. Secreto, guardado por las autoridades vaticanistas, según advirtió Juan XXIII: “No quiero ser profeta de desgracias”.

Fue por ir contra las culpabilidades de las altas jerarquías romanas eclesiásticas.

Así, los Obispos alemanes, no dicen nada y dan libertad de conciencia a sus sacerdotes. Roma guarda silencio, sin sanciones canónicas.

Se ha llegado a este punto, suspendiendo razonamientos lógicos, anestesiando el juicio crítico.

Por eso ha surgido “la continuidad en el cambio”, “la unidad en la diversidad” y el “consenso diferenciado”.

¿Saben lo que dicen?

Lo que la doctrina prohibía, lo permite una pastoral llamada “misericordiosa”, y lo que no se puede permitir a nivel general, se puede permitir en lo particular, caso por caso.

“El pluralismo y la diversidad de religiones” se convierte en “una sabia voluntad divina”, tras la firma conjunta del Papa y el Imán Al-Azhar, en franca blasfemia papal apostática.

Lo absoluto se quiere convertir en relativo y lo relativo en absoluto.

Por eso este masónico Concilio, ya no reconoce cismas y sólo “hermanos separados”.

Benedicto XVI, recomendó en Francia “un sano laicismo”; algo así como “un veneno alimenticio”, en sus términos antagónicos y agnósticos.

O sea, se ha llegado a contemporizar con una “paz del mundo” (mera ausencia de guerra), que no “es la paz de Cristo”; se ha llegado a los Derechos del hombre a costa de los derechos de Dios. Es el relativismo a todos los niveles, como bacilo disolvente de todo principio absoluto e intemporal.

¿Cómo no vamos a encontrarnos con la sucesión de castigos divinos purificadores de esta ingrata humanidad, olvidada de sus orígenes divinos y de sus sagrados fines de trascendencia beatífica de eternidad?

Pero el 4º. Secreto de Fátima es el de “…pero al fin, triunfarán los Sagrados Corazones de Jesús y de Maria”.

Queridos fieles católicos: solo nos toca perseverar y sin miedo (en gracia de Dios) a los calamitosos acontecimientos que nos toquen y en los que seamos probados.

Pero… Él que persevere hasta el final, se salvará” (Mat. 24).

 

Jesús CALVO PÉREZ,

Párroco de Villamuñio, León.