Hoy me he topado con un amigo en la calle. Me ha llamado cabrona por negarme a darle dos besos a modo de saludo.

No me siento insultada porque sé que esa persona utiliza dicho epíteto con ligereza, como lamentablemente muchos utilizamos ciertas palabras fuertes como término genérico.

En el pasado habría cedido a lo que considero un miedo generalizado en España: quedar como un estirado (“hombre, como no le voy a dar dos besos a Manolo”), no ser suficientemente cercano o cálido. Esto suele incluir como mínimo palmearse la espalda o terminar con la mejilla de un simple conocido junto a la propia, lo cual resulta incómodo cuando a uno le gusta mantener las formas, para no correr el riesgo de que se le suban a las barbas (práctica común en España), y porque uno tiene consideración hacia la higiene.

El miedo a que el otro se “ofenda” es occidental y moderno, universal y atemporal es la reticencia a levantar sospechas sobre otro, acusar. Miles de embarazos no deseados y la transmisión de enfermedades venéreas como el sida, se habrían evitado si nos educaran en la idea de tener mano dura cuando hay que tenerla, imponer nuestra voluntad, con sano egoísmo y sin titubeos, cuando la otra persona está jugando a los dados con nuestra salud o nuestro futuro. Especialmente en el caso de las mujeres, es o era común ceder al deseo de agradar o al temor a que el otro se enfade o reaccione de forma desagradable o incluso violenta. Una de las más importantes lecciones de vida que toda persona debe aprender, es a dar un puñetazo sobre la mesa o en la cara del psicópata dispuesto a arruinarnos la vida, y hacerlo a tiempo, porque en ocasiones el resto de nuestra vida se decide en un segundo.

“No pasa nada”, que se lo digan a las millones de mujeres en el planeta a lo largo de la historia a las que ha dejado embarazada un desgraciado que desdijo hechos médicos sobre el funcionamiento del cuerpo humano, y ella, pobre tonta, le creyó; o él ejerció la manipulación y ella no fue suficientemente fuerte.

Después la mujer se ve obligada a dejar de estudiar y abandonar su vida para pasar dos décadas encerrada en casa haciendo de criada 24 horas 7 días a la semana, con un niño al que no soporta y que no está preparada para educar, en ocasiones condenándose ambos a la pobreza (de la que difícilmente se sale). Mientras, el hombre que la ha dejado embarazada sigue estudiando (el pobre no puede condenarse a un mal futuro laboral), saliendo con sus amigos, viajando, practicando deporte, follándose todo lo que se pone a tiro… aprovechando la juventud. Mientras, a ella le recuerdan lo maravillosa que es la maternidad y las grandes lecciones que está aprendiendo.

Diez o veinte años después, en ocasiones el hombre reaparece en escena, porque le ha apetecido madurar o porque tiene intereses. Para sacar tajada, blande argumentos como “derechos paternales” u “obligaciones de los hijos”. Cuando alguien le recuerda que la única relación que tiene con esa mujer o ese hijo es que un día le echó un polvo a ella, él reacciona ofendido y con un egoísmo que ha destruido y siempre lacera; se lava las manos (y la conciencia, si la tiene) argumentando que ha puesto cien euros al mes sobre la mesa y pasó media hora a la semana con el niño.

Hijos de puta… ni con agua hirviendo tenemos memoria y nos responsabilizamos de nuestros actos.

Nota cultural: lo etimológicamente correcto es decir “él la dejó embarazada”. En Latinoamérica sólo se menciona a la mujer, utilizando la expresión “se embarazó” o “me embaracé”. Quien haya estudiado los valores de se, sabe que esa expresión sugiere hermafroditismo, que es una rápida y barata manera de eximir a los hombres de su responsabilidad. Mientras, a ella se la acusa de puta por haber abierto las piernas antes de que el cura le diera permiso mediante el contrato matrimonial. Para mayor esquizofrenia, se le reprocha también haber faltado el respeto a su familia, o incluso de haber mancillado el honor de su apellido.

A quien considere que esa expresión no es significativa, sólo una costumbre, le informo de que la sociolingüística existe porque nuestras palabras están cargadas de cultura y de ideología.

“No pasa nada”, que se lo digan a las millones de personas a las que han contagiado de sida, y ellas a otras varias porque desconocían que tuvieran el virus. Por ellas decenas de familiares y amigos han pasado una vida de luto. Pese a ello, no parece educado sospechar, el bicho siempre lo tiene otro, y tú eres un impresentable por sugerir lo contrario.

Millones de mujeres con la vida arruinada, millones de niños criados por quien sólo lo hacía a regañadientes y vivía en la misma casa exclusivamente porque no tenía a dónde huir. Millones de muertes precoces precedidas por años de infierno. Todo porque no dieron un empujón a tiempo y dejaron las cosas claras, “o te pones un condón, o no follas conmigo”. Sin excusas, sin tonterías. Ojalá los padres ensañaran eso a sus hijos e hijas, ojalá educación sexual en los colegios no fuera “paz y amor”, “existen los profilácticos” o “define tu inclinación en el espectro sexual”, sino “cómo lograr que no te tomen el pelo”. Eso es realismo y el auténtico respeto, por uno mismo y los demás, y no la bazofia que enseña la dictadura progre, o la postura utópica hippie-cristiana de ciertas mentalidades conservadoras.

Que digan “no pasa nada” a las familias de los niños cuya infancia ha terminado porque su madre médico ha muerto por coronavirus, a causa de que su propio gobierno no le ha permitido aplicar lo que ha pasado veinte años matándose a estudiar para aprender, cumplir el juramento hipocrático, y entregarse a su vocación, sin perder la vida en ello.

Que digan que no se debe ser alarmista a los niños y adultos que han sufrido un duro golpe al perder al menos a uno de sus abuelos, a las familias que tienen que ponerse en la cola en la iglesia del barrio para poder comer, mientras se enteran de que el motero Simón, que habla de “no saber dónde colocar muertos” como si se fuesen canicas, ha pasado el fin de semana surfeando en Portugal. Mientras, España muere, en carne propia y a través de la economía.

Hoy me he topado con un amigo en la calle. Me ha llamado cabrona por negarme a darle dos besos a modo de saludo. En el pasado habría cedido, hoy me he comportado como una adulta: con el corazón frío he utilizado un pensamiento racional y he priorizado la estadística y la salud: 50.000 ataúdes, y cientos de personas con secuelas, como daño neurológico o fibrosis en el pulmón. O te subes la mascarilla y mantienes la distancia, o dejas de ser mi amigo. Sin excusas ni tonterías.

Soy una firme creyente en que la vida de uno le pertenece. Si yo quiero suicidarme, es asunto mío, nadie debería tratar de disuadirme ni opinar, porque sólo yo conozco mi persona y mis circunstancias. Hacia la vida ajena tengo la obligación de mostrar respeto, porque son seres humanos, y en este caso además compatriotas: no es que un inuit tenga sangre distinta a la de un español, es que contagiando a una persona, contagiándose uno y sumando la propagación, estás indirectamente causando una o varias muertes (que cambiarán la vida de uno o varios), un gasto económico estatal y personal inmenso, y si el contagiado sobrevive y sufre efectos secundarios, incapacidad para trabajar por enfermedad.

Veo con frecuencia grupos de jóvenes con la mascarilla bajada y amontonándose. Veo a personas de mediana edad bajando la mascarilla al encontrarse con alguien en la calle para hablar. Creo que esa incoherencia se debe no sólo a la imbecilidad, el analfabetismo (carecer de conocimiento básico sobre transmisión de virus) y la psicopatía (que se jodan los españoles y España), también al hecho de que la verdad mundial no ha calado porque no la hemos visto.

Tenemos tetas hasta en la caja de cereales, y nos meten en incontables pantallas 24 horas al día nombres de marcas y escoria de telebasura, pero yo no he visto un solo ataúd. ¿El motivo oficial? No asustar. Ah… que me corrijan los súper periodistas y periodistos, yo creía que el Periodismo consistía en informar sobre la verdad, duela a quien duela, pese a quien pese. Ahora al parecer hasta la prensa tiene como objetivo alimentar el infantilismo y el mundo de Nunca Jamás, es decir, contar sólo lo que no haga pupa, lo que no cause la sospecha de que la realidad no es una fiesta, para que no estalles en frustración; todo porque no toleras, no digieres, la pura verdad.

No hemos visto ataúdes ni llanto ni pobreza, sólo gente haciendo el imbécil en los balcones.

Si doce horas al día, cada día desde hace cuatro meses, contemplásemos el desfile de cientos de féretros. Si escuchásemos declaraciones de asintomáticos, de quienes han contagiado por psicopatía o desconocer que tenían el virus, a quien ha acabado muriendo o convirtiéndose en un cadáver viviente. Si hicieran aparición a diario en cada una de las cadenas de televisión y radio españolas los autónomos que han cerrado su negocio, contando los minutos que tienen que pasar en la cola del hambre, dejaríamos de vivir para la fiesta, la irreverencia, la frivolidad y pasar el dedo por una pantalla, y empezaríamos a comportarnos como adultos, como ciudadanos.

Ni todo está yendo ni irá bien. Cuando afrontemos los datos, los hechos, nos endurezcamos y disciplinemos, tendremos una oportunidad de futuro.