Cuando pasen unos años y seamos capaces de ver con perspectiva lo que hemos vivido desde marzo de 2020, nos daremos cuenta con más claridad de que el mundo no volverá a ser como era antes de esa fecha. Ni las relaciones humanas, ni la manera de convivir, ni las seguridades y certezas de antaño. El virus ha abierto un tiempo de miedo y desconfianza, de vulnerabilidad, en el que comprobamos a diario cómo ni los gobiernos, ni los estados..., nadie puede protegernos ante un peligro nuevo y desconocido.
 
A los 100.000 muertos y a las decenas de miles de familias afectadas por la crisis en lo económico, es necesario añadir un dato escalofriante, sobre el cual la prensa, como en tantas otras cosas, ha pasado de puntillas. España ha registrado en los últimos doce meses casi 4.000 muertes por suicidio, la cifra más alta desde hace un siglo. Desde que empezó la pandemia, una persona se ha quitado la vida cada dos horas en nuestro país.
 
Digo que la mayoría de MCS han dedicado apenas un titular y un par de párrafos a este dato terrible, que nos pone ante el espejo del mundo actual: un mundo sin esperanza. Un mundo en el que hemos cambiado el rezo del Santo Rosario en familia, por televisores atronadores que lanzan amenazas y miedos de manera constante, unos basados en realidades, otros directamente falsos. Un mundo en el que la salud importa más que la santidad, donde el temor al contagio nos ha aislado de nuestros seres queridos, de nuestros padres, de nuestros hijos, de todo lo que antes amábamos.
 
Es indudable que existe una relación directa entre el aumento del número de suicidios y el abandono de la Fe por parte de la mayoría de los bautizados, que han pasado a ser unos cristianos agnósticos, es decir, sedicentes católicos que en realidad viven de espaldas a Dios, por la sencilla razón de que no creen. De que otras realidades mundanas han ocupado el lugar de Cristo, y cuando de repente faltan el dinero, las comodidades, el coche descapotable, el chalet en la sierra o el teléfono móvil último modelo, muchas personas se quedan sin un soporte vital. Llega la angustia, después la desesperación y finalmente el abismo.
 
Este periodista defiende el Humanismo Cristiano, como ustedes saben muy bien, creo que nuestra dignidad no proviene de que seamos muy listos, ni muy guapos, sino de que somos hijos de Dios, y de que "tanto nos amó Dios que envió a su hijo unigénito para que muriese en la Cruz para salvarnos". Esa es nuestra dignidad. Y ni la pobreza, ni la miseria, ni la desgracia, ni la peor enfermedad, nada podrá robarnos nunca esa dignidad ni la certeza de que tras esta vida ("una mala noche en una mala posada", como la definió Santa Teresa) vendrá la Vida auténtica y verdadera.
 
Por desgracia, a la clase política no le importa nada que aumente el número de suicidios, incluso es posible que lo vean con agrado, porque habrá más sitio en los aparcamientos. Ninguno de los ingeniosos nuevos ministerios se ocupa de llenar un espacio espiritual que, por otra parte, no pueden llenar con nada, porque en nada creen, salvo en los derechos de bragueta y en la ideología de género. Al sistema lo que le importa es que seamos consumidores y demos poca guerra, y por supuesto vayamos a votar a los de siempre cuando hagan sonar la campanita de que las urnas están puestas de nuevo.
 
A nosotros no nos da igual. Nos parece terrible que 4.000 personas no hayan visto salida a su desesperación, a su tristeza, a su soledad. Que haya habido 4.000 españoles que, en ese momento final, no hayan recordado que Dios los ha amado con locura, no por los méritos adquiridos, sino por ser hijos suyos. Que nadie haya estado cerca de esas 4.000 personas para decirles lo mucho que valían sus vidas, lo preciosas que eran para Cristo, la infinita dignidad de cada una de ellas, a pesar de sus miserias o tristezas. Nosotros sí lo diremos, mientras tengamos voz, aunque seamos los únicos.