A Samuel le lincharon sin que nadie (dato sociológico importantísimo) hiciera nada, absolutamente nada, para evitarlo; salvo chillar, lloriquear y huir. Una manada de  hienas le reventó a palos ante las lágrimas de miedo de las plañideras, al parecer polisexuales, que contemplaban inertes cómo mataban a un hombre a golpes, a coces, a dentelladas. Mientras los asesinos se regodeaban en el valor de los cobardes, la manada, los lloricas comtemplativos se ufanaban en sus lágrimas y en su condena ad hóminen de la violencia. Son unos mierdas que justifican su pánico en la trágala en la que asean los esfínteres de su conciencia: nunca está justificada la violencia. ¿Ah no? ¿Ni siquiera cuando el ejercicio de la violencia salva la vida de un hombre, la integridad de una mujer que va a ser profanada en la bragueta de un violador o la libertad de un pueblo?

Todo el que contempla impávido el vía crucis de un linchamiento es un mierda, bendecido, eso sí, por los usos y costumbres del Sistema que así le ha domesticado desde el parvulario a la universidad y desde el regazo de mamá a las homilías de sofá de papá: “no te metas en líos, no hagas nada, pasa inadvertido, no te la juegues por nadie, tú eres lo más importante, sé solidario con las tribus del Amazonas, con la foca monje y con el ñu del Serengueti... pero cuando la barbarie linche a tu prójimo en tu barrio, huye y llora ante las cámaras, que queda muy tierno, muy sensible y muy guay”. “Sí, papá, descuida. Yo, a lo mío”.

Así murió Samuel, devorado por las hienas mientras los prudentes, solidarios contemplativos, bienpensantes de la corrección pacifista y de la pulcritud no violenta, miraban cómo lo mataban sin un Cirineo que intentara echarle una mano. “¿Ves, papá? Nada hice, estuve quieto y salí llorando en los telediarios. ¡Qué guay!”