En esta semana contemplando el oscuro futuro que se vislumbra para nuestra Nación han ocurrido dos hechos relevantes. De un lado la cumbre de la CEOE con la asistencia de buena parte de los primeros espadas, que ha concluido, como es tradicional en este prudente colectivo, con toques moderados al Gobierno para superar la durísima crisis económica en la que estamos sumidos tras haber sufrido el confinamiento más largo y restrictivo de todos los países de nuestro entorno. Los empresarios como viene siendo tradicional no han querido meterse en política y en sus conclusiones se han limitado a pedir seguridad jurídica, mantenimiento de la reforma laboral que ha demostrado su eficacia, la no subida de impuestos en estos momentos de dificultad en los que es necesario fomentar la inversión y el gasto de las familias y, por último, que el gasto público se optimice y dirija a la creación de riqueza y empleo. Aun así, para todo buen entendedor, el mensaje es bastante revelador, pues choca frontalmente con el programa y pretensiones del partido Unidas Podemos coaligado con Sánchez en el Gobierno. Y, por otro lado, tenemos el salto al escenario político del viejo líder del PSOE, Felipe González, y su buen amigo y compañero inseparable en el campo de batalla, Juan Luis Cebrián. Estos han sido mucho menos sutiles desempolvando su cañón, La Gran Berta, otrora terror de los mortales y hoy un tanto mermado en su poder destructor fruto de la decadencia del Grupo Prisa y de la dilución de los medios en papel con la irrupción digital. Pero, en cualquier caso, una pareja que no da puntada sin hilo con la que es mejor estar bien avenido. El primero ha lanzado su andanada directamente al Gobierno al que ha parangonado con “el camarote de los hermanos Marx”. Inmediatamente después el ataque ha sido secundado por Cebrián en El País. Un ataque mucho más furibundo y frontal en el que se cuestiona el encuentro  “casual” de Ábalos con Delcy Rodríguez en el aeropuerto de Barajas, las gestiones de Zapatero con Maduro y el origen y finalidad de los millones de dólares movidos en Suiza por su antiguo embajador, Raúl Morodo, y terminando con otro crochet demoledor a Pablo Iglesias al que califica de “hombre encaramado al populismo y acosado por sus propias contradicciones”. Apenas unas horas después, se produce el relevo en la dirección del diario de Prisa. A estas alturas casi nadie creemos en las casualidades cuando se producen este tipo de hechos tan concatenados. Habrá que estar muy atentos a las posibles consecuencias en su línea editorial.

         Mientras tanto el Gobierno continúa implacable, con el apoyo fiel de todos los medios que maneja a su antojo, sobre todo las televisiones que siguen teniendo una influencia decisiva en la abducida sociedad, en su permanente campaña publicitaria encaminada de forma vehemente a mantenerse en el poder. Pedro Sánchez no dudará en cambiar sus alianzas y en ceder en asuntos de Estado con tal de satisfacer su psicopático deseo de permanecer en Moncloa. Para ello es capaz de todo como está más que demostrado, desde hacer de oposición de la oposición hasta fomentar y mantener un imprudente grado de crispación social como eficaz método para solapar los escándalos constantes de su esperpéntico Gobierno. Y al mismo tiempo mostrar sin ningún escrúpulo su carencia de moral y de la más elemental sensibilidad social: se ocultan miles de fallecidos por coronavirus; se culpa a la Comunidad de Madrid de la muerte de ancianos en residencias, cuando los datos de otras comunidades gobernadas por el PSOE son muchísimo peores; y se programa el duelo o el homenaje a las víctimas a conveniencia de la agenda política. En paralelo se cocinan las encuestas del CIS dirigido por el inefable Tezanos; se proyecta una nueva ley de Educación que abre la puerta a otro paso adelante en el adoctrinamiento de las nuevas generaciones; y se continúa con la implacable labor de control de todos los centros de influencia e Instituciones del Estado. Ahora lo intentarán con el poder judicial, único dunum que parece amenazar su modo totalitario de ejercer el poder y el cambio de régimen que tratan de impulsar, ya sin ningún disimulo.

         En las Cortes Generales se celebran las respectivas sesiones de control. El Gobierno mantiene su programada estrategia: no contesta a las preguntas inconvenientes y en sus respuestas busca la confrontación en la que ingenuamente suele caer la oposición que, inmediatamente, es tachada de bronca y antipatriota. Con lo cual las sesiones de control apenas tienen repercusión social ni práctica en hacer ver a los ciudadanos que existen vías de salida a la profunda crisis económica y social a la que nos enfrentamos. PP y VOX hasta ahora no han sabido o no han querido aprovechar estas sesiones de control para dotarlas de auténtica utilidad más allá del devaluado enfrentamiento dialéctico, en el que suelen ganar por goleada, pero sin ningún resultado práctico. Se echan en falta preguntas de calado sobre el programa económico del Gobierno (sin una economía dinámica y saneada será imposible acometer mejora social alguna) y, al mismo tiempo, ir exponiendo cuáles son sus propuestas al respecto.

         Es claro que el PSOE ha demostrado en los largos periodos en los que ha ejercido la gobernanza del Estado su incapacidad para la administración de la cosa pública y para el control y la lucha contra la corrupción, que se instaló rápidamente tras la borrachera de poder del primer Gobierno de Felipe González, quien ejerció la  presidencia como un auténtico césar. Empezó por el escandaloso expolio de Rumasa y su no menos poco ejemplar proceso de privatización y terminó con la innecesaria intervención de Banesto. Una corrupción que salpicó también a numerosas instituciones del Estado y que, junto a las desafortunadas leyes de educación promulgadas, han propiciado un inevitable reflejo en la sociedad actual mucho más relativista y relajada moralmente y, por ende, más dúctil y manejable para el poder político y mediático. Una sociedad enferma que acepta sin rechistar le reescriban su propia historia (se ha implantado sin resistencia alguna reseñable la ignominiosa Ley de la Memoria Histórica); las leyes LGTBI y de género; se arrodilla de forma servil y seguidista por el homicidio de un ciudadano de color; y, estos últimos días, incluso demuestra estar dispuesta a renegar de las gestas de los antepasados que contribuyeron a que España haya sido una de las grandes naciones que han llenado las páginas de la Historia Universal. Lo que constituye un avance trascendente hacia ese “mundo feliz” que describía Huxley en su magistral novela. Lo cual ha sido posible en buena parte gracias a una derecha tan acomodada como acomplejada y traidora incapaz de dar ni una sola batalla ideológica.

         Sería lamentable que el imprescindible y riguroso plan económico que España necesita con extrema urgencia tenga que empezar a debatirse a instancia de las autoridades europeas como condición sine qua non para la aprobación de las ayudas previstas. Y hablo de plan económico en el cual un pilar fundamental son los presupuestos generales del Estado para los próximos ejercicios, cuyo diseño debe ser de amplio espectro corrigiendo todos los defectos y disfuncionalidades que se han venido poniendo de manifiesto en las últimas décadas: modelo territorial (las autonomías se han mostrado ineficientes, perturbadoras para la unidad nacional, y absolutamente infinanciables para nuestra economía hasta el punto que será imposible compatibilizar este desorbitado capítulo de gasto con el mantenimiento de otros de carácter social mucho más necesarios); la recuperación por el Estado de competencias que nunca debieran haber sido cedidas a las CC.AA. como la Sanidad (la pandemia, si cabe, ha servido para reforzar la evidencia de la necesidad de su centralización); la Educación; y, la Seguridad. Y en paralelo una reformulación de los presupuestos generales del Estado para suprimir el asfixiante despilfarro y las duplicidades existentes. Baste para ello con retomar los reveladores informes existentes del Tribunal de Cuentas sobre mejoras en los métodos de contratación del Estado que podrían suponer un ahorro de miles de millones de euros, o los más recientes de la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) que en su Spreanding Review ha puesto de manifiesto las ineficiencias y falta de control final de subvenciones por valor de más de treinta y tres mil millones de los cuales catorce mil millones no estarían debidamente fiscalizados (¡Oh casualidad! Diez mil de ellos otorgados por las CC.AA. a su clientela); los seis mil quinientos millones gastados en las controvertidas políticas de empleo y planes de formación, que en muchos casos no han cumplido su finalidad y se han prestado al fraude sistemático; la necesidad de revisar los múltiples beneficios fiscales para dejar los que realmente responden a una necesidad; y, en definitiva, un control exhaustivo y exigente de todas las subvenciones que el Estado concede a organismos públicos deficitarios o empresas en las que tiene participación. No parece un gesto de buena administración que un organismo deficitario como Correos gaste el dinero de los contribuyentes en adornar sus furgonetas y buzones con los colores del orgullo LGBTI.

       Menuda tarea tienen por delante Sánchez e Iglesias si tuviesen un ápice de hombres de Estado, en vez de dedicar sus paupérrimas intervenciones públicas a dar mítines de partido utilizando sin pudor y de forma fraudulenta los altavoces de las instituciones de todos los españoles. Por cierto, alguien debería explicarle al señor Iglesias que la buena administración de los sagrados caudales públicos tendría que ser la prioridad absoluta, mucho antes de pensar en subir impuestos y una ineludible obligación de todo buen Gobierno. Y también de paso darle una pequeña lección de lo que es la recaudación global de impuestos en términos de PIB y cuál es el esfuerzo fiscal individual que soportamos los sufridos y expoliados contribuyentes. En esto último, medido por el índice de Frank, estamos por delante de países como Países Bajos, Finlandia, Bélgica, Alemania o Austria.

         Si no somos conscientes de que este es el camino y de que España solo podrá mantener su estado de bienestar y su soberanía si pone coto a la mayor brevedad al desaforado gasto público e inicia un proceso para disminuir su endeudamiento (posiblemente a final de año se superará el 115% sobre el PIB), en el corto plazo se producirá el temido default y la necesidad de ser intervenidos. El BCE no comprará por plazo indefinido nuestra Deuda y los tipos de interés tenderán a subir cuando se estabilice la economía mundial.

         Esta es la cruda realidad que tenemos afrontar con carácter inmediato, sin perjuicio de continuar luchando para lograr superar esta pandemia que tanto daño está haciendo en el mundo. Así que, aun a riesgo de no salir en la foto, me voy a permitir corregir al antiguo césar de las Españas, don Felipe González, esto no se parece en nada al camarote de los hermanos Marx donde rebosaban el humor y la inteligencia, cualidades inéditas en este Gobierno Frankenstein. Hagamos justicia a estos geniales artistas. Puestos a compararlo prefiero  llamarlo “el camarote de los horrores”.

         ¡¡Gobierno dimisión!!