En todo pueblo hay un tonto en la misma medida que en el PSOE siempre hay un Simancas. Es un clásico, el tonto se acaba convirtiendo en la mascota de los lugareños y, a cambio de alguna broma abrupta, de esas de garrota y pilón, el tonto acaba viviendo gratis total, poniéndose de morapio y morcilla hasta el rabo de la boina. El tonto siempre tiene un buen pasar, la misma mano que le llena el cogote de collejas le colma el zurrón de pan y la bota de tintorro.

A Rafael Simancas, los lugareños del PSOE le gastaron una broma que le dejó, al pobre diablo, la jeta que se gasta que, por cierto, era la que ya traía en la partida de nacimiento, pero sin la baba colgando. Le colocaron en una lista electoral y cuando ya tenía la presidencia de la Comunidad de Madrid al alcance  de esas manos que no valen ni para contar hasta diez, le arrearon un tamayazo que le dejó en un estado desconocido para la Medicina: entre catatónico, comatoso y oligofrénico, más cercano a la vida vegetal, concretamente a la berza, que a la inteligente biología de los paisanos socialistas que muñeron y ejecutaron el Tamayazo para regocijo, cachondeo y pitorreo de toda la Villa y Corte. Ya puede dar gracias Rafael Simancas a que el Género Chico no está de moda pues, de lo contrario, los autores de los libretos le hubieran convertido en el tonto de nómina de todas las verbenas y en el organillero desafinado de la Pradera de San Isidro. Las rosquillas del Santo ya no serían listas y tontas, sólo listas y Simancas.

Dada la ancestral tradición hispana de protección al tonto del pueblo, que no sé yo si estará codificada en el medieval Fuero Juzgo castellano, pero merecería estarlo, los paisanos socialistas de Simancas, decidieron, muy castizos ellos, introducirlo, como la berza, en todos los potajes de las ollas podridas del PSOE, y en vez de colocarlo a perpetuidad en el chiribitil del conserje de Ferraz le han ido metiendo en todas las listas electorales en las que hacía falta una berza para rellenar el condimento. La última, la del Congreso de los Diputados, donde Simancas ocupa un escaño que llena de ausencia y vacío, en el que su mayor y más compleja misión consiste en apretar el botón que le mandan y meterse el dedo en la nariz.

A cuenta de los muertos de la pandemia de Coronavirus, Rafael Simancas ha decidido dejar de hurgarse la nariz y limpiarse la baba que, desde el tamayazo, le cuelga del morro como una estalactita, para hacer una gracieta, muy propia del humor patibulario de sus paisanos socialistas, diciendo que “en España hay tantos muertos porque en España está Madrid”. Con lo cual Rafael Simancas, como Gregorio Samsa, el protagonista de “La Metamorfosis” de Kafka, ha dejado de ser una berza para convertirse en una cucaracha. Que es el eslabón zoológico que le corresponde, pues solo hay dos seres inmortales en la Creación: el tonto del pueblo y la cucaracha. Y en la coyunda socialista a veces son lo mismo. Tan es así que, parafraseando a Simancas, podríamos decir que “en España hay tantos tontos y tantas cucarachas porque en España está el PSOE”.