Termino esta pequeña serie de artículos que no ha perdido un ápice de actualidad con una especie de epílogo, intentando profundizar un poco en esta manía furibunda por destruir estatuas, agredir y abatir símbolos culturales, despreciar la tradición y la cultura.

Los lectores que me han seguido saben a qué me refiero con las estatuas que ofenden: islas insignificantes de historia y pasado, casi perdidas en el mar de asfalto y tráfico de las ciudades, pero que aun así ofenden la sensibilidad de los que viven siempre ofendidos; también con los acomplejados hijos indignos de la civilización, esos pobres sujetos que se avergüenzan de su cultura y su historia; acerca de los resentidos sin civilizar, capaces sin duda de usar ropa de marca y teléfonos móviles, no lo son de elevarse a la altura de una civilización que les queda demasiado grande; entonces queman, destruyen, berrean su miseria y la exponen a los cuatro vientos.

¿Y el culo del mono? Se refiere a un proverbio que reza: cuanto más trepa el mono, más enseña el culo.

Frase que parece hecha a medida para la clase política española, pero que aquí es igualmente pertinente. En efecto, los ofendidos, los acomplejados y los resentidos enseñan cada uno el culo a su manera.

¿Cómo lo hacen? trepando en el gran árbol de la sociedad de la información: tecnología ubicua e invasiva, todo disponible para todos, posibilidades infinitas y herramientas fabulosas, maravillas electrónicas e informáticas. Todo ello se resuelve, cada vez más a menudo, no en una vida superior y más plena, en una mejora del ser humano y el potenciamiento de su existencia, sino en su grotesca caricatura: una exhibición amplificada, implacable y sin piedad de las debilidades, las miserias y los defectos humanos.

Volviendo a nuestros amigos los ofendidos por defecto, es interesante indagar qué es en el fondo, de verdad, lo que les ofende. Las estatuas les recuerdan que existen figuras históricas que han hecho algo y han descollado sobre los demás; dan fe de que una fuerte personalidad, un talento, una voluntad puede dejar su huella en la historia. Y aunque ese testigo del tiempo pasado, de alguien que se elevó sobre la masa, sea casi invisible en la fealdad optimizada del mar de asfalto, coches y hormigón, está ahí y eso ya es demasiado. Es demasiado para el odio igualitario contra todo el que, por uno u otro motivo, ha dejado una huella individual, ha descollado sobre la mediocridad. Ese odio no está dirigido, en realidad, contra una u otra realización extraordinaria en función de su valoración; esto es sólo el pretexto y la coartada, la auténtica inquina está dirigida contra todo lo que sobresale, se distingue y destaca, expresa los valores de la personalidad y de la voluntad.

Es aquí donde la bilis izquierdista igualitaria de los acomplejados se salda con la bilis resentida, envidiosa hacia toda civilización superior, de los sin civilizar y los incivilizables por vocación, por constitución o por elección. Aquí tiene su sede profunda esa capacidad tan extraordinaria, de otro modo inexplicable, de ofenderse por todo.

Aquí es, en definitiva, donde los monos hiperconectados enseñan sus culos al viento, impúdicamente, alegremente, dándose aires de importancia y convenciéndose a sí mismos de que son la culminación de la evolución humana.

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