Mi madre murió hace tres años y medio, ya nonagenaria. María Jesús Montero fue consejera de Salud de la Junta de Andalucía entre 2004 y 2013; quiere eso decir que mi madre fue contemporánea de la señora Montero durante una década, en el sentido de que mi madre aún vivía, y María Jesús Montero tenía responsabilidades políticas, y eso es una desgracia como otra cualquiera, se mire por donde se mire.

Quiero que conste que hoy no le voy a conceder a la señora Montero el don de la ironía, porque sería como andar perfumando a los cerdos con Chanel nº 5 (la frase no es mía, es de Paco Umbral); aunque aquí, en vez de cerdos, habría que decir la cerda, para utilizar un lenguaje políticamente correcto (la frase no es de Paco Umbral, es mía).

Y es que cada año, cuando se acercaba el verano, y con él las altas temperaturas propias de esa época, mi madre siempre recibía una carta firmada por la consejera Montero, que era un monumento a la estupidez (me refiero a la carta), por la gran cantidad de sandeces que contenía, en un folio a una sola cara, que ya tiene mérito. Todas las cartas comenzaban de la misma manera: “Estimada Ginesa: Me pongo en contacto contigo para recordarte que…”. Como mi madre no sabía leer, porque no pudo ir a la escuela, era yo el que se la leía, y ella siempre me preguntaba la razón por la que la tuteaba una mujer que no la conocía de nada; como quiera que mis argumentos no la convencían, mi madre siempre terminaba diciendo que esa señora no tenía vergüenza, por tomarse esas confianzas con ella. Y yo entonces asentía, porque a una madre no se le lleva la contraria.

Luego venían una serie de consejos, de una simpleza insultante, que rozaban la ridiculez: que no hiciera ejercicio físico en las horas centrales del día (¿dónde iba a ir mi madre, a su edad?), que bebiera mucha agua (como si su propia experiencia vital no la hubiera enseñado a ello), y mi favorita: que se fuera a un supermercado cuando hiciera mucho calor, a lo que mi madre siempre respondía que ella compraba cada mañana lo que le hacía falta en la tienda de la esquina, sin tener que salir de su calle.

Y es que nuestros políticos, en su estupidez infinita, se creen que han descubierto el misterio del universo, porque hay que ser eso, estúpidos, y no tener escrúpulos ni miramientos de ningún tipo, para mandarle una carta con ese tono a una señora, que ella sola, sin cartas de consejeros, había llegado a la edad de mi madre, pasando por una vida muy dura, con trabajos incluso en el campo (la aceituna, por ejemplo), sabiendo en cada momento lo que tenía que hacer, porque se lo decía la evidencia, el sentido común, es decir, su propia experiencia vital.

Pero lo peor vino cuando mi hermana y yo solicitamos para mi madre la ayuda a la dependencia, esa gran mentira que se inventó Rodríguez Zapatero, el político más dañino que ha tenido España desde el alcalde de las Cuevas de Altamira, hasta hoy. Como digo, una vez que presenté en el despacho de la asistenta social (sí, he dicho asistenta) de mi pueblo, la documentación pertinente, empezamos un peregrinar humillante que para nosotros se ha quedado.

Les hago un breve resumen: cuando había elecciones (daba igual que fueran municipales, autonómicas, generales o europeas), recibíamos una llamada diciéndonos que el viernes anterior le iban a hacer a mi madre lo que ellos llamaban una valoración, que consistía, básicamente, en tomarle la tensión, preguntarle qué medicación tomaba, si en el cuarto de aseo había bañera o plato de ducha, y cosas así por el estilo, todas ellas de una trascendencia vital apabullante. Y así una vez y otra, pues ya no se ponían en contacto con nosotros hasta que no había otra convocatoria electoral. Mi hermana y yo ya sabíamos que si un domingo había elección, el sábado anterior era jornada de reflexión, y el viernes previo era para nosotros día de valoración, pues ese día volvían a presentarse en casa de mi hermana (con quien se tuvo que ir a residir mi madre, porque ella ya no podía vivir sola), dos o tres señoritas, muy monas ellas, encabezadas por la asistenta social (sí, he dicho asistenta), para lo de siempre: tensión, medicamentos, que si bañera o plato de ducha, y cosas así por el estilo.

Y ya termino: un día de agosto de 2016, mientras mi madre desayunaba en una residencia privada, donde la habíamos ingresado unos días para que mi hermana pudiera tomarse una semana de vacaciones, su corazón (el de mi madre, digo), dejó de latir, cansado ya de una vida de penurias, de trabajos de sol a sol, y ya al final de su peregrinar por este valle de lágrimas, viviendo con una pensión de viudedad de miseria, y sin merecer una ayuda a la dependencia, por culpa de unos políticos infames, como María Jesús Montero, que no saben lo que es la dignidad, porque no la han conocido en su puñetera vida.

Así es que mi pobre madre se presentó en el cielo bien valorada, para facilitarle el trabajo a San Pedro, y con un buen puñado de cartas debajo del brazo, para que allí arriba sepan qué hacer con ella en verano. Unas cartas firmadas todas ellas por María Jesús Montero, que ahí la tienen, ya ministra, con su cara de niña repipi, repelente y marisabidilla, rebosante, eso sí, de estulticia, y a la que no he querido concederle hoy el don de la ironía, porque sería como andar perfumando a los cerdos con Chanel nº 5 (la frase no es mía, es de Paco Umbral); aunque aquí, en vez de cerdos, habría que decir la cerda, para utilizar un lenguaje políticamente correcto (la frase no es de Paco Umbral, es mía).