El combate, desde una perspectiva genérica, es la vida del Ejército. Cuando comienza, el sueño se convierte en realidad; la ciencia militar en gloria, y la servidumbre, en servicio. Ténganlo muy en cuenta todos aquellos que creen que el león está dormido o inoperativo, sino todo lo contrario, porque la voluntad de vencer cuando se pone en tela de juicio y se ataca la esencia y naturaleza de las Fuerzas Armadas que no es otra que defender la unidad e integridad de la Patria, la unidad e integridad de la Nación es superior a la carencia de medios materiales y de entidad por ser un Ejército de capacidades medias pero suficientes para cumplir su misión. Todos los que han tenido la fortuna de no conocer el combate, porque el militar no desea la guerra sino sólo prevenirla con su presencia, viven ausentes de su gloria, sin ningún rencor desterrado por la ignominiosa Ley de la Memoria histórica, o "democrática", y siendo plenamente conscientes, desde el soldado más humilde al General de Ejército, que los caminos abiertos por los enemigos de España sólo nos llevan a la desintegración de la Nación.

La vida de los Ejércitos en la paz no tiene porqué ser intolerable si el ritmo de instrucción y adiestramiento de las Unidades dentro y fuera de los Acuartelamientos es intensa y fructífera para el desarrollo profesional de los soldados, de cualquier empleo.

Algunos piensan que esta actitud espiritual no es la correcta y que la milicia no está en disposición de cumplir la misión del artículo 8º de nuestra Constitución; nada más lejos de la realidad. Al decir esto somos conscientes que quien lo dice no está seguro que sea menos correcta que la de aquellos que con una decisión de rehuir  el enfrentamiento a prueba de todas las tentaciones, se muestran propicios a la adopción de gestos, ritos y fórmulas de aire castrense, empleando tácticas de guerra subversiva y psicológica en los Colegios, en las Escuelas, en las Instituciones intermedias en las Regiones tan españolas como donde gobiernan los independentistas o los anexionistas.

Como de muchas aflicciones más, de que esto pase tiene la culpa la impropiedad del lenguaje habitual. Que la palabra, en vez de servir a los políticos para entenderse con los demás sea en muchas ocasiones el eficaz instrumento de confusión, una de las innumerables manifestaciones de la imperfección humana aumentada por la falta de cultura y estudios de los que nos gobiernan. Y, en tal caso, parejo de la inutilidad y mala fe de éstos tiene la palabra una fuerza propia de tan sutil naturaleza que manda muchas veces sobre las acciones y sobre los pensamientos de los miembros de los Ejércitos, llenándolos de su propio contenido, en lo que se ofrece no poco riesgo contra la firme voluntad de mantener la integridad territorial de España, sus tradiciones y su conciencia de Nación.

Si para declarar que la vida política de un país ha de ajustarse a normas de conducta estricta , y la conducta a reglas que hagan de la vida de los gobernantes capacidad, hemos de imprimir a la vida un estilo de sacrificio, acabando por tomar para ella la deontología, el estilo, la forma y los modos de la milicia que son sólo eso, estilo, forma y modos.

No hay muchos espectáculos más penosos y bochornosos que el de los hábitos y modos de cortesía empleados sin responsabilidad y vacíos de contenido espiritual como los que nos han hecho disfrutar los políticos de este País. Si, además, por desgracia, ocurre que se asocien a una conducta poco amena, el inevitable sobresalto que producen las invitaciones de unos a otros para sentarse en sillones inducen a la vigilancia de quien perpetra innecesariamente la ostensión del presunto engaño al otro interlocutor con la consiguiente desorientación y enfado de la Sociedad Civil y, no digamos ya, de las organizaciones productivas, responsables de sacar a la Patria del parón económico que ya está encima y la pobreza que se nos avecina.

Pero desde la milicia el entusiasmo no decae, hija, a veces, del propio genio que se imbuye con estas conductas y dejaciones institucionales, que es la aptitud innata que un hombre posee para hacer desembarazadamente faenas que a los demás parecerían difíciles y que los Ejércitos siempre están en disposición de ejecutar.

La preparación y el combate son la vida y la razón de ser de los Ejércitos, no repartir galletas de las de comer, sino de las otras.