Tiene mucho mérito embarcarse en la aventura de El Correo de España, que toma el relevo del de Madrid, en pleno apocalipsis de celulosa como el que estamos viviendo. Mi más sincera enhorabuena a Álvaro Romero, a Eduardo García Serrano y a Javier Navascués por el esfuerzo realizado y por dar a nuestra Patria un "nuevo" medio de comunicación que sabrá  defenderla cuando sea necesario, al contrario de lo que hacen la inmensa mayoría de diarios, emisoras y televisiones pesebreras de la partotocracia.

Digo que estamos viviendo momentos dramáticos, históricos, desconocidos en su dimensión y gravedad, de los que quizá aún no somos conscientes porque lo estamos viviendo en presente. De pronto, el golpe de Estado en Cataluña ha desaparecido, la amenaza separatista se ha diluido como un azucarillo de un día para otro, las falacias de la memoria histórica han cesado, las mentiras de la ideología de género se quedaron ancladas en la lamentable manifestación del 8-M de la que habrán salido tantos contagiados...Todo ha pasado a un segundo plano, porque lo que está en juego es la salud pública, lo que está comprometida es la vida de cientos de miles de personas.

Tiempos de papel higiénico y espanto, en el que las gentes corren a abastecerse de lo fundamental, como sólo veíamos que pasaba en la devastada Venezuela, o en la memoria de nuestros abuelos que vivieron la guerra. Tiempos de confinamiento forzoso, en el que de pronto hemos visto cómo nuestras pequeñas libertades diarias, la de salir a tomar unas cervezas, la de quedar con la familia los fines de semana, la de movernos en el coche por donde queremos, han quedado restringidas para defender un bien común, como es la seguridad de todos. Un torpedo a nuestro modo de vida occidental, a nuestros hábitos y a nuestras certezas.

Pero es bueno recordar que las epidemias han sido numerosas a lo largo de la historia de la Humanidad, y que de todas ellas ha salido reforzada la especie humana. Todas han propiciado avances científicos y médicos, han aguzado el ingenio y el talento de los mejores, y han permitido dotar a los hombres de nuevas herramientas para poder enfrentarnos a lo desconocido. Obviamente, el precio a pagar es muy alto porque hablamos de vidas humanas, de vidas injustamente truncadas, de muchas familias destrozadas como las que estamos viendo estos días, a las que ni siquiera se permite acompañar a sus seres queridos en sus últimas horas en el hospital.

Esta crisis sanitaria, además, debe servirnos a todos, pero especialmente a los cristianos, para recordar algo que habíamos olvidado: nuestra pequeñez. Como nos dice el Evangelio, sin Dios no somos absolutamente nada, y nada podemos. Nuestro castillo de naipes de comodidades, "nuevos derechos", abundancia material, "libertades sociales"..., nuestra certeza de que esa abundancia sería eterna y jamás condicionada por nada ni nadie, se ha venido abajo de la noche a la mañana. Y nos hemos visto temblar, con la duda de si estaremos enfermos sin saberlo, con el miedo a que los nuestros tengan el bichito, con la inquietud de que se hayan terminado las servilletas y los rollos de cocina en la tienda de abajo.

No se me ocurriría nunca decir que bienvenidas sean crisis como ésta,y no lo diría porque no lo creo. Ya digo que el dolor y el daño es muy grande para mucha gente. Pero sí creo que este tiempo de angustia y sufrimiento es una oportunidad para crecer humanamente, espiritualmente. Si no queremos seguir ciegos, estos tiempos convulsos pueden ser el aldabonazo que nos hacía falta para distinguir lo importante de la vida de otras cosas que no lo son; el tiempo de calidad con nuestra familia, compartir lo poco que se tiene, ser solidarios con otros que lo necesitan, ponerse a disposición de aquel que tiene menos que yo. Lo que Cristo lleva más de dos mil años pidiéndonos que hagamos. Si decidimos no seguir siendo sordos, podemos escuchar esa voz que nos llama nuevamente a la conversión interior aprovechando el aislamiento, el silencio y la soledad.

Sé que muchos compañeros de profesión prefieren seguir con su pistolita cargada, pegando tiros a los partidos políticos y al Gobierno para salvar a la Patria. Adelante, sigan haciéndolo. No descarto hacerlo yo también cuando considere que ha llegado el momento, otra vez, de lo pequeño. Hoy prefiero orar por aquellos que más sufren, por lo que viven la tristeza de la muerte y la enfermedad, sin entender por qué ni para qué.

Rezaré para que salga el sol de nuevo en esta España sin parangón, en esta nación indestructible alumbrada por la Fe verdadera, un sol con más fuerza que nunca. Y que ese día, cuando esta pesadilla esté olvidada, sepamos comprender que hay cosas que están (siempre lo estuvieron) muy delante de la videoconsola de los niños, de nuestro whisky favorito y del papel higiénico.