El modernismo no es modernidad sino una herejía que mezcla otras herejías y tiene la hipocresía de no negar de frente ningún dogma, pero después los distorsiona para no cumplir con ellos. Así, pretende poner una vela a Dios y otra al diablo.

Esto ya viene del siglo XIX y ha sido resucitado en el Vaticano II. Por ejemplo, Juan Pablo I, en el Catecismo de la Iglesia Católica (art. 2266) reconoce que la pena capital es doctrina revelada, pero a continuación (art. 2267) dice que: “si los medios incruentos bastan para proteger la vida de las personas, no se use (tal pena) y sí esos medios por ser más conformes con la dignidad humana”.

¿Dignidad humana para un indigno?

Formas eufemísticas para eludir al fin la cruda realidad irreversible.

¿Dónde están esos medios mágicos… a favor de la delincuencia?

Es el SÍ… pero NO.

Eso se hace ahora pretendiendo, a cuenta de los incumplimientos y fracasos maritales, arreglar y acaramelar las leyes dadas por Dios, a gusto con los desarreglos actuales, en vez de exigir con todo rigor el cumplimiento de esas leyes para evitar las tales “circunstancias del hombre moderno” –dijo el papa Francisco-.

Es hipócrita decir que el matrimonio es indisoluble y a continuación poner abaratando los medios para acabar en una falsa anulación del vínculo matrimonial como que nunca hubiese habido matrimonio.

Cambia la disolución por la anulación y para ello facilita a los obispados (no a los tribunales eclesiásticos) para tales declaraciones anulatorias.

El mismo obispo diocesano nos confesó no entender algunos puntos de tales facultades.

Ya dijo San Pablo (Gálatas, 1, 6-12): “Me pasma que os hayáis pasado a un heteroevangelio de unos perturbadores y empeñados en darle la vuelta al Evangelio de Cristo… sea maldito quien os evangeliza en disconformidad… ¿O es que busco dar satisfacción a los hombres?”.

“Porque llegará un tiempo en que la gente no soportará la doctrina sana y, para halagarse el oído, se rodearán de maestros a la medida de sus deseos y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas”.

Todo eso, ¿no es favorecer el edulcoramiento de las exigencias de la misma ley natural, para dar gusto a los tiempos en vez de dar el gusto al Creador de leyes tan sapientísimas como ineludibles si queremos vivir en el orden exigible para no destruir la humanidad?

La torpe argucia sentimental y sofística de aducir que “la Iglesia debe ser madre y no madrastra”, se rebate diciendo: la verdadera y santa madre es la que educa y exige a sus hijos el cumplimiento de las virtudes en orden de su verdadera formación integral en vez de conceder caprichos y blandenguerías a sus hijos a quiénes está corrompiendo y mal educando, convirtiéndoles en inútiles y viciosos ciudadanos.

Recuerdo los versos de Gabriel y Galán en las recomendaciones que hizo a las madres de familia: “¿Pero alguna puede haber, que no se pare a pensar, que hay un modo de querer, que es un modo de matar?”. Se nota que era un ferviente maestro de escuela, de aquéllos que tenían auténtico celo por sus alumnos, de donde salieron tantos hombres recios, con amor a Dios sobre todas las cosas.

Las acomodaciones del siglo actual, al gusto del consumidor, solo pueden traer degeneración de la moral, indiferentismo religioso y ateísmo práctico.

Citando a dicho poeta, añado: “No se llega a Dios tres veces santo, no se llega hasta Vos, oh Dios divino, por caminos de flores alfombrados; se llega con los pies ensangrentados por las duras espinas del camino”.

Siempre es más fácil predicar la tranquilidad de la misericordia que predicar la conversión con la oración y la penitencia. Todo se explica con este antropocentrismo ateo en el que si antes Dios se hizo hombre, ahora el hombre pretende hacerse Dios.