Hoy se cumplen 85 años del inicio de uno de los episodios más escalofriantes y terribles de la historia de España. Me refiero al genocidio de Paracuellos del Jarama perpetrado por socialistas y comunistas contra personas normales y corrientes, sacerdotes, padres de familia sin filiación política conocida, y otros que se habían significado a favor del alzamiento nacional. Aquel 7 de noviembre de 1936, España regó su tierra con la sangre de los mártires; la mayoría de ellos, católicos laicos o sacerdotes, murieron perdonando a sus asesinos en un hecho que la Iglesia recuerda frecuentemente por su extraordinario valor testimonial.
 
Curiosamente, los partidarios de enfrentar a los españoles con la vergonzante y falsaria Ley de Memoria Democrática se han "olvidado" de este episodio, quizá porque las pruebas, los testimonios, las evidencias son tan tremendas, y es tal el peso de la culpa, que incluso en las conciencias más negras debe resultar incómodo echar la vista atrás. Pero aquel genocidio debe ser recordado sobre todo por una razón: porque la ideología que movió ese odio atroz, capaz de torturar y asesinar a miles de personas inocentes, esa ideología no solamente sigue viva, sino que la tenemos ahora mismo instalada en el Palacio de la Moncloa. Ahora ya sin esos planes macabros y sanguinarios, porque no los necesitan, pero con el mismo odio a quienes no comparten sus aberraciones.
 
Cuando comenzaron las sacas (nombre con el que se conocía la salida forzosa de las cárceles madrileñas de aquellos a los que se iba a fusilar), Santiago Carrillo contaba 21 años de edad, y era, además del secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas, el responsable de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, cargo que depedía directamente del Gobierno presidido en aquel momento por "el Lenin español", Francisco Largo Caballero, hoy referente político del PSOE de Pedro Sánchez, como Carrillo lo es de Podemos y del PCE. Era, por tanto, imposible, que el asesinato de más de 5.000 personas a lo largo de un mes se llevase a cabo sin el consentimiento y el control personal de Santiago Carrillo, y sin el conocimiento de Largo Caballero.
 
85 años después, la izquierda española no solamente no ha pedido perdón por aquel genocido cobarde, sino que al revés, reivindica la memoria de Carrillo y de Largo Caballero, a quienes (a base de mentiras en los libros de texto, en las novelas y en las series de TV), ha convertido en referentes de la democracia. Cuando los dos estaban a las órdenes de Rusia, la peor dictadura jamás vista, para convertir España en provincia suya. 85 años después, los herederos políticos de Carrillo y de Largo Caballero están gobernando España, y lo hacen con la ayuda de los separatistas vascos y catalanes, y de la ETA de cuello blanqueado. Un Frente Popular redivivo para una España al menos igual de dividida y enfrentada como la de entonces.
 
Es terrible constatar cómo el paso de los años, de casi un siglo, no ha cambiado nada en las cabezas ni en los corazones de los españoles. Se le sigue dando el poder a los defensores de una ideología antihumana que perpetúa el odio porque, suponiendo que sirva a alguien, estaría sirviendo al mismo demonio. Solamente hay que mirar hoy al Congreso de los Diputados y ver quiénes acompañan hoy a Pedro Sánchez en apoyo a su Ejecutivo: Yolanda Díaz, Irene Montero, Ione Belarra, Enrique de Santiago, Gabriel Rufián, Joan Baldoví, Aitor Esteban o el proetarra Óscar Matute. Fíjense en cada uno de sus rostros y de sus palabras. Verán que solamente hay odio y destrucción de España, sin una sola idea que vaya en beneficio del bien común.
 
La economía española está hoy devastada. Los presupuestos que acaban de iniciar su trámite parlamentario perpetúan el modelo de siempre de la izquierda: aumentar el gasto público llevando la deuda pública a números insostenibles, para que sean nuestros tataranietos quienes la paguen dentro de un siglo. Y mientras tanto, so capa de unas políticas sociales que solamente están en la propaganda de sus medios afines, quienes de verdad hacen negocio son las ONGs y chiringuitos ideológicos a los que conceden cantidades indecorosas de dinero, directamente tirado a la basura. Los chiringuitos de la ideología de género, de la falsa memoria histórica y de la Agenda 2030, autopista del globalismo hacia el control total de la población. La distopía hecha realidad.
 
Así que hoy es un buen día para rezar por aquellos miles de españoles que pagaron con su sangre y con sus vidas la vorágine del terror izquierdista. Nosotros no vamos a contribuir con nuestro silencio cómplice al olvido de nuestros mejores hombres y mujeres. Y mientras rezamos por ellos, deberemos pensar cómo salvar la España de hoy de las garras del mismo monstruo. Hoy ya sin generales, ni espadones, ni cirujanos de hierro. Con los jerarcas de Bruselas manejando los hilos de nuestras vidas. Y de unas urnas de cristal opaco de las que, invariablemente, salen siempre los peores.