Otórgame tu legítimo derecho a la venganza y tu inapelable deber de ejecutarla, y yo protegeré tu vida, tu hacienda y tu honor. Eso es el Estado. Esa es la idea germinal del Estado, su aliento esencial y su espiritu fundacional. De ahí nace la vertebración social, el Derecho y la Ley, cuyos textos no son más que la codificación y la sublimación del legítimo derecho a la venganza y del inapelable deber de ejecutarla que todo hombre, revestido ya con la toga de ciudadano, tiene cuando su vida es amenazada, su hacienda saqueada y su honor violado por los que viven más allá del Derecho Natural y del Derecho Positivo.

Hay algo peor que un policía corrupto y que un juez venal, el Estado que abdica y renuncia a la defensa inmediata de sus ciudadanos saqueados en su propiedad y violados en su intimidad por la horda de okupas que, convirtiendo en fuero su supuesto estado de necesidad, invaden las viviendas de los españoles sin el más mínimo temor a que el todopoderoso Estado ejerza contra ellos, llegado el caso, el monopolio de la violencia, que es la última ratio del Estado, para sacarlos de grado o por la fuerza de la propiedad que han invadido al amparo de la ausencia de su propietario y cobijados, arropados y amparados por una legislación que, a hechos consumados, protege al okupa más, mucho más, que a sus víctimas quienes, en la apoteosis de incuria, cobardía y tolerancia suicida del legislador democrático español, se ven arrastradas a un vía crucis judicial de tres a cinco años, como mínimo, y a la prohibición, amenazante y expresa, de no poder cortarle al okupa ni el agua, ni el gas ni la luz, so pena de ser denunciado por el invasor por un delito de coacciones. Disparate equivalente al del violador que denunciase a la mujer profanada  por no tener unas medidas de 90-60-90, y que el juez la condenase a machacarse en el gimnasio y a perfilarse en el quirófano.

Esto sólo pasa en estepaís y en esta democraciaquenoshemosdado. Cuando estepaís se merecía el nombre de España, si un okupa (supuesto no procesable porque no existían) invadía tu casa, a los cinco minutos la Guardia Civil o la Policía lo sacaban de grado o por la fuerza. O sea, a hostias. A los cinco minutos, ni uno más.