La era de las comunicaciones permite a las personas infinidad de posibilidades. Muchas de ellas son, evidentemente, positivas. Pero como cualquier otra herramienta, la tecnología de las comunicaciones puede ser terriblemente dañina en las manos equivocadas. No nos referimos sólo a las manos de los malvados y los criminales, sino también a las manos de los inmaduros, los irresponsables o aquellos a los que les patina la neurona con excesiva frecuencia. La coalición que forman la irresponsabilidad y la potencia tecnológica puede ser devastadora para el mundo de hoy.
 
Es exactamente en este terreno donde debemos enmarcar la crisis mundial del coronavirus. Con los datos en la mano, no podemos hablar ni remotamente de una pandemia global. Apenas hay 3.000 fallecidos en un planeta de 7.000 millones de habitantes, un porcentaje simplemente insignificante. Sí puede preocupar la facilidad de la transmisión del nuevo virus, especialmente en colectivos poblacionales con una salud precaria por edad avanzada u otras patologías añadidas. Para el gran público, como ya han confirmado incluso algunos de los contagiados españoles, esto es como una catarro que se cura con descanso y paracetamol.
 
Si esto hubiese ocurrido (como ha ocurrido en numerosas ocasiones en la historia), hace cincuenta o sesenta años, antes de la irrupción masiva de los teléfonos inteligentes, el internet gratis y las redes sociales, sólo los afectados, sus familias y sus círculos más próximos habrían tenido noticia del coronavirus, además, como es lógico, de las autoridades sanitarias, obligadas siempre a evitar una propagación que pueda conllevar una epidemia. Pero son estas nuevas tecnologías, en íntima asociación con unos medios de comunicación inclinados mayoritariamente al espectáculo y el sensacionalismo en vez de a la información rigurosa, los que han contribuido de manera decisiva a generalizar la sensación de peligro. Un peligro que solamente existe en el imaginario colectivo.
 
Lo cierto es que, mientras buscamos mascarillas que no sirven para prevenir el contagio y hacemos especulaciones apocalípticas, el Gobierno del Frente Popular se ha sentado ya a negociar la liquidación de lo que queda de España con una mesa formada por golpistas de acción y de intención. Con un presidente regional inhabilitado y desposeído de su escaño, y un presidente nacional a quien apenas queda algún resto de legitimidad, debido a su compulsiva afición a la mentira. En la mesa de despiece, como magistralmente la definió Pablo Casado, yacen los restos de la soberanía nacional, con dos filas de políticos que parecían forenses dispuestos a practicar la autopsia a esta nación milenaria llamada España. Aunque, como parece obvio, la causa evidente de su muerte es la inanición moral y espiritual.
 
Mientras vemos pasar por la pantalla del televisor mascarillas azules que no sirven para evitar el contagio de un virus que no mata a casi nadie, nos están robando delante de nuestras narices no solamente la Patria, que ya estaba desahuciada, sino las rentas del ahorro y del trabajo después de que el Gobierno, en clara connivencia con sus socios separatistas y comunistas, haya aprobado el techo de gasto y la senda de déficit, que nos condena a lo que siempre vemos cuando manda la izquierda. Proetarras, golpistas, en fin, todos los enemigos de la nación española en auxilio de Pedro Sánchez para que pueda gastar más (la deuda pública, disparada) en pleno parón de la economía, con una nueva crisis económica acercándose lenta para inexorablemente. Lo que se dice, literalmente, echarnos una soga al cuello.
 
Una de las características del mundo de hoy es su evidente incapacidad para distinguir lo importante de lo banal, lo fundamental de lo accesorio. Y lo que hemos visto esta semana constituye una prueba evidente de ello. Nos preocupamos sin motivo de lo que, de momento, no es una amenaza real, y en cambio lo que tenemos perdido, lo que nos están robando de manera alevosa ante nuestros propios ojos, ni nos inquieta, ni nos perturba, ni nos impide dormir a pierna suelta. Quizá porque no nos importa mucho esta nación que fue imperial y gloriosa cuando tuvo a los mejores al frente. Quizá porque, al revés que nuestros abuelos, nadie nos ha enseñado las cosas de verdad importantes de la vida. Quizá porque creemos más al telediario que a las fuentes objetivas de la verdad. Quizá porque nos hemos contagiado todos del virus de la confusión.