De repente nos hemos visto en medio de una pandemia que no venía a cuento, como todo lo que nos parece malo en la vida, estas cosas pasan de pronto y te preguntas !por qué a mí¡ pero como dice una amiga mía “los palos siempre vienen por algo” y en España antes del virus físico ya teníamos uno moral: esa zafia élite periodística y política que tiene –como tonto del pueblo– la osadía de proclamarse intelectual, desde luego una antítesis socrática que ya parte de un feroz ataque a su máxima epistemológica « solo se que no se nada».

La elite progresista representa las carencias sociales del presente; los políticos han abusado tanto de la demagogia que la sociedad ha desarrollado una tolerancia al argumento falaz; la izquierda ha consumido tanta droga ideológica, tanto cuantitativa como cualitativamente, que los abstemios observamos sus simposios estupefactos; orgías de barrabasadas “pseudo-dialécticas”que pasan sin filtros de la chocho-charla al parlamento, y de la conversación esperpéntica de lo absurdo a la declaración institucional.

Como el toxicómano, esta clase vive alejada de la realidad, con cada chute de feminismo, ecologismo, veganismo… crece su dependencia a tales sustancia y necesita más dinero público para sufragar los chiringuitos donde se trafica con poder a cambio de la felicidad de las personas sobre las que recaen sus experimento de ingeniería social, y como pasa con las drogas el síndrome empeora con la regularidad en el consumo. Feminismo de tercera ola la llaman, aunque los de clase baja preferimos llamarlo feminazismo.

Mientras los políticos están en el congreso desprestigiando el parlamento, haciendo un uso irresponsable de la soberanía nacional, exponiendo su adicción a los excesos ideológicos y de poder, y los periodistas progres circulan por los platos de televisión haciendo gala de su indigencia intelectual y de su poca aprensión por demostrarla; en cada una de las casas de España hay unos padres partiéndose la espalada para sacar a su familia adelante, jóvenes con una o dos carreras, los masters que haga falta y sin una experiencia laboral en su vida, hombres y mujeres condenados al empleo temporal y precario.

A nosotros que vemos cada día como esa élite despreocupada disfruta de unos privilegios que no se han ganado con esfuerzo, para los que la tarea más importante en su día a día es ir un plato de televisión ha hacer demagogia sobre la monarquía, nos importa un bledo la alimentación vegana, el patriarcado, la teoría de género, el chalet del Vicepresidente o la payasadas de Rufian, lo que nos preocupa son cuestiones de la vida diaria ¿podre dar de comer a mis hijo? ¿tendré trabajo el mes que viene? ¿podre seguir pagando a los empleados? ¿cobraré mi jubilación?

Esa es la gran diferencia entre lo que vivimos en el mundo real, donde mañana se te puede terminar el ERTE y en unos meses te vas a la calle y los que viven en el mundo de los que se suben el sueldo nada más acceder al consistorio, los que hablan de la clase obrera y del feminismo mientras se exhiben en revistas de moda o acceden al cargo político por la vía sentimental.

Lo que está claro es que unos personajes que ni conocen ni le importan los problemas de la gente corriente no es capaz de representarla, y de hecho no lo hacen, cada día caen las audiencia de los medios oficiales u oficiosos, crecen los canales de información independientes, y la desconfianza en la clase “progresista”.

Por que igual que superaremos el virus, los españoles sobreviviremos a estos canallas y a sus canalladas, esperemos que ambas enfermedades sirvan para inmunizarnos, tanto del coronavirus como del virus con corona, y de este último que no toque más nuestro dinero para pagar sus borracheras físicas e ideológicas.