Iba de matasiete, de chuletilla de cantina y de matón revolucionario. Le gustaba engolarse de sietemachos y con la lengua, solo con la lengua, galleaba de bravo curtido, con los huevos negros del humo de cien batallas, y resulta que nos ha salido llorona. La llorona de la coleta, al que se le dilataron los esfínteres por una pintada (“Coletas Rata”) que interpretó como el heraldo de la entrada de la Wehrmach en Asturias.

Como plañideras a sueldo de la Internacional Antifascista, Pablo Iglesias y su zarina ocasional llenan de llanto y de mocos los micrófonos y los platós, contando que su huída de Felgueras fue como la célebre Marcha de la Muerte a la que los japoneses sometieron a latigazos y a culatazos, a punta de bayoneta y a filo de katana a sus prisioneros en el Pacífico, para que les construyeran el puente sobre el río Kwai.

Yo también lloro, pero de risa, oyéndoles relatar, a la lumbre mema de la corrección política, su huida,   tratando de hacernos creer a todos que las pasaron más putas que el pobre Eneas escapando, con su anciano padre a hombros, de la Troya asaltada por los fascistas griegos y sus SS espartanas.

La llorona de la coleta quería ser el Aquiles Rojo y se nos ha quedado en un llorica manteles de patio de colegio que corre como una gallina con diarrea y como un diputado del PP en los fastos del Orgullo Gay, en cuanto una anciana, un jubilado y un minero en paro le hacen un corte de mangas en Felgueras. Ya sabemos la razón de su temprana chepa: debieron darle muchas collejas en el patio del colegio. Por llorica. Y entre mocos y lágrimas les decía a sus compañeros (todos fascistas, claro) “me voy a chivar a mi papá, que es del FRAP”.