El ilustre administrativista don Alejandro Nieto acuñó la expresión en su libro del mismo título, publicado por editorial Tecnos en 1984, subtitulado: “Fenomenología de los catedráticos de la Universidad española”, posiblemente el primer intento de estudiar sociológicamente la figura del catedrático, gremio al que él mismo pertenece, por lo que evidentemente lo conoce muy bien.

Como decía un buen amigo, en España hay cuatro profesiones, o más bien rangos, que dan categoría a quien los ostenta (aunque sea un pobre hombre el ocupante del cargo, como sucede en ocasiones): General, Embajador, Catedrático de Universidad y Obispo.

Los Obispos, por obra y gracia de la secularización de la sociedad española y la falta de entendimiento, cuando no el enfrentamiento, entre el Estado y la Iglesia, han ido perdiendo poder, que no influencia, y lo mismo sucede con los Generales, ante la ausencia de un verdadero Ejército, ya que el que tenemos ahora, más bien parece una ONG.

Los Embajadores quedan bonitos, sobre todo cuando visten el uniforme de gran gala, y más si ostentan algunas vistosas condecoraciones, de esas que suelen intercambiarse los gobiernos respectivos, pero poco más. La política exterior se hace –en el caso de España es un decir- desde el Ministerio de Exteriores, y muchas veces no por el ministro del ramo, sino por el propio Presidente del Gobierno.

¿Y los Catedráticos de Universidad? Pienso que son una especie en vías de extinción, como ya han desaparecido sus parientes lejanos, los catedráticos de instituto, por mucho que se respete, como no podía ser menos, “la condición personal de catedrático de enseñanza media”.

Los Catedráticos seguramente en el pecado –el individualismo, la prepotencia y el engreimiento…- llevan la penitencia. Cada vez están más aislados, y tienen menos consideración social, posiblemente por la caída en picado de los niveles académicos; hoy en día cualquier mindundi bien relacionado puede acceder a una cátedra, y ello con independencia de sus méritos personales, quiero decir de su ausencia de tales, en muchos casos…

Las universidades públicas españolas han sido “tomadas” por las izquierdas…, con el consentimiento, cuando no la anuencia, de la derecha tonta que tanto abunda. Como dice Nieto, nada sospechoso por cierto de derechista: “a la machacona enseñanza “azul” de los profesores oficiales de formación política en los años cuarenta y cincuenta ha seguido la no menos machacona predicación “roja” de los años sesenta y setenta, en los que se ha atiborrado a los estudiantes de todas las Facultades de una adoctrinación marxista con no menos intensidad de horarios que en las Universidades socialistas” (ob. cit., págs. 116-117).

Por no hablar de la costumbre de muchos catedráticos conservadores de parapetarse tras una cohorte de asociados y ayudantes marxistas, que caigan bien al alumnado, e impidan que estos puedan hacerle la vida imposible, consiguiendo con ello que posteriormente la cátedra sea ocupada por dichos individuos, que nunca permitirán, faltaría más, que personas de ideologías contrarias puedan ocupar plaza en su cátedra. Como dice Nieto: “el catedrático queda reducido a sus propias fuerzas y en el terreno personal sólo le quedan dos soluciones (aparte, claro es, de la inhibición, que es la más frecuente): o asumir los riesgos con hombría, valor físico y cumplimiento ejemplar, o cubrirse de los riesgos con concesiones indignas, siendo a este respecto las más usuales, la benevolencia en los exámenes y el rodearse de adjuntos políticamente coloreados, que le sirvan de parapeto contra los estudiantes” (págs. 24-25). 

Como dice don Alejandro Nieto: “En la actual coyuntura de paro, es inimaginable expulsar a un hombre de la Universidad, puesto que cualquiera que haya sido la forma de entrar en ella y con independencia de su valía y rendimiento, la presión sindical y corporativa le garantiza el puesto…” (Yo debo de ser la excepción que confirma la regla, claro que no estoy sindicado, ni he pertenecido a grupo corporativo alguno, y encima en la izquierdista universidad pública española, he hecho gala de ser de derechas…).

Y añade el autor: “En la actualidad las Universidades españolas están empezando a pagar ya la frivolidad con que se admitieron varios miles de profesores sin otro garantía que el favoritismo o la militancia política. Pero no nos engañemos: es imposible depurar el cuerpo profesoral de los elementos incapaces. Y, además de imposible, indeseable, porque si se empezaran las revalidaciones, las víctimas no iban a ser precisamente los menos idóneos” (págs. 97 y 98).

Cuando Badiola, el supuesto experto en epidemias (cada vez que dice que no hay peligro me pongo a temblar) a quien el señor Rajoy con su gran “vista” hizo Consejero de Estado en agradecimiento por su gestión en el asunto de las “vacas locas” me echó del Profesorado de la Universidad de Zaragoza por el expeditivo procedimiento de no renovarme el contrato, el último día de vigencia del mismo, me hizo un favor.

Dejé de impartir la monótona y reiterativa docencia a unos alumnos cada día más desmotivados y desinteresados por el aprendizaje y pude dedicarme a otras aventuras intelectuales de mayor calado e interés, aunque también bastante desafortunadas: perseguir a los desgraciados, mientras los grandes delincuentes que existen en nuestro país (muchos de ellos delincuentes políticos, es decir, que utilizan los cargos públicos para delinquir)  campean a sus anchas, protegidos por buenos abogados y la ineficacia del sistema judicial español, por no hablar de actuaciones policiales dignas de toda sospecha, persecuciones “selectivas” según el color político del imputado, etc. En fin, que puedo contarles, sin quebrantar el secreto profesional, que no sepan ya…