Ninguna persona de bien puede estar hoy tranquila en España después de lo que hemos visto este fin de semana. Nadie que no haya sido despojado de la más elemental humanidad puede asumir como normal los dos hechos terribles, esperpénticos, abyectos...y hoy sí que nos quedaremos cortos con los adjetivos, digamos los que digamos. Porque muy pocas veces, en la historia reciente de España, hemos tocado fondo de esta manera como civilización (o como antigua civilización, habría que decir ya). Empezamos a ser como los pueblos bárbaros.
 
Un crío de solamente cinco años, un niño normal, como cualquiera de sus nietos o de sus hijos, una criatura que vive en Canet de Mar, localidad de la españolísima Barcelona, lamentablemente en manos separatistas y golpistas desde hace años. Señalado, amenazado, acosado junto a su familia, por el terrible delito de querer recibir un 25% de su educación en la lengua de su Patria, en la lengua universal que hablan 500 millones de personas. Y una turba de delincuentes, amparados por el gobiernucho regional y por el gobiernucho central, ambos en perfecta alianza pues su objetivo es común: romper la sagrada unidad de España y perseguir a todos los españoles de bien.
 
Busquen ustedes algo parecido en cualquier otro país del mundo. Lo normal es que un niño de 5 años, y de 10, y de 15, estudie el 100% de sus horas lectivas en la lengua común de su nación; eso es lo que sucede, con total normalidad, en todo el mundo civilizado. Aquí no. Aquí, aunque tengas una sentencia judicial a favor, no puedes aprender ni el 25% de las asignaturas en español porque te organizan una manifestación en contra para lanzarte piedras y echarte de Cataluña. De esta Cataluña irreconocible, esperpéntica, que solamente ven con buenos ojos aquellos que están llenos de odio a lo normal, de odio a lo español que es también lo universal.
 
¿Y puede haber algo peor, algo más vil y canalla, más miserable y cobarde, más abyecto que amenazar, acosar y agredir a un pequeño de 5 años? Pues sí, lo hay. No sé si peor, pero al menos igual de grave, terrible. Me refiero al caso de Juana Rivas y de sus hijos, secuestrados por su propia madre varias veces, a pesar de las sentencias condenatorias, indultada por el Gobierno de Pedro Sánchez, y desde este fin de semana, presunta consentidora de abusos sexuales contra uno de sus hijos. Así lo ha confirmado el juez de Granada que instruye el caso y que ha rechazado suspender la ejecución de la pena impuesta contra ella.
 
Otro caso terrorífico, que demuestra hasta dónde puede llegar la maldad humana cuando se pone una ideología asesina y liberticida como el marxismo por delante de los más elementales derechos y libertades de las personas. Negando a un padre la posibilidad de ver a sus hijos, y dejándolos en manos de una individua capaz de permitir, presuntamente, la comisión de abusos sexuales contra su propio hijo. No sé si es posible mayor vileza, mayor desvergüenza, mayor falta de escrúpulos en una persona. Y naturalmente, este Gobierno feminista de Sánchez, Irene Montero y Yolanda Díaz, siempre, siempre, invariablemente, del lado de los malos. De los delincuentes y de los criminales de todo pelaje. En Baleares (con las niñas prostituidas), en Canet de Mar, en el caso Juana Rivas, o donde toque.
 
Si algo caracteriza a la izquierda es, sin duda, el sectarismo. Nunca admiten un error, jamás reconocen que se equivocaron. Tiran siempre hacia adelante arrastrando las consecuencias de sus desmanes, por terribles que sean. Primero, siempre, su ideología; luego, si queda ocasión, las personas. Es escalofriante en qué manos estamos y qué nivel de degradación humana hemos alcanzado como sociedad. Sin que la mayoría de los ciudadanos mueva un solo músculo de su cuerpo mientras ocurren estas cosas en nuestra querida España. Niños no solamente ya abortados impunemente en el vientre de sus madres, sino también acosados, agredidos, desprotegidos y abusados con la connivencia y el permiso de las instituciones públicas. Terrible.