Un ejemplo de la indignación en las redes. Para el entierro de un comunista, se consiente todo. Ni distancias, ni nada. El policía observando como si tal cosa. ¿Dónde están las mutas? ¿De ese casi millón de multas que llovieron por doquier y por lo menos esperado? ¿Cómo han enterrado miles de españoles a sus seres queridos, incluso los que no murieron por el Covid? En soledad y desamparo absoluto, sin vigila, sin entierro digno, sin nada. ¿Pero esto qué es? Es la superioridad moral que se cree la izquierda. Por eso alabo tanto estas manifestaciones espontáneas de los españoles contra este sin vivir, contra esta ruina inducida que prepara el terreno para la imposición comunista a gran escala. Lo que más sentido le veo es decir un sonoro y claro no a tales pretensiones.

Antes que nada, no creo que a él le importara tal cosa en vida, que yo no rece por su alma, una vez muerto. Porque públicamente renegaba de Dios, de Jesucristo, al confesarse comunista. Si alguna vez aparecía con un crucifijo detrás en la foto, eso indica que Jesucristo era para él un “revolucionario”. Entonces, no es Jesucristo. Para simplificar: o se reniega de comunismo, o de Jesucristo, no existe la alternativa.

Eso sí, rezo por la conversión de todos los comunistas, mientras vivan. Porque considero, como enseña el Catecismo Romano (del Trento, esto de ahora que es capaz de confundir un buen tanto), que los malos son víctimas del demonio que los utiliza como herramienta para atormentar a los justos. Por lo que pedimos que los deje libres de sus acechanzas, mientras todavía tienen tiempo.

Pero luego es tarde, Julio, lo siento. Porque si rezara por un comunista, o por un infiel en general no convertido en vida, mostraría que es lo mismo ocho que ochenta, que vale todo y hagas lo que hagas, te puedes salvar. Porque como dicen ahora tantos – repitiendo alguna de las herejías viejas – que todos se salvan, es decir que Dios es injusto. Pero Dios es justo, y nos espera a cada uno en el juicio particular al morir. Con consecuencias que pueden ser de las más tremendas.

¿Qué ocurre en los últimos momentos de la vida de las personas concretas? Eso solamente Dios lo sabe, y solamente él juzga. Pero la Iglesia ruega por los fieles difuntos, no por los infieles. Por los infieles, judíos, heréticos, cismáticos reza en vida de estos. Luego no, porque si no, en el caso de rezar por un notorio no converso, mostraría que da igual creer, o no.

Pero sin fe es imposible agradar a Dios. Es una verdad católica. Y no se puede pasar por encima de esa verdad, porque entonces sí y no valdrían lo mismo. Y Nuestro Señor enseñó que hemos de hablar sí, sí; no, no. Más de eso, no.

Como estas cosas están más que olvidadas hoy en día ante tal avance de la incultura en todos los aspectos, también en cuanto a la enseñanza católica, he de recordar un par de cosas:

En la Encíclica “Quod Apostolici Muneris”, de León XIII, a finales del s. XIX, se definía al comunismo marxista como unamortal enfermedad que se infiltra por las articulaciones más íntimas de la sociedad humana, poniéndola en peligro de muerte”.

Algunos años más tarde, al comienzo del s. XX, San Pio X se refirió a esa ideología como «secta pestífera».

Unos cuantos años más, durante la época del afianzamiento des experimento soviético con cobayas humanas, el Papa Pío XI en la Encíclica “Divini Redemptoris” definió al comunismo marxista como “intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieran salvar de la ruina la civilización cristiana”.

En la escena geopolítica, el comunismo sigue ganando terreno. El resultado de la segunda guerra mundial es aterrador. Pío XII se ve obligado a hablar a los católicos, y al mundo entero, con más claridad todavía si cabe: si un católico decide dar su nombre a un partido comunista, ese tal católico queda excomulgado: el Santo Oficio condena con la autorización de Pío XII el comunismo marxista el 1 de julio de 1949 y excomulga a sus seguidores. En la misma línea se insiste en el deber de los cristianos de dar su voto a personas de segura fe católica.

En los documentos pontificios citados, y otros, queda claro el motivo: no una supuesta afiliación con la visión capitalista, sino fundamentalmente porque la base del comunismo es la visión atea y anticristiana del mundo. Más otras razones sobradamente expuestas y analizadas, pero la clave es esta: la promoción – violenta si es necesario – de un mundo sin Dios.