Métome, quizá indebidamente, en disputa ajena. Se trata de los comentarios de don Pedro Garcia -él lo escribe sin tilde y, como no puede ser menos, respeto su grafía- a un par de artículos de mi camarada Eloy R. Mirayo publicados en este mismo sitio en días previos.

(Vea quien guste los artículos -Los capones parecen felices y Me basta cumplir con mi juramento- siguiendo los enlaces, y los comentarios al primero de ellos aquí, y al segundo aquí).

Conozco a Eloy desde hace más de 40 años, lo cual -me parece-, me otorga cierto derecho a terciar en el asunto. 

No tengo al placer de conocer a don Pedro Garcia, pero me atrevo a decirle que la verdadera desgracia, señor mío, es que usted -al parecer tan experto en cojones ajenos- no tenga a bien ilustrarnos enviando sus artículos a El Correo de España, y se limite a perseguir con sus comentarios a quienes si lo hacen.

¿Acaso sus expertos conocimientos testiculares no le dan para escribir artículos y someterlos a la crítica, y por ello se limita a tocar los susodichos ajenos? Porque reducir dos artículos a lo expresado en dos frases por el autor parece mucho reduccionismo o mala voluntad.

A la mayoría de los humanos razonablemente letrados nos satisface ver nuestro nombre -algunos, como otros comentaristas, simple pseudónimo, por lo cual no los tengo en cuenta- en letra impresa o, como en este caso, electrónica. Pocos son los que han conseguido evadir de la tiranía de la vanidad, y algunos llevamos siendo víctimas de ello unas cuantas décadas. A lo largo de mis 43 años escribiendo en distintos medios he tratado de darle paso a quien tuviera algo que decir, y por ello le ofrezco al señor Garcia la realización de las gestiones que estén a mi alcance para darle cabida en El Correo de España, si don Pedro no tuviera mejor introductor. Su profundo conocimiento de la Historia de España encontrará aquí adecuada tribuna, si lo desea, y me sentiría muy honrado recibiendo sus lecciones.

Solamente le rogaría que no caiga en la vanidad de criticar a alguien por carecer de conocimientos que él si posee; al menos, sin antes saber el motivo. En algo así caí alguna vez, cuando era un joven insolente, pero ya me curé de ello, a Dios gracias, y comprendí que vale más el párrafo de quien lo escribe con mucho esfuerzo, que el libro del que lo escribe sin despeinarse, y no tiene culpa de desconocer algunas cosas quien no ha tenido ocasión de aprenderlas.

En fin, y volviendo al tema de los comentarios de don Pedro Garcia, que reduce dos artículos a una referencia en dos frases, debo confesar que a veces también he utilizado ese recurso, centrándome en un aspecto minúsculo para rebatir a alguien o expresar mi desacuerdo con sus tesis. Nada nuevo bajo el sol, aforismo que no escribo en latín porque me pilla algo lejos y no quiero cometer errores que el señor Garcia pudiera censurarme. Mi vanidad no me lleva a considerarme infalible, y por lo tanto se que don Pedro podría a buen seguro corregirme cualquier fallo, cosa que no me importaría -dado que no soy lo suficientemente tonto para creer que lo se todo-, pero quizá desviase la atención de lo que quiero decir.

Y ello es, don Pedro, que si el tema de los cojones le subyuga tanto que no puede ver mas allá, puede leer la entrada correspondiente del Diccionario para un Macuto de Rafael García Serrano. Seguro que lo disfrutará y podrá luego comentarnos la experiencia.