Liberando Melilla, el 23 de julio de 1921, el comandante de la I Bandera del Tercio de la Legión, Francisco Franco, salvaba a su población de haber sido degollada en masa como había ocurrido con miles de españoles en Annual. Permitiendo su retirada, los melillenses, cien años después de esa gesta, simbolizada por la efigie de su comandante en un monolito levantado en 1978, recordatorio de la historia de la ciudad y de España, han triunfado los herederos de Abd el-Krim, los talibanes memorialistas y los judas habituales. El resultado es un paso más en la destrucción de España en su historia, lengua y territorio.

 

Caído Monte Arruit, fuerte donde le habían señalado al General Navarro retirarse, a unos 30 kilómetros de Melilla intentando salvar a los supervivientes que afluían de Annual. Melilla y su territorio era el siguiente objetivo de las cabilas rebeldes del Rif. Cuando la Legión acude en auxilio de Melilla, sólo quedaba la localidad costera de Nador a 15 Km y el cercano monte Gurugú, pronto tomado por el enemigo. Cuando la infame clase política, creada en uno de los Reinos de Taifas llamado Comunidad Autónoma de Melilla, decide perpetrar el “historicidio” de retirar a su ilustre libertador de la vía publica, comete la mayor de las felonías: la ingratitud a su pasado. Y, a largo plazo, será su suicidio como parte de la historia de España.

El desprecio absoluto al estado de derecho y sin ajustarse a las más elementales normas que todo procedimiento administrativo comporta, se aprueba la retirada en el pleno extraordinario del 22 de febrero y se ejecuta al día siguiente para coincidir con el llamado “golpe de estado”, del que lo promueve y lo aborta. Curioso e incruento golpe/opereta de estado. No llego a entender el maquiavelismo del promotor y a quien se pretende perjudicar más, si a la Guardia Civil, al Emérito o a Melilla. Porque a Franco de la historia de Melilla y de la Legión, nadie lo podrá borrar y su, no reconocimiento, es la mayor condena a un pueblo por su ingratitud. Seguramente confían en que la “justicia a la carta” que los nombramientos judiciales les permite, harán el resto. Todavía no ha llegado ¡la ira de los justos!

Los promotores de la felonía colectiva de Melilla cubren el expediente del acuerdo de manera pintoresca, por no decir grotesca. Después de reconocer que se refiere a Francisco Franco Bahamonde cuando era comandante de la Legión y conmemora la salvación de Melilla y que es considerada la propia escultura como bien de interés cultural (BIC), con la categoría de Conjunto Histórico, lo sortea en virtud de un informe de una Comisión formada “ad hoc” de Patrimonio Histórico Artístico, cuyo dictamen es de 1 de octubre de 2020. No es necesario indagar sobre los conocimientos y prestigio de los integrantes de esa Comisión, ni tampoco sobre la ideología de los mismo. Basta con decir que los promotores de la aberración histórico/jurídica se denomina: Comisión de Educación, Cultura, Festejos e Igualdad. También que contó con la abstención de Poncio Pilatos (PP). Estás cosas no tienen importancia, no afectan a la economía, según creen los adoquines de Génova, una vez convertidos en edificio. El centro debe estar al margen de estas cuestiones ideológicas que siempre plantea y gana la izquierda, por incomparecencia del adversario.

Cuando viajas y te adentras en otras culturas y pueblos que conservan el respeto a sus costumbres, a su legado histórico compartido, a la cultura que adquiere rango civilizador, te das cuenta de la profunda sima en la que hemos entrado, es España, a la muerte de Franco. Como si no hubiera existido nuestra Patria, nación y pueblo con antelación a 1975; o que nos tuviéramos que avergonzar de su bagaje cultural, histórico y lingüístico. Como si la “diosa democracia” fuera una divinidad nacida de algún oráculo infalible. Como sí esa forma de gobierno encerrara, en si mismo, la libertad, el progreso, la justicia; o chocara frontalmente con cualquier otra forma que, en el pasado, se hubieran dado los españoles, por circunstancias perfectamente explicables. Ese infantil maniqueísmo, fomentado como ideología desde la infancia, está lastrando toda posibilidad de regeneración. Basta visitar en Londres la estatua de Oliver Cromwell (1599-1658) considerado Lord Protector, nada menos que a la entrada del Parlamento Británico (Westminster); o visitar, en Paris, “Los Inválidos”, monolito en recuerdo de Napoleón Bonaparte, para escandalizarte de la estupidez de nuestros gobernantes y su estrechez de miras. Francisco Franco fue mucho más importante para nosotros que los dos anteriores juntos para sus países, en todos los ordenes. Por ello debemos luchar contra semejante engaño demagógicamente impostado.

 

Después de una marcha de 101 kilómetros con todos los pertrechos individuales y armamento, más de 20 kilos a cuestas, en sólo día y medio, llega Franco al frente de la bandera al puerto de Tetuán para embarcar en el vapor Ciudad de Cádiz hacia la ciudad angustiada y sitiada de Melilla.En “Diario de una Bandera”, libro imprescindible para conocer al Franco militar y escritor, editado en Cuenca en 1922, recoge, con “el laconismo militar de su estilo” el camino hacia Melilla (Capítulo VIII) y la llegada (en el Capítulo I, de la Segunda Parte). Antes de llegar al puerto, una gasolinera se acerca al barco, escribe: “un Ayudante del Alto Comisario nos da la terrible noticia”De la Comandancia General de Melilla no queda nada; el ejército derrotado; la plaza abierta y la ciudad loca, presa del pánico; de la columna de Navarro no se tienen noticias; hace falta levantar la moral del pueblo, traerle la confianza que le falta y todas las fantasías serán pocas”.

 

Continúa el comandante Franco relatando la experiencia vivida: “el dolor nubla nuestros ojos, pero hay que reír, que cantar, las canciones brotan y entre vivas a España el pueblo aplaude loco, frenético, nuestra entrada”. “Jamás impresión más intensa embargó nuestros corazones; a la emoción dolorosa del desastre se une la impresión de la emoción del pueblo traducida en vítores y aplausos. El corazón sangra, pero los legionarios cantan y en el pueblo renace la esperanza muerta”. “los balcones se llenan, los aplausos se repiten y las mujeres lloran abrazando a los legionarios”.

 

Hace cien años Millán Astray arengaba al partir hacia Melilla: “¡Legionarios! De Melilla nos llaman en su socorro. Ha llegado la hora de los legionarios. La situación allá es grave: quizá en esta empresa tengamos todos que morir. ¡Legionarios! Si hay alguno que no quiera venir con nosotros, que salga de la fila, que se marche; queda licenciado ahora mismo…Legionarios. Ahora jurad: ¿Juráis todos morir por defender a Melilla?”. Todos juraron, ninguno hubo de ser licenciado y finalizó con los vivas a España, Al Rey y a la Legión, por ese orden. Al llegar al puerto se dirige el Jefe Legionario a los que esperaban ansiosos su liberación en estos precisos términos: “melillenses, os saludamos. Es la legión que viene a salvaros; nada temáis, nuestras vidas os lo garantizan…Los legionarios y todos venimos dispuestos a morir por vosotros. Ya no hay peligro”. Desembarcan a la carrera, no había tiempo que perder, y desfilan por la ciudad y toman inmediatamente las posiciones para el combate. ¡Melilla, se había salvado!

 

Hoy, imploramos resuene, aunque sea el eco, de Millán Astray, desde el insondable cielo, dirigiéndose a cuantos presenciamos impertérritos la destrucción de símbolos, pedazos de lo mejor de nuestra historia; la destrucción de la convivencia, de la patria común, de nuestra economía: “¡españoles, melillenses, legionarios!, ¡sí vuestra raza no ha muerto aún!, desde mi dimensión eterna, ¡os pido, os exijo, os conmino!: restituid los valores, lealtades y sacrificios que hicieron evitables todas las destrucciones que padecimos; comenzando por el comandante Franco que, en vanguardia, os liberó hace cien años. ¡Si no lo hacéis, vuestra esclavitud será merecida!”.