Además de otras muchas, la Lengua Española tiene una joya de concreción conceptual que la hace sencillamente sublime en la elasticidad de su expresión y en el perfil de los matices. Esa joya es la perfecta diferenciación entre los verbos SER y ESTAR, de la que carecen el inglés, el francés y el alemán. De tal manera que no es lo mismo SER tonto que ESTAR tonto. El que ES tonto, lo es a perpetuidad, y el que ESTÁ tonto lo es solo de una manera transitoria. Es, digamos, un tonto temporal y no un tonto con contrato indefinido.

Los rufianes imbéciles con contrato indefinido del separatismo catalán y sus cómplices socialistas y comunistas acaban de decretar la expulsión de la Lengua Española de las aulas catalanas. Son tontos porque son separatistas, o son separatistas porque son tontos. He ahí la única disyuntiva posible con este hatajo de aldeanos analfabetos que acaban de echar a la lengua de Cervantes de las escuelas catalanas en su borrachera legislativa contra  el Español, una lengua milenaria que iguala y hermana a cientos de millones de hombres en todo el mundo, desde la Junquera a la Patagonia pasando por las hirvientes arenas del norte de África.

Cientos de millones de hombres, urbi et orbi, rezan y maldicen, aman y odian, hablan y escriben en Español, la hermosa lengua que nace literariamente en las Glosas Emilianenses y en las Glosas Silenses, aquellas anotaciones marginales en Castellano a los textos latinos que servían a los monjes de Silos y de San Millán de la Cogolla para enseñar latín a los novicios. Aquellos laboriosos monjes de hace más de mil años que, con su afanoso Mester de Clerecía, convirtieron el latín en castellano, no sospechaban que la lengua que ellos cincelaban en sus monasterios se universalizaría, conviertiéndose en el Español cuando Rodrigo de Triana gritó ¡¡Tierra a la vista!! el 12 de Octubre de 1492.

Pues bien, en el año 2020, cuando el Español se ha convertido en una lengua franca y en el segundo idioma del mundo y su enseñanza es, por necesario, obligatoria en casi todas las escuelas del mundo, y opcional en el resto, aquí, en una región de España, un hatajo de políticos catetos, un rebaño de mandarines separatistas y sus aliados socialcomunistas, le roban a los españoles que nacen y viven en Cataluña la posibilidad de aprender, como se aprende a caminar, sin guardar memoria del esfuerzo, a hablar una lengua universal que se expande, crece y se enriquece desde “un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” hasta los hielos eternos de la Antártida, donde Neruda y Borges perpetúan y embellecen la lengua que hace más de mil años nació acunada por el latín y mecida por la paciente laboriosisdad de unos monjes riojanos, vascones y navarros en el belén de San Millán de la Cogolla.