Gracias, Pablito Casado, por alegrarme el día como al bueno de Harry el Sucio (¡qué gran Ministro de Interior sería!), porque aunque tú hueles a tibia flatulencia de incienso y a mí me encanta el olor a napalm por las mañanas, has conseguido, con tu fortuita (¿) asistencia a la Misa granadina por el alma del Generalísimo Francisco Franco (¡Siempre Presente!), llenar de gozo mis horas, de risa mi boca, de placer mis fosas nasales con el aroma del napalm con el que las hienas del rojerío te están bombardeando como si fueras un Ho Chi Minh fascista, y por colmar de razones la palangana de asco que la “organización criminal” que presides y tú me ponéis, como la patena de un cura pederasta, bajo la barbilla cada vez que abrís vuestras democráticas boquitas, zurciditas de cursilería y llenitas de ponzoña.

Gracias, Pablito, por ser como eres, esa mezcla perfectamente equilibrada de cobardía y necedad que te llevó a entrar en el Templo por la gatera, como antaño hacían las putas en Cuaresma y como hogaño hacen sus hijos con un cirio en la mano buscando el negocio, político o financiero (perdón por el pleonasmo) entre los feligreses que consideran de su rebaño. No eres, no, aquel machadiano trueno vestido de Nazareno. Te faltan huevos y te sobra miedo para serlo. Eres eso, una tibia flatulencia de incienso que, asustado por la pelea de patio de corrala que tus celos ha desatado en el gallinero trans de Génova, en el que los gallos ponen huevos y las gallinas tienen espolones, busca votos, como ya hicieran los capones que te precedieron: Fraga, Aznar y Rajoy, entre el franquismo sociológico, políticamente huérfano, sin gallos con chapiri que lo lideren, y electoralmente desorientado y confundido votando siempre a los que le escupen desde la derecha porque le parecen menos malos que los que le esputan desde la izquierda, de modo y manera que a la hueste franquista un salivazo sobre el nombre, la obra y la memoria de Francisco Franco arrojado por Aznar o por Rocío Monasterio siempre le parece menos sucio, menos abyecto y menos ofensivo que un gargajo escupido por cualesquiera de los antifranquistas de la izquierda. Pecado original con el que yo me maculé una vez, y que juro por todos mis muertos, los que habitan en el Cielo y los que vivaquean en el Infierno (que de todo hay) que jamás volveré a perpetrar.

“París bien vale una misa” pero tú, Pablito Casado, no eres, ni de lejos, Enrique IV, por muy hugonote que seas. Que lo eres. No eres más que una tibia flatulencia de incienso, un invertebrado político y moral que llena mi boca de risa y mi nariz de olor a napalm. Gracias, Pablito, por alegrarme el día en esta España tan agria, tan canija y tan paralítica como tú mismo y como tu PP, esa “organización criminal” que, de momento, sigues pastoreando. Gracias.