De momento nos despedimos de elecciones en Cataluña hasta el 30 de mayo, si la anunciada cuarta ola de la pandemia (ya veremos qué número tendrá al final) no lo impide o retrasa nuevamente, que todo es posible en el reino de Pedro Sánchez.

La lógica por un lado y los intereses por otro –ha habido consenso a excepción del PSC entre los partidos políticos del parlamento de Cataluña– han aplazado una convocatoria electoral que debería haberse hecho hace tiempo, pero que se ha pospuesto debido al salvavidas que ha dado al separatismo la coalición de gobierno y los intereses de Pedro Sánchez. Si prescindimos de la presión o la excusa que pueda adscribirse al incremento constante del número de contagiados por la COVID-19 y a las amenazas de posible colapso sanitario, y nos ceñimos a los intereses políticos de todos y cada uno de los actores, podríamos trazar un bosquejo de la trastienda política que rodea a esos futuribles comicios junto con las incertidumbres y temores que en este momento tienen muchos de los llamados a presentar candidatura.

En la Moncloa respira tranquilo el presidente del gobierno. Esto es algo que a muchos se les olvida; su única preocupación es que no le cierren el grifo de los salvadores fondos europeos y que las condiciones para su recepción no sean excesivamente onerosas. Lo demás siempre es controlable. La aprobación de los Presupuestos abre a la realidad lo que para muchos parecía imposible, que la coalición de gobierno se mantenga ahí durante toda la legislatura: un triunfo para Sánchez y un alivio para Iglesias. Lo sucedido durante el confinamiento total y las sucesivas renovaciones del “estado de excepción encubierto” que padecimos antes de la publicitaria “desescalada”, revelan que en caso de extrema necesidad todos los grupos satélite del gobierno, desde los separatistas a los herederos del terrorismo pasando por anticapitalistas de todo pelaje, apoyarán al gobierno (y hasta Ciudadanos llegado el caso). De momento tanto Sánchez como Iglesias pueden sentirse satisfechos, porque ambos se pueden presentar como usufructuarios sin que parezca que los aparentes desencuentros les pasen una factura negativa.

A fecha de hoy el desgaste del gobierno en general y del PSOE en particular es muy bajo, por más que anden algunos reinterpretando encuestas como elemento de propaganda. Ninguna encuesta anticipa que la alianza PP+VOX+Cs pudiera alcanzar el poder en unas elecciones generales, y no hay mucho más que sumar. Aunque me parece que en la cabeza de Pablo Casado ya está armada la idea de que podría gobernar, como alternativa, con un pacto de PP+Cs+PNV+CC+regionalistas y la abstención que da por supuesta de VOX. Pero para armar tamaña opción también necesita tiempo (es posible que hasta acaricie la posibilidad de pactar con parte del separatismo burgués catalán, todo es cuestión de blanquear a quien sea necesario).

Quien, ahora, únicamente parecía tener prisa –dejando a un lado a VOX– a la hora de celebrar elecciones en Cataluña, era el PSOE-PSC. ¿Por qué? Dos razones pudieran explicarlo: la primera, que el fraccionamiento del nacionalismo burgués por un lado y la situación de ERC por otro, con el desgaste que la desastrosa gestión de la pandemia pueda suponer para la coalición republicano-separatista, aliente la posibilidad de que el PSOE-PSC pudiera recuperar terreno electoral volviendo a tiempos más felices; la segunda, que el denominado efecto Illa (efecto prefabricado concienzudamente por los asesores y fontaneros de la Moncloa) perdería la capacidad de atracción que ahora se le supone. En Moncloa no es una entelequia alcanzar un buen resultado electoral, que incluso pudiera llegar, como se ha especulado, a que se produjera un gobierno de coalición con los socialistas. Todo ello sería un nuevo éxito para Sánchez, sobre todo porque la diferencia con el PP sería destacable.

Dentro de unos meses todo podría variar y eso preocupa. Sánchez sabe jugar muy bien en tiempos cortos. Las elecciones norteamericanas, más allá de su especificidad, han demostrado la vulnerabilidad de los gobiernos con una gestión negativa del COVID. Cierto es que, a diferencia de Trump, el PSOE cuenta con un monolítico bloque mediático de apoyo que ha limitado de forma increíble el desgaste del gobierno e incluso ha fortalecido al PSOE dentro de la izquierda. Sánchez juega el partido asumiendo que en los gobierno de coalición siempre sale reforzado el partido mayoritario. Vive un momento triunfal que no le fastidia ni la ola del COVID ni los efectos de FILOMENA. Ahora bien, ¿hasta cuándo Sánchez no se verá sometido al azote del desgaste por la gestión del COVID? ¿Hasta dónde puede llegar su exitosa táctica de repartir y universalizar las culpas y el discurso buenista del todos unidos ante este momento de crisis histórica?

Es evidente que hoy por hoy, en Cataluña, el castigo electoral podría caer sobre ERC o sobre JxCat, o sobre ambos. No olvidemos, por otro lado, que Laura Borrás, la candidata de JxCat, está pendiente de un proceso y que el gobierno tendrá que decidir sobre los presos. En todo caso Sánchez tiene aún en su mano cartas para favorecer a un candidato que prefería medir ahora, con toda la fuerza propagandística de las horas televisivas de Illa.

Le han impuesto la postergación de las elecciones hasta finales de mayo y hasta entonces su candidato podría sufrir un importante desgaste. Tiempo habrá para ver cómo reacciona. En el camino ha quedado casi cerrada su intención de dominar al PSC. De ahí la eliminación política de Iceta, ya veremos si con patada hacia arriba o hacia el ostracismo. Bailecitos a un lado no era un hombre de la confianza del cada vez más poderoso equipo del presidente del gobierno.

Monolítico ha sido el apoyo de republicanos y separatistas al aplazamiento, aunque exhibieran en algún caso matices, porque se mueven mirándose atentamente entre ellos. Conviene no olvidar que estamos hablando de la posibilidad de hacer viable una gobierno de coalición, no de ganar unas elecciones; lo que en el caso catalán, por la multiplicidad de fuerzas, sirve de muy poco. En este marco, por un lado, han pesado los vaivenes de las encuestas que revelan la reducción de la distancia entre JxCAT y ERC, lo que abre la vía al pacto con el PSOE (indudablemente Sánchez querría reeditar, incluyendo a ERC, la coalición de gobierno madrileña), por lo que ambos esperan que una campaña larga mejore sus posiciones; por otro, lo que las encuestas indican es una lenta caída del apoyo a las opciones separatistas y sobre ello actuarán en los próximos meses.

Todos, menos el PSOE-PSC, estimaban que aplazando las elecciones, más allá de la presión desatada y no prescindible por la situación sanitaria, podrían mejorar sus expectativas.

Con los datos sobre la mesa resulta casi improbable que de las votaciones de ahora o de mayo pudiera producirse la irrupción de un pacto de gobierno alternativo al de la izquierda con el separatismo. Cierto es que Cs ganó las últimas elecciones, pero Cs es  para casi todos, menos para Arrimadas, un partido amortizado. Cierto es que las encuestas indican que hay un fuerte voto contrario a los separatistas, pero no es menos cierto que en gran parte se queda en casa en la jornada electoral. Lógico tras años de abandonos y decepciones, por no hablar más precisamente de traiciones. Cierto es que la posición del PSOE hace imposible un “triunfo” de los autollamados “constitucionalistas”. Pero…

Cataluña es un vivero de votos y de escaños. La debilidad de los votos obtenidos en Cataluña por el PP implica la victoria electoral del PSOE, y nada parece indicar que el PP vaya a obtener un gran resultado en Cataluña, mientras que Sánchez busca apuntalar su cuenta de resultados en los grandes viveros de votos y desgastar al PP (de ahí su política con respecto a Madrid). Lo que pueda suceder con los votos de Cs en Cataluña es una incógnita, al igual que la movilización de quienes no votan, a lo que se suma la respuesta de los damnificados de la crisis que empieza a manifestarse en toda su amplitud. Electores que, probablemente, ya no van a monopolizar ni las marcas de PODEMOS ni la CUP.

Se abre pues una larga campaña electoral en la que entre ministros, separatistas, intereses tácticos y supervivencia política, se va a jugar un interesante episodio de juego de tronos. Un juego que Sánchez domina y en el que Iglesias va a rebufo. Un juego en el que, como factor desestabilizador, queda por medir el alcance de la presencia de VOX. ¿Sabrá recoger votos de los españolistas, de los descontentos de Cs, de los damnificados/víctimas de la gestión o se refugiará en el mero simbolismo de penetrar en el parlamento catalán como voz de oposición?